El libro se llama No me corten el pie, lo escribió Juan Manuel Herbella y en la página 97 hace ingresar a Darío Sztajnszrajber. “En filosofía -dice- hay una pregunta que nos formulamos siempre: ¿soy un cuerpo o tengo un cuerpo?”. La cuestión ahí -la que cuenta Herbella, para la que cita al filósofo y docente- es la historia del exfutbolista Luciano Galletti, a quien mientras estaba en Grecia le diagnosticaron una insuficiencia renal crónica. Tuvo que someterse a un trasplante de riñón. El riñón lo donó su padre, Rubén, exjugador de Boca y River. Los dos Galletti jugaron en Estudiantes, el club del que es hincha Sztajnszrajber, que le dice a Herbella: “La donación es, justamente, dar sin esperar un retorno. Allí uno entrega o ‘pierde’ un órgano, arriesgándolo incluso sin estar plenamente seguro que el otro va a ‘aceptarlo’. En ese acto, Rubén se desposee como sujeto para darle una mejor vida a su hijo”. Lo que le dio a su hijo fue la posibilidad de volver a jugar, diez meses después de la operación, al menos siete partidos para el OFI Creta de Grecia.

La de Galletti es una de las once historias médicas de superación y dolor de futbolistas que elige Herbella para su último libro. Herbella jugó 14 años en Primera y se recibió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Es uno de los tantos que derribó el mito de que el fútbol no podía combinarse con los estudios académicos. Se lo dijo Julio César Falcioni después de debutar en Vélez: tenía que elegir. Herbella eligió las dos carreras. Además de médico sanitarista deportólogo, Herbella es periodista, realiza un trabajo fundamental desde el marco científico en el deporte. Sus artículos en Perfil, además de sus libros anteriores (Futboloscopia, El último pase y Entre cyborgs, fumados y locos) mezclan el conocimiento médico, la mirada futbolística y, sobre todo, la experiencia como jugador.

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Los protagonistas de las crónicas de este libro son los cuerpos de los futbolistas. Herbella conoce lo que significa jugar, no jugar, estar cerca del retiro, retirarse, luchar con el cuerpo propio, y conoce de qué se trata por ser médico. Escribe desde adentro y desde afuera. No se trata de lesiones comunes, las que se leen de manera cotidiana en las páginas deportivas, sino episodios como los que llevan a Galletti a preguntarse cómo es que estaba en una clínica con indicación de reposo absoluto por tiempo indeterminado si había jugado tres partidos en una semana. Era su riñón. Está la fractura de cráneo que superó Gustavo Campagnuolo, el tendón de Aquiles que persiguió a Fernando Gago, el cáncer de testículo que combatió con entereza Jonás Gutiérrez, la fractura del codo de Ezequiel Lavezzi, el paro que sufrió el Checho Batista en pleno partido, el corazón de Marcelo Bravo, el dedo de Nery Pumpido y las siete operaciones -rodillas y tobillo- del jugador más ganador en la historia de Boca, su actual entrenador, Sebastián Battaglia, que tuvo que inyectarse para su partido de despedida.

Y el suicidio de Mirko Saric. Mirko jugaba en San Lorenzo y tenía 21 años cuando el 4 de julio de 2000 se mató en la casa de sus padres, en Flores. Su padecimiento, su dolor interior, tenía mucho tiempo. Había sufrido ataques de pánico cuando jugaba en Reserva y aunque estaba bajo tratamiento psicológico, intentaba ocultarlo. “Su padecimiento -escribe Herbella- era secreto”. El temor a mostrar debilidad, uno de los tabúes más comunes del fútbol. Se puede leer un combo: primero el entrenador que entonces dirigía a San Lorenzo, Oscar Ruggeri, lo corrió del equipo, después se lesionó, su hermano Martín se fue a jugar a Paraguay, descubrió que quien creía que era su hijo, no lo era. “¿Cómo quedás cuando te cotizan en más de diez millones de dólares y, porque te negás a firmar algunas cosas para los empresarios que andaban por ahí, te mandan a jugar a la Reserva y terminás lesionado?”, le pregunta, le dice, Roberto Mariani, técnico de Mirko en las inferiores de San Lorenzo. Nada termina por completar una explicación, que pueden ser muchas y que Mirko se las llevó con él. Pero en su caso no soportó más el dolor.

En No me corten el pie, Herbella muestra todo lo que transcurre muchas veces un futbolista en el camino de su carrera, todo lo que le cuesta. Otra historia es la de Patricio Toranzo, de ahí viene el título del libro. “Por favor, que no me toquen el pie”, pedía Toranzo después del accidente con el micro en Venezuela, en febrero de 2016, al regreso del partido que Huracán había jugado contra el Caracas por la Copa Libertadores. “El pie -escribe Herbella- es nuestra vida”. Y entonces otra vez la pregunta que trae Sztajnszrajber, pero reversionada para el fútbol. Un jugador que se hace la pregunta, si es un cuerpo o tiene un cuerpo. Y a quién pertenece más allá de él -¿al club, a los hinchas, a los empresarios, a los patrocinadores, al entrenador que le exige?- ese cuerpo con el que juega, se divierte, entrega pequeñas y grandes felicidades, también angustias, un cuerpo -su cuerpo, él mismo- que a veces sufre y le duele.