LOS 7 Entre los once que forman cada equipo, entre miles y miles de casos similares y a la vez únicos. Entre la infinitud de futbolistas de la historia, estos prototipos, antojadizos, pero no tanto. Entre cientos de casos para optar y describir, estos siete. Estos siete, como los Locos de Arlt. Ellos, sus circunstancias y sus características.

1. La melancolía vital como signo esencial. La sensación de destino irremediable. La mala fortuna. 2. La intransigencia traducida en impotencia. La particularidad común de tropezarse con la misma piedra, casi con obstinación. 3. El alcohol como símbolo de los excesos, aunque no fuera el único. 4. Las caras brutalmente antagónicas del estrellato y el fracaso. El desmoronamiento estrepitoso tras acariciar la cúspide. 5. La soledad y el final. La angustia ante el sinsentido de la vida y la desolación. 6. La muerte. Aunque no siempre sea el fin de sus novelas que se prolongan más allá en el tiempo.

Las características de estos siete locos. La séptima, omnipresente, es el fútbol. Siete historias. Siete locos. En todas hubo momentos fulgurantes y debacles ostensibles. Son seis punteros derechos en su origen y un volante central. Siete tipos que brillaron en las canchas y quedaron perpetuados con el 7 en la espalda. Durante toda su carrera o buena parte de ella: Best, Garrincha, Ortega, Doval, Corbatta y Houseman. O al menos, en un instante refulgente, un hito en su trayectoria, como le sucedió al Trinche Carlovich, lo que lo alinea en la excepcionalidad: un futbolista tan extraordinario como los otros seis pero que no brilló en un club grande, y a pesar de eso tiene una historia tan llamativa y provocadora que merece ser contada. Son siete locos.

CORBATTA, el arlequín

-Tengo un fenómeno…

–Ajá… ¿Otro?

 –Sí, no tiene figura… pero tiene genialidades.

–¿De dónde es?

–De Chascomús.

–¿No será un “pescado”?

–¿Qué? ¡Ya lo van a ver…! Corbatta.

–¡Corbatta! ¿Dónde has visto un crack que se llame Corbatta?

Hubo un silencio tenso. Duró algunos segundos hasta que llegó la orden: “Andá a buscarlo”. Juan Silverio Oroz, un centro forward de los ‘40 que jugó en Racing, Gimnasia y Estudiantes le había pasado el dato al Gallego Aparicio, un cuentapropista, fanático de la Academia, que aprovechaba sus viajes para buscar talentos. Lo fue a ver de inmediato al club Juverlandia de Chascomús, regresó deslumbrado y lo recomendó a la comisión de fútbol. Volvió a ver al descreído dirigente cuando ambos coincidieron en la llegada de ese pibe que, a los pocos días, cumpliría 19 años. Esmirriado, patitas flacas, “muy insignificante” para ocupar el puesto de puntero derecho. Fue una muy calurosa tarde del verano del ‘55. Llegó en alpargatas y camisa a cuadros. Saúl Ongaro, un ex centro medio del club, que era el entrenador, le preguntó dónde había dejado la valija. “¿Qué valija?”.

GARRINCHA, Un pájaro feo

Perdió un ojo en una riña callejera. Sacude el spray rojo y escribe con esfuerzo: “La vida fue un torrente de paradojas”. El paredón da hacia el sol de la mañana, bordea la autopista, acaba en la cascada. En su extremo yacen una vela y un racimo de pétalos blancos, residuos activos de un culto. El muro pobre oculta desinterés y negligencia, cubo de material y pintura raída, abandonado entre el frío y la muerte del cementerio Raiz da Serra. En la piedra erosionada, un epitafio desteñido: “Era un muchacho dulce, hablaba con los pájaros”. Justo él, un pájaro feo.

“Lo lleva atado al pie, como una luna atada al flanco de un jinete”, escribió Manuel Picón y cantó Alfredo Zitarrosa. Severino Francisco, afamado editor brasileño, intentó describir el talento de Nelson Falcão Rodrigues explicando que sus textos “tienen la gracia de un endiablado regate de Garrincha”. El dramaturgo, a su vez, tomó la lanza: “El mal de la literatura brasileña es que no tenemos ningún novelista que sepa cómo rematar un córner”. No fue la única parábola futbolera en su creación cotidiana. Calificó la elegancia para jugar de Didí como la de un “príncipe etíope en un rancho”. Amarildo era un “poseído dostoieviskiano”.

Sobre ese muchachote al que caratulaban casi de retardado, dijo que “gambeteó hasta la barba de Rasputín” y que a su bailoteo sólo le falta Chopin de fondo. Con la malicia de una folha-seca, al que usaba la 7 lo llamó profeta: “Es el chico que descubre lo obvio”.

DOVAL, Feitinho

Con nostalgia cinco décadas después, el Bambino cierra los ojos, se apoltrona en la silla enclenque de un bar y afirma: “Nos juntamos una barra de loquitos. Todos pensábamos más en la diversión que en el orden, la disciplina. Para nosotros el fútbol era jugar a la pelota”. Veira habla de diversión. Se fueron de gira y, en Alemania, Chiche Barreiro, harto, decidió separarlos, como si fueran chiquilines de primaria. Armó las habitaciones: Doval con Mariotti, Veira con Coco Rossi, Casa con Albrecht. A las 23 pasaba revista. Al cuarto de hora, no quedaba ninguno en el hotel. Una vez, cuando regresaban de a uno a las 6, se toparon con Chiche en el hall. No les dijo nada. Hasta que vio al Loco y le espetó: “¿Usted también?”. Doval lo compró con una sonrisa: “¿No nos dijo que siempre siguiéramos a los más grandes?”. En esa misma gira, el técnico decidió incluir a Veira y Doval, cuando el equipo perdía 4-0 ante la selección de México. El Loco se paró, lo miró al Bambino, le dijo: “Usted es el general San Martín y yo el sargento Cabral. Encantado, somos los salvadores de la Patria”. Todos, el entrenador incluido, largaron las carcajadas. Dos atorrantes.

HOUSEMAN, Algo en la cabeza

“¿Y este? ¡Tiene una pinta de pelotudo…! En una semana con nosotros se vuelve corriendo a Defensores”. Alfio Basile luego se convertiría en una especie de hermano mayor. Pero no tuvo filtro para su espontáneo retrato cuando lo vio pararse en la cancha de entrenamiento, a poco de haber llegado. Rápido cambiaría de opinión.

Les habían anticipado que arribaría el día anterior. Pero pegó la primera rateada: había firmado el contrato con Huracán, llegaba a la Primera, pero no viajó a la pretemporada de su nuevo equipo, en Mar del Plata, porque prefirió jugar una final de un torneo nocturno de papi con sus compañeros del barrio, en Excursionistas. Sus nuevos compañeros, impresionados por su apellido, esperaban a un goleador fornido, a un tanque alemán. Cuando despertó, bajó al hall. Ya en la cancha, cuando el preparador físico le indicó que debía correr 10 km. Replicó: “¿Todo eso hay que hacer para jugar a la pelota…?”. (…)

 –¿Alguna vez pensaste en el futuro?

 –La verdad… ¿qué quiere que le diga? Nunca… Y no quiero pensarlo. Reconozco que soy un poco irresponsable, pero no porque sea un mal tipo. Por ahí me quedo un poco más en la cama a la mañana y como ya llego tarde al entrenamiento, prefiero no ir, para no tener que dar excusas…

ORTEGA, Chaplin Cuartos de final. Holanda. Juego sumamente parejo. Los europeos sacaron veloz ventaja mediante Patrick Kluivert. Rápido empató Claudio López. Se trenzaron en un juego con escaso peligro en las áreas, notable lucha por encontrar un resquicio. Ortega iba por derecha, sin desnivelar. Lo hizo cuando restaban 3’: el árbitro mexicano Brizio Carter había expulsado al holandés Arthur Numan y aunque la Selección dominó el juego, la sensación era que irían al alargue. Pero ingresó al área por el vértice derecho, intentó la gambeta ante Jaap Stam: al pasarlo, en lugar de ir tras la pelota, se zambulló como a una pileta y dejó golpear su pantorrilla izquierda contra la de su rival. El juez de inmediato sancionó “simulación”. El arquero Edwin van der Sar se apuró en hostigar al rival caído. El holandés de 1,97 m se agachó para denostar al argentino, 27 cm más bajo. La diferencia de altura justa: al pararse, impactó su mollera contra la barbilla de su oponente, quien se arrojó como si lo hubiera chocado un camión. Chambonada impensable. Roja directa. “Prefiero no escucharlo”, le respondió el árbitro al 10 que insinuó una torpe protesta. Un defensor argentino miró a un volante que aguardaba con impotencia fuera de la cancha: “Te lo dije. Un verdadero pelotudo…”.

Simeone siempre correcto políticamente, soldado de Passarella, en la cancha le había dicho: “Corré, hijo de puta, ganate la plata”.

BEST, The bestie Bishop envió un telegrama a Londres. El destinatario, Sir Alexander Matthew Busby, manager general del United y técnico del equipo superior desde 1945, al término de la II Guerra. “Matt, creo que he encontrado a un genio”.

Viajó sin la contención de sus padres, cercano a cumplir 15. Se trasladó a Londres para sumarse a las filas del todopoderoso Manchester United. “Ok, si él quiere ir…”, dijeron Dickie y Anne. Joe Lovejoy, uno de los biógrafos, comparó su viaje con el de Gerry Conlon, el personaje que encarnó Daniel Day Lewis en En el nombre del padre. Él admitiría después: “Éramos un par de niños inocentes que nunca habían estado fuera de Belfast. Íbamos al United. Al menos fue intimidante”. (…) Una noche fueron al casino de Birmingham. Al rato de apostar fuerte, habían ganado cerca de £ 20 mil. El dinero relucía sobre las sábanas de satén. El camarero entró y ya en el saludo dejó entrever su acento irlandés. Mientras descorchaba la botella confirmó que era de Belfast. Un billete de 50 resultó una propina extraordinaria. Marie se cepillaba el pelo y su belleza era incandescente. Había sido Miss Mundo ‘77, a los 20.  El mozo llegó hasta la puerta, dudó un instante y giró en sí mismo:

–Discúlpeme, Mr. Best, ¿puedo hacerle una pregunta?

–Sí, claro.

–¿Cuándo empezó a estar todo mal?

No esperó la respuesta y cerró la puerta con delicadeza. George dejó de sonreír.

CARLOVICH, La leyenda

De este lado del portón ruidoso, el hombre canoso y cansino juega con el candado que él mismo abrió. Brilla el plateado en sus dedos arrugados por el frío y por el tiempo. Por momentos se distrae con su celular. En la funda tiene dibujada la camiseta de Central Córdoba con la leyenda Trinche.

–¿Por qué no triunfaste?

–¿Qué es triunfar? La verdad es que no tuve otra ambición que la de jugar a la pelota. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio, de la casa de mis viejos, mis amigos. Nunca pensé en ir a un grande. Me habría gustado pero no se hizo y me da igual. Cuando sos joven te creés que te va a durar toda la vida. Te das cuenta de grande, cuando no te dan más las piernas. (…) Me gustaba jugar a la pelota. Y ganar. Esto es un juego. Tenés que ganar. No me arrepiento de nada, todo lo volvería a hacer. Me paso el tiempo pensándolo. Lo hablo poco. Porque no puedo jugar. Tengo la gamba hecha bolsa, que si no, me disfrazo y me meto en la cancha…”.

–¿Por qué disfrazarte?

–Porque es tan irreal…

Respira hondo, mira la nada, cierra el candado. Al fin, lo deja sobre la mesa.

–Todo aquel que te vio jugar te compara con Maradona.

–¡Qué sé yo…! Maradona estaba preparado para poder jugar en donde lo hizo. Sí, claro, él lo tenía al Ruso (Cyterszpiler).

–¿Y vos?

–No… yo no tenía a nadie.