En las planillas de estadísticas, donde Lionel Messi siempre manda, hay un nombre que hace tiempo se marca con resaltador. Lautaro Martínez, con 24 años, es el jugador con más goles en la selección durante la gestión de Lionel Scaloni. Tiene 20, que dividido por las 39 participaciones que tuvo le entrega un resultado de 0,51%, medio gol por partido. Todos los hizo con Scaloni como entrenador. Si la selección argentina necesita goles, si Messi no puede con el suyo como pasó contra Italia en Wembley, ahí está Lautaro Martínez.

Una vez estuvo cinco partidos sin hacer goles, lo que incluyó a los primeros tres choques de la Copa América en Brasil, el año pasado. Contra Chile, nada. Contra Uruguay, nada. Contra Paraguay, tampoco. Entonces Lautaro hizo un gol contra Bolivia, el cuarto de un 4-1. Todavía rotaba en el banco con Sergio Agüero. Hasta que desde el partido siguiente, contra Ecuador, otro gol en el 3-0, no salió más. Terminó titular y campeón. El puesto de centrodelantero le pertenece, salvo por lesión o por positivo de covid.

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Lautaro fue parte de aquello donde lo viejo no terminaba de morir y lo nuevo no terminaba de nacer. Jorge Sampaoli le hizo un seguimiento antes de Rusia 2018, ya advertía que era el nueve del futuro. Lautaro hacía goles en Racing con Sampaoli sentado en un palco del Cilindro. Debutó a los quince minutos del segundo tiempo en un partido contra España en Madrid, marzo de 2018. Cuando entró, España ganaba 4-1. Cuando terminó, España ganó 6-1. A la humillación del equipo, le siguió la frustración personal. Lautaro se quedó sin Mundial 2018. Qatar 2022 es la venganza del fútbol.

Durante los primeros partidos con el Inter, su entrenador de entonces, Antonio Conte, resaltaba lo que tenía que aprender Lautaro para crecer como futbolista. No tiene que pensar sólo en el gol, dijo el italiano, tiene que pensar en función del equipo. Es algo que Lautaro ya hace con naturalidad. Puede aportar en la presión de manera constante, sobre la salida del rival, y en la búsqueda de la recuperación post pérdida. Pero además está su pase, tiene capacidad para retroceder y convertirse en asistidor. Estar a la altura de la 10 que usa en Inter. Lo experimentó Ángel Di María en Wembley con la pelota que le puso a las espaldas de Giorgio Chiellini para el 2-0 parcial.

Pero también resulta inevitable pensar en el gol para Lautaro, llegar hasta abajo del arco, la síntesis del 9, como resulta inevitable para cualquiera que ocupa ese lugar, un puesto que viene con la obsesión por el gol activada; el gol es su razón de existir, su vínculo primario con el fútbol.

Aunque la edad indique lo contrario, Lautaro se mueve como un adulto responsable entre dos niños. El retorno de Messi y Di María a la infancia de la selección -las sonrisas, la diversión, todo lo que durante mucho tiempo no sucedió- lo encuentra a él mismo en un estado de madurez. Siempre tuvo un aspecto de mayor, quizá por su disciplina, quizá por su seriedad. En la pensión de Racing, en la Casa Tita, tomaba mate amargo y sorprendía a la psicóloga Cecilia Contarino con los resultados en los test de concentración. A su representante, le pedía que le consiguiera nutricionista. Podía rebelarse un sábado a la noche y escaparse con algunos compañeros, pero también volver a la pensión cuando entendía -y Cecilia se lo explicaba- que eso lo corría de sus objetivos.

Hay algo de basquetbolista en Lautaro, que nació en Bahía Blanca, la ciudad donde nace el básquet argentino. Lautaro eligió el fútbol, pero también jugó con la pelota naranja. Como Jano, su hermano menor, basquetbolista de Villa Mitre de Bahía Blanca. Lautaro siguió a su padre, Mario, con una larga vida de lateral izquierdo en el Ascenso y ligas del interior. O a sus abuelos, también futbolistas. Luisa Aguilar, su abuela, jugaba en Estrella de Oro. Lautaro se formó en Liniers de Bahía Blanca, igual que Alan, su hermano mayor. Vuelve al club cada vez que vuelve a la ciudad.

A Lautaro le dicen Toro. Su potencia exime de cualquier explicación. Pero el toro además es gregario, se mueve en comunidad, entiende de jerarquías. Lautaro también. Por eso es algo más que el gol. Es el ápice del triangulo de ataque, la punta de un juego colectivo que entrega días de fiesta como el de Wembley.