Maradona y la revolución se titulará esta nota. Y, usted, lector de diario que reivindica las revueltas justas, que lucha contra el orden conservador y que batalla contra los poderes concentrados ya por estas líneas habrá hecho en su cerebro la operación lógica: sus neuronas ya han fijado la imagen de Diego con un habano en la boca y brazo tatuado con la cara del mayor ícono pop de todas las revoluciones. Pues no, mi estimado, mi estimada. Esta nota no rumbeará para el lado de Granma. Este texto elegirá la ruta de El Gráfico. 

Dalma dijo que el 25 de noviembre de 2020 es el peor día de su vida. “Lo tengo totalmente anulado. Y lo que más deseo es que ese día nunca hubiera existido”. Ella decide cancelar la fecha, anularla, decretarla inexistente. Apoyo la moción porque me gana el enojo. Estoy enojada con la muerte y le decreto su cancelación. Pero también estoy enojada -desde siempre pero más desde aquel 25- con quienes ven más revolución en las declaraciones de Diego que en sus pies. 

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Así que de modo caprichoso, maradoneano, estas líneas harán más foco en otro noviembre, en el de 2001 y más precisamente en el 10 del 10 cuando lanzó una de las máximas a la que nos abrazamos quienes tenemos un romance eterno con el fútbol: la pelota no se mancha. 

Porque la revolución de Maradona fue desde la pelota. 

No, no estoy diciendo esa pavada que le gusta a la derecha gorila y al progresismo conservador y limpito sobre el Maradona deportista y su diferencia con el Diego persona. Estoy diciendo que en la reivindicación política, y de la palabra, de Diego hay -aunque por izquierda, digamos para simplificar- una operación tan descalificadora como la que se hace en ese “yo no discuto al Diego deportista, pero como persona…”. 

Una le quita al Maradona la revolución que construyó desde los pies y que pudo hacer por ser justamente esa persona que fue. Y la otra le saca la pelota, se la lleva y pone la revolución en sus palabras. En el fondo, fondo, fondo, las dos caen lo mismo: desarticulan la persona de su arte. Una, haciendo foco en el deporte; la otra en la palabra. Y lo más rico de Maradona fue que nos puso en tensión. La revolución fue en los pies. Pero en los pies de él. 

Siempre creo que quien le pone más Eduardo Galeano que relato de pelota a la opinión o está verseando o esconde algún desprecio. 

A mí también me encanta mirar al fútbol en contexto, por supuesto. Pero a veces pareciera que la frase vinculada a la política define mejor a un jugador que lo que hace en la cancha. No está mal poner más atención a eso, pero entonces que quien lo hace reconozca que importa más la adhesión que su fútbol. 

Le dicen revolucionario por sus palabras para bajarle el precio, Diego fue futbolista. El fútbol no necesita ser adjetivado para ser mejor. Ya está a la altura por el solo hecho de serlo. 

El jugador no necesita lupa política ni análisis sociológico para ser mejor. Al fútbol le alcanza con ser lo que es para estar arriba de todo. 

Como le alcanza a la música, a la literatura, al cine o a la pintura. Mozart, Rodolfo Walsh, Orson Welles, Miguel Angel, Picasso o Maradona hicieron la revolución en sus disciplinas porque inventaron un arte dentro de sus propios artes. 

Hay quienes encuentran revolución en Maradona porque se tatuó al Che o fue amigo de Fidel y de Chávez. Antes de todo eso Maradona ya había hecho la revolución. Y desde el fútbol. Contra la FIFA, contra las leyes de la física, creando identidades que no existían antes de él, resignificando el deporte al punto de poner en duda de si el fútbol era de vientre británico o argentino, siendo viral cuando aún ni existían los algoritmos. 

Y lo hizo desde los pies y con la 10. Todo lo demás vino después.