Sergio Romero atajó sólo cuatro partidos en Racing. Se formó como futbolista en la Comisión de Actividades Infantiles de Comodoro Rivadavia, la ciudad donde su familia se mudó desde Misiones cuando tenía 10 años. De ahí, con 16, llegó a Racing. A los 20, se fue a Europa. No importa el tiempo que haya pasado, los partidos que haya jugado, Chiquito Romero construyó una identidad a la distancia con Racing. Lo que él mismo llamó un sentido de pertenencia. Se convirtió en ese camino en el arquero con más partidos en la Selección Argentina: un título mundial juvenil, un oro olímpico, un subcampeonato mundial en Brasil 2014 y los penales contra Holanda que a él le entregaron la marca de héroe y al pueblo futbolero, unos días de felicidad como no ocurrían desde 1990.

Durante ese tiempo, los hinchas de Racing fantasearon con la posibilidad de que Romero volviera al club. También Romero fanteaseaba con volver algún día. Era una historia que tenía todo para terminar bien. Romero se ponía la ropa de Racing, hablaba de Racing y hacía donaciones al Predio Tita Mattiusi, donde una cancha lleva su nombre. Un hincha también construye ese vínculo con los futbolistas. Acostumbrados en la Argentina a que los buenos jugadores se vayan jóvenes a Europa, siempre queda la esperanza del regreso. Pero Romero regresa a la Argentina como arquero de Boca.

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Lo que enseguida apareció fue la idea de la traición, una acusación demasiado grande que solía estar reservada para aquellos jugadores que dejaban un equipo para irse al rival directo. Ahí están las historias de Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri, que se fueron de Boca a River. Lo mismo hizo Gabriel Cedres. Al revés lo hizo Gabriel Batistuta. Hugo «Perico» Pérez dejó Racing para irse a Independiente. El camino inverso hizo Martín Vitali. Y en Santa Fe no olvidan que Darío Cabrol, ídolo de Unión, llegó un día a Colón. Hay más.

Con Mauro Zárate se inauguró la traición por lo declamativo. Zárate había dicho que en la Argentina sólo jugaría en Vélez. Volvió a Vélez, pero a los pocos meses se fue a Boca. Hubo hasta un conflicto familiar. Con Romero ocurre algo similar. Es lo que hace pero, sobre todo, lo que dice. Durante los días previos a su arreglo con Boca, se entrenó en el Predio Tita. Esperaba, se creía, una oferta de Europa. Racing tiene dos arqueros que pronto ya no podrán convivir en el mismo plantel, Gastón Gómez y Gabriel Aries. Matías Tagliamonte es el tercero. Pero lo que apareció en el medio fue Boca. Ahí viene lo que dijo. En su presentación como el nuevo arquero, Romero se alegró de haber llegado «al equipo más grande de la Argentina». Dolor y furia para los hinchas de Racing.

Los hinchas suelen armarse un modelo de futbolista que los represente en la cancha pero también en lo simbólico, en el sentimiento al club. El jugador hincha es el ideal porque entiende lo que pasa afuera. Las carreras de los jugadores, de todos modos, no siempre encajan en esos marcos. El mercado de trabajo del fútbol no funciona así. A veces no coinciden los tiempos, muchas veces es una cuestión económica y en ocasiones no hay una buena relación con los dirigentes. Los futbolistas también entienden esa doble dimensión, que el relato se arma con el juego y con el discurso. Es la pretensión de hacerse ídolo antes de jugar o, al menos, de ganar tiempo. En esa trampa quizá haya entrado Romero, pero es menor el asunto.

El jugador hincha tampoco es una garantía de éxito. Racing contrató a Ezequiel Schelotto bajo esas credenciales y acaba de dejar el club. Iván Marcone era reclamado en Independiente por su historia como hincha pero aún ese vínculo se tiene que revalidar en la cancha. Pasa al revés con ídolos que fueron originalmente hinchas de otros equipos. Siempre aparece una foto, alguna confesión. El amor transforma.

Los grandes jugadores se aceptan sin beneficio de inventario. No hay necesidad de palabras, de vender tribuna: el jugador construye su vínculo desde abajo, en la cancha, con la entrega a una camiseta. Y así como a veces piden sentimientos, también otras veces los hinchas adoptan una postura patronal, la aceptación de que se trata de una relación de dependencia, que hay un contrato en el medio, y que a cambio de dinero ese jugador tiene que dejar todo por el club. Para eso te pagamos. O está el hincha paternal, el que cuida a los pibes del club. El de Boca que a esta hora lo abraza a Exequiel Zeballos.

Después está la otra parte, lo que el sistema naturaliza: los aprietes, las visitas a los entrenamientos, o lo que en Aldosivi llegó al extremo de que prendieran fuego los autos de los jugadores. ¿Por qué es parte del sistema del fútbol? Porque hay hinchas -de los comunes, de los genuinos, los no barras- que no sólo aceptan esas consecuencias para sus jugadores, también las reclaman si las cosas están saliendo mal.

Antes de irse a Boca, Romero donó bicicletas, racks, pelotas y otros elementos para el gimnasio del Predio Tita. Es algo que ya había hecho. Su cuenta de Instagram se actualizó con su nuevo destino laboral, jugador de Boca. Pero mantuvo lo del sentido de pertenencia con Racing. ¿Por qué no podría? ¿Y por qué el hincha de Boca no lo aceptaría mientras dé respuesta en lo que importa, en el arco? Los futbolistas no tendrían que alimentar ese fuego discursivo. Y los hinchas, guardar la palabra traición para asuntos más delicados. Hincha y jugador, a veces, son asuntos separados.