En la víspera de la Navidad de 2002, Don Abel Martínez junta el resto de dinero que le queda de la changa como remisero y de las horas en el taller de chapa y pintura y se va a comprar hasta Pompeya. En el conventillo de La Boca -Olavarría 1814, a cinco cuadras de La Bombonera- lo esperan Silvia, su mujer, y sus doce hijos. La palabra que lee en la puerta del Club Unidos de Pompeya cree que es una señal del destino después de que su séptimo hijo le insistiera con el asunto: “Boxeo”.

“Entró y le contó al profesor que tenía un pibe de 11 años, si podía empezar. Y le respondió: ‘Tráemelo’. Cuando mi viejo volvió, me dijo: ‘Vas a arrancar boxeo’. Fue el mejor regalo de Navidad”, dice, ahora, Fernando “El Puma” Martínez, a los 30 años campeón del mundo en la categoría supermosca de la Federación Internacional de Boxeo (FIB).

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Martínez sorprendió incluso a los especialistas el 26 de febrero pasado: le ganó por puntos en fallo unánime al filipino Jerwin Ancajas en Las Vegas. Ancajas era el campeón con más tiempo de reinado en todas las categorías: diez años invicto con nueve defensas. El Puma salió sin marcha atrás: conectó 421 golpes de poder de los 1046 lanzados, según CompuBox, e impuso el récord en la categoría supermosca. El gancho de izquierda, veloz y potente, hizo estragos. Y el zarpazo lo colocó a Martínez como el campeón mundial N° 42 en la historia del boxeo argentino -el sexto supermosca (menos de 52,163 kg)-, aunque sólo acompañado en la actualidad por Brian Castaño, campeón del mundo superwelter de la Organización (OMB).

-¿Qué es el boxeo?

-Mi vida, casi. Entreno de chiquito. Todo lo que viví, lo viví con el boxeo. Y el boxeo me salvó la vida, porque el gimnasio era mi segunda casa. Pasaba algo y estaba metido ahí, me abría la mente, me sacaba de la calle, del mal ambiente, de la mala junta, de las trabas que te pone la vida. Y yo sentía el boxeo, siempre quise boxear. Mi viejo era muy fanático. Peleaba Mike Tyson y hacíamos un asado, lo esperábamos para verlo por tele desde las 9 de la noche con toda la familia. Y al final quedábamos mi viejo, mi vieja y yo, porque peleaba a la madrugada. Lo veía noquear a Tyson, al público, y le decía a mi viejo: “Quiero ser como él, ser boxeador”. Le rompía las bolas, pero le cumplí el sueño.

-¿El boxeo contiene a las personas?

-Te hace meter adentro. Cuando sos más grande, en la adolescencia, ves a los pibes afuera siempre en la misma, y yo quería otra cosa. A los 17 años entré a la selección argentina de boxeo y conocí un montón de países, muchas experiencias. Y antes, después de Unidos de Pompeya, me fui al club San Telmo. Ahí conocí a Rodrigo (Calabrese), mi amigo y entrenador. Se hizo fanático mío, porque a los 14 me ponían pibes de 22 años. A los chiquitos los cagaba a palos. Hacía exhibiciones todos los sábados. Y cuando me saqué la licencia, y peleaba contra los de mi edad, les ganaba a todos por nocaut. A los 16 años pude guantear con (Omar) Narváez en su plenitud.

-¿Qué fue más difícil: resistir el desalojo del conventillo de La Boca a los 14 años o pelear contra Ancajas en Las Vegas?

-Nos sacaron a todos, nos desalojaron, y fuimos para lo de mi tío. Éramos una banda. Nos quedamos unos días y mi viejo encontró un alquiler en un conventillo de Avellaneda. Fue duro, pero como era chico, me daba risa, porque estábamos juntos en familia, con mis primos. Estuve tres años más y ya me fui a la selección y me becaron. Y ahí arranqué la carrera amateur. Mi camada tuvo la suerte de tener de profesor al cubano Sarbelio Fuentes, un gran maestro.

-Sos el quinto boxeador argentino en coronarse en Las Vegas después de Hugo Rafael Soto, Marcos “El Chino” Maidana, Lucas Matthysse y Sergio “Maravilla” Martínez.

-Todavía no lo puedo creer, fue un sueño inesperado después de tanto sacrificio. Y encima ahí, en Las Vegas, la meca del boxeo, y contra un gran campeón que venía invicto. Mucha gente pensaba que tenía todo para perder. Pero fuimos conscientes de la guerra que se venía. Un gran esfuerzo trae un gran triunfo. Y pasó lo que tenía que pasar.

La historia de Fernando Martínez hizo un click en 2014, cuando Don Abel murió de cáncer. Abandonó durante dos meses el boxeo. Recayó en depresión, adicciones, alcohol, malas compañías. Lo rescató Silvia, su madre. Y también Rodrigo Calabrese, amigo, entrenador y mánager. Su padre desayunaba mate cocido con tal de que a su hijo no le faltase un yogurt antes de que se fuera a entrenar. “Va a ser campeón del mundo”, les decía Don Abel a los vecinos cuando paseaban por La Boca. Su muerte casi lo noquea. Pero salió a flote, volvió al gimnasio. De ahí que, apenas consagrado campeón del mundo en Las Vegas, el Puma dijera sobre el ring, la voz entrecortada y las lágrimas en los ojos: “No tengo palabras, quisiera haberlo tenido acá conmigo a mi papá… Pero le cumplí su sueño, y ahora voy a ayudar a mi mamá y comprarle la casa”.

-¿Le compraste la casa?

-No, en esta pelea gané poco, no compro ni en un pedo una casa. Pero sabía lo que podía venir si ganaba el título. Y eso es lo que me salió cuando terminó la pelea. Ahora soy el campeón del mundo. En tres, cuatro años, quiero tener la casa para mi vieja y la mía. Quiero ser como el Chino Maidana. Con lo que se me viene, se va a poder cumplir. Vamos por todo, con todo.

-¿Qué recordás de los dos meses sin boxeo después de la muerte de tu padre?

-Me había quebrado el dedo guanteando en Estados Unidos y se sumó lo de mi viejo. Estuve muy mal, no quería saber más nada. Pero con la ayuda de Rodrigo y de mi vieja pude recuperarme. Y al tiempo gané la medalla de oro en el Preolímpico y fui a los Juegos de Río 2016. Me decían que tenía que seguir con lo mío, que tenía que cumplirle el sueño a mi viejo, no aflojar, porque venía peleando desde chico, y que él quería que fuera feliz. Estaba mal con mi cabeza, se me habían cruzado los cables y no me importaba nada. Me pude tranquilizar y seguir.

-“En mi país, lamentablemente, tenemos que hacer sacrificios y trabajar para prepararnos y vivir del boxeo”, dijiste. ¿Qué momento atraviesa el boxeo argentino?

-Falta más apoyo. Mi promotora, la del Chino Maidana, hace un gran trabajo, le abre puertas a muchos chicos. Pero falta darle más bolilla a los chicos que quieren ser boxeadores, más escuelas de boxeo. Así va a funcionar. No puede ser que un campeón tenga además que laburar. Afuera no es así. Te traen la comida, dormís, te buscan, te llevan, entrenás. Esa es la vida que tiene que tener un boxeador. Viví seis meses en Los Ángeles y fue un lujo, parecía un futbolista. Estaba con el profe Manny Robles. Íbamos a gimnasios que parecían de película. Un día terminamos de entrenar y en el siguiente turno había chiquitos de siete años, una locura, cada uno con su guantecito, su cabezal.

-Sin embargo, lograste el récord de golpes de poder en la categoría y sos el sexto campeón mundial argentino supermosca (Gustavo Ballas, SantosFalucho Laciar, Carlos Salazar, Víctor “Cococho” Godoi y “El Huracán” Narváez).

-“Faaa qué locura”, dije cuando me lo dijeron. El día anterior, antes de dormir, le había pedido a Dios. No me importaba el dinero: quería quedar en la historia. Y me lo cumplió y le agradezco. No sólo gané, sino que con ese récord. Los supermoscas damos guerras. Somos livianitos pero pegamos, somos fuertes. Los laburos que hacemos en las peleas se notan, y en cada pelea más. Ahora se puso picante la categoría. Tendrían que pagar más, como corresponde, por todo el sacrificio que cuesta dar el espectáculo. Quiero ya unificar los títulos, porque es mi mejor momento. Quiero pelear por lo grande con los grandes.

-¿Qué tiene el deportista argentino? En Las Vegas subiste al ring con la franja amarilla en el pelo, la de Maradona en Boca.

-Corazón. Como dice el Chino Maidana, los argentinos somos muy parecidos a los mexicanos. Somos aguerridos. Capaz vas perdiendo y con una mano salvás toda la pelea, como hizo el Roña Castro contra Jackson, que fue terrible. Los argentinos tenemos huevos, como los ponía el Diego, como los pone Messi. Queremos demostrar. Tenemos algo diferente a los demás, para lo bueno y lo malo.

-¿Se acercaron “los amigos del campeón”?

-Yo sigo normal, salgo a pasear al perro. Si se acercan con interés, no van a poder. Venimos de muy abajo, somos de la calle. No cualquiera va a venir a hablarte. Con mi entrenador estamos concentrados en lo nuestro. Ahora puede ser que estén todos, pero cuando subimos no había nadie. No hay que marearse, porque “los amigos del campeón” te ofrecen esto o aquello. Sabemos con quién estamos, con la promotora, la gente que nos apoya. A “los amigos del campeón”, ni cabida.

-Estás en pareja con la boxeadora Micaela Oliveri -campeona metropolitana en la categoría hasta 48 kg en 2020-. ¿Cómo cambió el boxeo femenino argentino?

-Vamos juntos a la par, con el tema de la comida y tantas cosas porque hacemos casi lo mismo. Es lindo. Igual tenemos nuestros enojos. Lo que sí, cuando guanteamos, ahí empiezo a correr, porque me da cada cocazo… Tiene buen cross, pega la enana, porque es más chiquita que yo. Y cuando me enojo, me sale el maldito y le doy abajo. El boxeo femenino cambió muchísimo. Gimnasio al que vas, hay mujeres. Está muy bueno, porque el boxeo te manda a otro lugar. Y tenemos muchas campeonas. Cuando estaba en la selección, ellas traían más medallas que nosotros.

-¿A dónde te manda el boxeo?

-Es todo mental. Trabajo mucho la cabeza. No puedo estar con problemas porque no estoy enfocado. Arriba del ring estás solo. Yo lo miraba el chabón (Ancajas) y estaba ahí, duro. Y si decía “faaa, a este no lo bajo más”, me achico y me come. Tenemos que ser fuertes de cabeza. Decir: “Ah, sos duro, más te voy a dar”. Como a un árbol: le das y le das abajo y pum, en algún momento lo quebrás y se cae.

-¿Se siente miedo?

-Miedo, no. Salgo con mucha confianza, porque para todas mis peleas entreno a morir. Si no aguanto, sigo cueste lo que cueste. Y después, arriba del ring, puedo tirar y tirar. Las peleas se ganan abajo del ring. Todo lo que practicaste tanto tiempo, después lo hacés en la pelea. Como laburás abajo, arriba lo demostrás.