Hay un traqueteo, golpes que parecen baches en los rieles, raro en estos trenes que se deslizan en silencio. Pero cada tanto la máquina que salió de Moscú y que en once horas va a estar en Kazán, la ciudad en la que la Selección tiene que jugar con Francia por los octavos de final del Mundial, entra en turbulencias breves. Es medianoche, los teléfonos se quedan sin señal, y en el vagón 8, donde funciona el restorán, nadie se da cuenta. Lo único que quieren es una cama. O que haya unas cervezas para pasar la noche.

Al restaurante fueron a parar unos cien hinchas que subieron a último momento a los trenes. Son los que estaban en la estación Kazansky, en la zona de la Plaza Kommkolskaya, se organizaron y protestaron por la falta de opciones para viajar a Kazán. Algunos pagaron hasta diez mil rublos, algo menos de cinco mil pesos, para asegurarse un camarote en vagones más exclusivos, los únicos a la venta a esa altura. El resto consiguió entrar en una lista para viajar gratis en los trenes del gobierno. Les dijeron que agregarían vagones, pero cuando llegó el momento de partir lo que había era lugar en el restorán.

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Los que pudieron se sentaron en una de las diez mesas que hay en el restorán, acomodando valijas y bolsos donde pudieran, pero otros quedaron en los pasillos. Tenían once horas por delante, mejor prepararse, tirarse al piso, apelotonar una campera que haga de almohada, o apoyar la cabeza en el bolso. Pero esto no iba a quedar así. Esto es una fiesta, juega la Argentina, todo bien, pero consigan camas.

-Si vamos a ir así por lo menos no nos cobren las cervezas- reclamó un pibe de unos treinta años.

Anna, una de las coordinadoras del tren, que hablaba castellano, era la traductora. Pero no había nadie responsable más que las azafatas, que intentaban tranquilizar a los hinchas pasajeros prometiéndoles acomodarlos en lugares más cómodos.

-No nos dijeron que no había lugar, si nos hubieran avisado por ahí tratábamos de irnos por otro medio. Van a ser once horas acá metidos o tirados en los pasillos, es cualquiera- se queja Mauro sentado sobre una valija carrión.

En eso vuelve al restorán Anna, ojos claros, pecas, al borde de ser colorada. Anuncia que están las primeras camas disponibles. Y pregunta quiénes llegar primero. Yo, yo, yo. Siguen a una de las azafatas. Son los afortunados. Van a dormir en una litera, con sábanas blancas, una almohada, un acolchado, con enchufe para cargar el celular.

El resto va a seguir ahí, mientras las mujeres que trabajan en el tren, se mueven vagón por vagón tratando de encontrar lugar. El viaje de la selección argentina se convierte en el primer mal cálculo del gobierno ruso en el Mundial. Como si nadie hubiera previsto –tampoco los propios hinchas argentinos- la posibilidad de que un malón viajaría a esa ciudad, capital de la República de Tartaristán, unos ochocientos cuarenta kilómetros al este de Moscú.

En el restorán hay fastidio y muchas latas de cerveza. Hay dos bandos. Uno es el más rebelde, el que encabeza las protestas por las camas. El que dice que si les hubieran dicho que sería así por ahí lo pensaban de otra manera, lo aceptaban o no. Y está el bando más conciliador, el que en un momento vio que se perdía el partido de Argentina, que se quedaba en Moscú, y que viajar así tampoco es tan grave.

-Me estoy yendo a ver a la selección contra Francia en un tren gratis y hasta hace unas horas no teníamos como venir, mirá si me voy a quejar. Hay algunos que son exagerados- dice Andrés, sentado sobre un escalón del pasillo. En un rato va a tener su cama.

La camarera, una morocha con tez bien blanca, unos treinta y cinco años, entra al vagón del restorán enojada. Habla en ruso, fuerte, casi a los gritos.

-No te entendemos, no sabemos a hablar ruso- le dicen los hinchas.

La camarera insiste, habla apurada, en ruso.

-Tampoco, no te entendemos nada.

La camarera cierra el puño con fuerza, con bronca, se lo muestra a los argentinos, hace una mueca de odio y se va.

-¡Ehhhhhhhh!

Llegan dos policías. Anna es la traductora. No se va a vender más cerveza en el tren. Se va a cerrar el restorán. Sólo les queda para pedir una ronda más. Y se tranquilizan, por favor. Hay calma. Los trajes rusos de los policías imponen autoridad. Aparecen más camas disponibles, se van tres pasajeros. Cada tanto un puñado de hinchas deja el restorán. Ya quedan unos cuarenta hinchas colgados. No son pocos. Reclaman más cervezas.

Al rato vuelve Anna, campera blanca y roja, colores rusos, identificación del voluntariado que el gobierno reclutó para el Mundial. Se para entre los hinchas, en el medio del restorán. Esto parece una asamblea, el soviet argentino del Mundial.  

-Tengo una buena noticia… este lugar seguirá abierto… y ustedes tendrán sus cervecitas.

-Vaamoooooossss- gritan los hinchas.

Hay aplausos.

-¡Gratis! ¡Tienen que ser gratis! Si vamos a viajar así tienen que ser gratis- piden los más radicalizados.

En un rato serán las dos de la mañana. El tren tiene previsto llegar a Kazán a las 10.45, casi seis horas antes del partido. Siguen saliendo pasajeros del restorán a Kazán. Anna está en la planta de abajo, lejos. Escucha los reclamos de un muchacho con camiseta argentina, que le insiste que la cerveza debiera ser gratis. Ella se ríe. Anna lo único que quiere es que se termine todo eso.