La casa rodante se llama La Bendición y se pasea por Moscú con los colores de México. A la aventura que empezaron en su país y ahora sigue en Rusia le pusieron Ingue su Matrushka, una especie de acrónimo, más que nada un juego, con Chinga tu madre. Son seis amigos, apenas un puñado de los cuarenta mil mexicanos que cantan el Cielito Lindo en el Luznhiki. En una de las tribunas del estadio a cinco alemanes le tocaron ubicaciones entre los mexicanos. Los mexicanos les cantan, les gritan, les hacen gestos de burla, los alemanes sonríen por cortesía o para no tener problemas. Hirving Lozano hace su gol y entonces las cervezas de los mexicanos vuelan. Todos se bañan en cerveza. En Rusia son las 18.34. En México son las 10.34 y en ese instante se produce un sismo, la tierra tiembla.

El Luzhniki, una estructura maciza, también tiembla. Desde el inicio del Mundial de Rusia hay una intensidad mexicana en Moscú. Es una marea, una ola que recorre el estadio, que recorre los parques, los centros comerciales. Con sus sombreros, a los gritos, vestidos de chapulines colorados, entre risas. Las rusas les piden fotos. A los ojos de cada uno, es un encuentro de excéntricos, un choque frontal de culturas . México fue el cuarto país en el ránking de venta de entradas de la FIFA. Los mexicanos compraron 60.300 de los 2,4 millones de boletos que se comercializaron. Pero si se incluye a los que viajaron sin entradas, el desembarco en Rusia fue mayor.

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El primer tiempo del equipo que comanda Juan Carlos Osorio es una sorpresa para los alemanes, los campeones del mundo. Pero también para los mexicanos. No sólo por el gol de Lozano, 22 años, jugador del PSV Eindhoven. Los asombraba la presión, las ganas puestas en el ataque, el manejo de la pelota, la velocidad para el contragolpe, en el que hacían trastabillar a Alemania en el retroceso, dejaban estáticos a Toni Kroos y Sami Khedira y hacían pasar al olvido a Mesut Özil. Los hinchas lo comentaban, se daban ánimo, les parecía increíble que corrieran de esa manera. Son pocos los que quieren a Osorio; son muchos los que lo querían afuera de la selección mexicana, sobre todo después del 7-0 con Chile en la Copa América de 2016 y el 4-1 con Alemania en la Copa de las Confederaciones, el año pasado.

¿Y por qué vinieron a Rusia si le tenían tan pocas expectativas? “Porque este es el último Mundial, después viene Qatar y luego ya no sabemos qué”, te respondían, acaso olvidando que México será una de las tres sedes del 2026. También podrían contestar lo que contestó el escritor mexicano Juan Villoro cuando le preguntaron sobre un probable triunfo sobre Alemania: “El fútbol existe para esperar milagros”. Al milagro alemán, un milagro con metodismo, se le impuso el milagro mexicano, también metódico. El primer tiempo, los cuarenta y cinco minutos más intensos que se hayan jugado en Rusia hasta aquí, fueron un palo y palo, con la virtud mexicana de no tener miedo para llevar adelante el plan de Osorio. Si Guillermo Ochoa tenía que frenar un remate cruzado de Timo Werner, Manuel Neuer frenaba un disparo frontal de Héctor Herrera. De un lado y del otro, pero lo que prevalecía era la fuerza de México, con Andrés Guardado capitaneando, con Carlos Vela a las espaldas de Khedira y Kroos, mientras Lozano enrredaba a Jerome Boateng y a sus compañeros de defensa.

La novedad fue México, que entubó a Alemania en una confusión. No pudo mantener ese ritmo de infierno durante todo el partido. Debió tomar otros recaudos. Osorio mandó a la cancha al tótem de cinco mundiales, Rafa Márquez. Porque lo que tenía enfrente era Alemania, su capacidad para la reconstrucción. No está Mario Götze, no está Miroslav Klose, pero están Julian Draxler y Werner. Haber arrinconado a México no fue suficiente. A medida que lo hacía y que no podía derribarlo, sobrevenía la pesadumbre. Y sin embargo los diez minutos finales, como el último en el que Neuer fue a cabecear a su área, fueron para México la entrega de su destino a la Virgen de Guadalupe, a la que se le atribuyen los milagros de haber frenado epidemias y haber salvado náufragos.

Fuimos a escribir sobre los alemanes, pero volvimos para escribir sobre México. “Este país acaba de reducir su expectativa de vida por el estrés”, le escribió en ese momento el periodista mexicano Juan Manuel Vázquez Soriano a un amigo. Tendrán menos años pero podrán decir que le ganaron a Alemania. Los hinchas mexicanos cantaban que eran locales otra vez, un cover argentino. Lo hacían –lo hacen- mal, sin armonía, con un problema de entonación. Alargan las e cuando se sabe que ahí hay un corte seco: “Y ya lo ve, y ya lo ve, somos locales otra vez”. Pero no, los mexicanos te cantan parecido, pero algo así: “Y ya lo veeeee, y ya lo veeeee, somos locales otra veeeez”. No importa. Tienen razón. Fueron tal vez la segunda hinchada más escuchada en la inauguración del Mundial 2018 después de la rusa. En su primer partido taparon al doiiichland, doiiichland alemán. Oscurecía en el Luzhniki, la temperatura no bajaba en Moscú, y al pie de la estatua de Lenin un grupo de mexicanos cantaba el Cielito Lindo. El estratega de la revolución socialista habrá pasado toda la noche con esa canción.