Ha dicho Galeano: Diego es el Dios más humano. El futbolista más grande de todos los tiempos. También el luchador. El empecinado que se cayó tantas veces y se levantó, siempre, a buscar esa pelota que no se mancha.

Son momentos en que la dificultad estriba en hacer justicia con la palabra que uno tiene en el corazón. Allí están en el Obelisco rodeados de velas, la Bombonera, la Plaza de Mayo, Nápoles, el mundo. Allí están las lágrimas, las batucadas, las reverencias, los aplausos que volvieron a las 10 de la noche para el 10. Es la partida de un artista sublime, la de un hombre bueno. La gente se juntó en muchas esquinas. Lloró, bailó y cantó. Aplaudió. Volvió a llorar. Es que no sabemos qué hacer sin Diego. Cuánto le debemos, en tanto somos enamorados del fútbol. Habrá llanto colectivo por mucho tiempo. Llanto ante su sonrisa. Las dos sonrisas únicas en la Argentina son la de Gardel y la de Diego. Justamente, los que alguna vez miramos con nostalgia la fotografía de Gardel volviendo a Buenos aires, tuvimos la oportunidad de ser contemporáneos de este otro adjetivo que nace como el del Zorzal. Lo bueno, lo noble, lo grande, lo incomparable, lo inalcanzable, nos llevará a decirle al amigo, al futbolista, al quien amemos, vos sos Maradona. Lo lindo, lo bello, lo importante y lo metafórico. Lo Maradona.

El futbolista, el genio, el artista. El hombre que le permitió a la Argentina sus momentos de orgullo más profundos. Con una de cuero, con una naranja o con una pelota de golf. Hacía jueguito como todos soñamos: el día que la tuvimos 10 segundos en el empeine, sentíamos que éramos más grandes. Un talento cautivante. El de las grandes frases. El que dijo “se le escapó la tortuga” o “soy el Keith Richard del fútbol”. O la primera, la original: “Mi sueño es jugar un mundial”. Nació como un pibe cualquiera; como todos, soñó con ser jugador y también con la Selección y ser campeón. Pero él lo logró y un día supo cuál es el peso de la Copa del Mundo. Pero antes, hizo el gol a los ingleses, el que cumplió su sueño, el vengador. Una vez le pregunté por ese logro infinito: “Es el gol soñado. El que se sueña cuando uno se duerme y espera al otro día el partido de inferiores”.

El fallecimiento de Diego es el de un hombre que nos dio mucha felicidad. Siempre fue jugador de fútbol. Siempre estuvo en la cima de la gloria. Y siempre lo pagó muy caro: ser Maradona no fue nada fácil, por cierto. Ser Picasso, ser Mozart, no lo es. Lo pagan en vida, lo pagan con su vida muchas veces. Pero cuánta felicidad les dan a los pueblos. Con su cultura, o ejercitando del modo más espectacular el arte popular por excelencia: el fútbol. Con sus pinceladas geniales, haciendo las postales más bellas, las jugadas más extraordinarias. Diego dibujaba la maravilla de la vida, los sueños de todos, las jugadas que cada uno teníamos en la mente, así como un pintor consigue plasmar en una tela lo que los hombres admiramos. Trazó ideas embellecedoras. Fue la belleza de las curvas. Arte es hacer lo que todos amamos, mejor que los otros. Le puso una distinción, una armonía única. Diego merece ser despedido con la música que tengo pensada para mí cuando me muera, el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven. Acompasadamente va llevándote con una tristeza que parece que te hunde y se mete dentro de tu alma.

Siempre estuvo de un lado de la vida, sin pasar del otro lado del mostrador. El rebelde, el contestatario, siempre plantado ante el poder. Tuvo todas las oportunidades de saltar pero nunca quiso pertenecer a la FIFA, a los grandes poderosos. Por eso su ídolo era el Che. Y la paradoja del destino se da que fue a morirse el mismo día que Fidel, nada menos. “Me decía que quería hablar conmigo y me sugería que fuera político. Yo le respondía: ‘demasiado que juego al fútbol, Fidel’ “. Fue el que le produjo una lágrima a Hebe, el que se abrazó con Estela. El que defendía siempre a los más débiles. A su modo. Con errores, sí. Al fin y al cabo quién no los tiene. Era el que dividía aguas, aunque tantas veces unió a la mayoría de los argentinos. Como con esos goles a los ingleses, como con su muerte.

Qué alivio que haya entrado en la leyenda. Ahora es su arte para siempre. Entra en la leyenda como un ser formidable. Ese tiempo que compartimos en Rusia será inolvidable. Por un extraordinario asado al que nos invitó con mi esposa, que solemos recordar como la oportunidad en que más nos reímos y mejor la pasamos: dos horas de un Diego que estaba en libertad absoluta, contando historias de vida y del fútbol. Otra imagen, otro flash: en el estadio el sol le da de lleno y él se abraza al sol. Hay algo místico allí. Quedarán en mi retina esas dos películas tan diferentes, tan valiosas, tan emocionantes.

Es la gratitud personal, la de un enamorado del fútbol, la de hombre de radio, la simple gratitud a la vida que me permitió conocerlo. El recuerdo de aquel gol, aquel relato que el propio Diego elogió, pero que nunca me animé a hablar con él. Me regaló mucho. Pero pocas cosas como una frase: “Usted es la voz de la cocina de mi casa. Usted me da paz”. Como dijo Iván Noble: “Ahora sí que se me acabó la infancia”. Para mí, también se ha terminado una etapa de mi vida.

Que pueda descansar en paz. Que todo lo que venga ahora sea para que pueda tener la mayor tranquilidad de espíritu, si es que hay un más allá. Son días para mirar la nada y quedarse colgado de cualquier cosa, de un árbol, de alguien que pasa. De sentir que no hay palabras ni frases que puedan representar lo que se siente. La emoción está tan apichonada.

Empieza una nueva etapa. Lo dijo Pablo Aimar: “Nosotros no queríamos ser superhéroes, queríamos ser como él”. Seguirán naciendo pibes que quieran parecerse. Correr detrás de una gloria que para millones es una utopía. En ese lugar pequeñito de Bella Vista está el corazón más grande del fútbol. Un lugar verde como una cancha, donde descansan los colores de la Argentina. Nos vamos alejando de él. Como su alma, la que trepa, la que sube y sube, diciéndonos adiós.

Me permito soñar en un gol de Maradona. El gol a los ingleses, pero de otro modo. Lleva la pelota Diego, ahí va el genio del fútbol mundial. Avanza, escapa a un inglés, a otro. Pero de pronto pasa algo. No va hacia el arco. Empieza a levantarse. Se eleva dos metros, cinco, por arriba del césped. De pronto trepa en el aire. Y yo no sé qué hacer con el relato. Parecía un ET que en lugar de bicicleta llevaba una pelota de fútbol atada al empeine. Y de pronto el gol era que Diego se convierte en una estrella. Elijamos una estrella. Que sea Diego para siempre.  «