Lionel Messi iluminó la noche. No sólo la de este jueves frío y húmedo de septiembre, la llovizna lenta después de la tormenta; también la de este año y medio con la vida en suspenso. Si había que volver a la cancha para gritar un gol, ese gol tenía que ser como el primero de Messi. Una genialidad a la altura de la espera, un caño y una caricia al arco que exorcizaron la angustia colectiva. Y después vino otro. Y después otro. Fueron tres gritos de un delirio que estaba guardado en las casas, refugiados frente al fútbol por televisión, la única opción que dejó la pandemia. La celebración de la Copa América, del título que no había vivido una generación, fue ver a Messi. Después hubo un baile, un festejo, la vuelta olímpica, los fuegos artificiales que escupió el Monumental. Pero el fuego estuvo antes, el fuego fue de Messi.

A las 19.52, Messi levantó los brazos por primera vez en la noche para saludar a sus hinchas argentinos. Apenas se trataba de pisar el campo, de hacer unos movimientos. Fue su propio telonero. Hacía más de dos años que no se veía ese gesto primitivo entre el ídolo y la tribuna, desde que una vez salió a la cancha en San Juan, el 7 de junio de 2019, 5-1 contra Nicaragua, la despedida hacia la Copa América 2019. La medida del tiempo, el cuánto hacía qué, fueron una conversación constante de estas horas, en el camino hacia la cancha, en la espera del partido, los momentos que habían dejado de ser habituales para los argentinos.

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En marzo de 2020, un año y medio atrás, nos empezábamos a acostumbrar a los encuentros virtuales, el zoom, el barbijo, el quedate en casa, y empezábamos a decir la frase “cuando esto pase”. Pero esto se hizo largo. Estamos en septiembre de 2021 y entramos a una cancha de fútbol con las bocas y las narices tapadas, mostrando en los celulares una aplicación llamada Cuidar con un autodiagnóstico, poniendo las muñecas para que nos toman la temperatura en la entrada y mostrando las manos para que las rocíen con alcohol al 70%. Falta el olor de las parrillas, al humo de los choris, los patys y la bondiola. “Hola, soy Rodrigo De Paul y estas son las medidas de seguridad sanitaria”, se escucha desde el altavoz. El recordatorio de que nada terminó. Nadie quisiera aceptar esta anormalidad, pero juega la selección argentina y juega Messi. La cancha está al treinta por ciento, pero arde. 

Si los goles de Messi fueron un exorcismo colectivo, también debió haber sido para él escuchar a su gente, la reverencia con los abrazos abiertos, el Meeeessiii, Meeeessiii, de rodillas ante el tótem. ¿No conocía antes el amor de ese público? Lo conocía, pero las frustraciones suelen ponerse en primer plano. Necesitaba ser campeón y que le gritaran dale campeón. El título en el Maracaná se completó para su emoción con esta noche en el Monumental.

Cada aceleración de Messi con la pelota fue acompañada por el suspiro de las tribunas. Y todo era extraño, un reencuentro, como se escucharon los primeros uuuhhhh. ¿Cuánto hacía que no? El caño al defensor boliviano Luis Haquín fue el éxtasis del gol, incluso antes que el propio gol. Habíamos esperado demasiado para esto, para escucharlo. Ver a Messi con hinchas en la cancha generó también un efecto de esperanza para quienes no estaban ahí, para quienes volvieron a verlo por televisión, que les devolvía la imagen de que algo que se puede recuperar. 

No fue sólo Messi. La vuelta a la cancha coincidió con un equipoex al que los hinchas sienten propio, una representación que no siempre sucedió, un sentido de pertenencia que excede por mucho al aforo limitado que impone el protocolo oficial. La Scaloneta saltó del meme a la vida real, al aliento aunque sea embarbijado, el grito que fue la forma de apoyar al entrenador. Hubo futbolistas que esta noche tuvieron su reivindicación, lo que hubieran merecido mucho antes. Ángel Di María se llevó ovaciones como acaso no las había sentido antes. Rodrigo De Paul pudo sentirlo quizá por primera vez. También Leandro Paredes. Ya no son las redes sociales, los me gusta en Instagram. El equipo recibió el abrazo de un estadio, el que fue posible.

No fue un Messi maradoniano, fue un Messi messianíco. Fue él. Diego Maradona, su recuerdo y espíritu, quedaron en los gritos de los 10 minutos, los del primero y el segundo tiempo, sin que significaran gritos de bronca como en otros años sino la apelación de lo que se extraña. Pero Messi siempre fue Messi para la selección. Y quería más. Fue a buscar el segundo en esos toques cortos con los que el equipo hace la diferencia. Y fue a buscar el tercero como un goleador, a la caza del rebote. La última vez que había hecho tres goles en un partido de eliminatorias fue para que la Argentina se clasificara al Mundial de Rusia. Messi fue siempre imprescindible aunque algunos lo olvidaran. 

Quedan las estadísticas. Los 79 goles que superan a Pelé en Sudamérica. El séptimo triplete con la selección. Eso a los que Messi nos tenía acostumbrado, a las marcas, a los records, a su propia superación. Queda lo formal: fue tres a cero frente a Bolivia, segundo puesto en eliminatorias con el asterisco del partido fallido con Brasil. Quedan, sobre todo, las lágrimas, la humanidad del ídolo. Había celebrado en el Maracaná con sus compañeros. Y con su familia en una videollamada, a distancia. Pero si algo quisimos en este tiempo fue tener cercanía, estar al lado de los nuevos. Hace un año y medio empezábamos a pedir por abrazos, por juntarnos, por dejar la virtualidad. Y entre todo eso empezábamos a pedir por volver a la cancha. El fútbol no devuelve a quienes ya no están, a los que quedaron en el camino. No devuelve la vida que teníamos. Nadie podría pedirle nada de eso al fútbol. Pero es euforia y deshago entre tantas malas. Messi, que parece tenerlo todo, necesitaba una noche así. Nosotros también. El reencuentro parece decirle, a los 34 años, que esto recién empieza.