Los futbolistas entendemos que jugamos un juego desde niños porque la idiosincrasia de los países demuestra que ser futbolista es como ser un héroe nacional. El niño juega por placer y amor. Hasta que llega un momento donde pasa a ser profesional y cobra dinero. Ahí, la gran minoría se da cuenta de que pasa a ser clase obrera. Entra en un sistema en el que no se cuestiona mucho, sin orientación política para pelear por sus derechos. El sistema lo maneja. Pero llega un punto que no cobra, que a su alrededor la pasan mal, y se pregunta si se puede estar mejor. Eso pasó en Uruguay: el monopolio Tenfield oprimió desde 1998 hasta 2016, cuando los jugadores dijimos basta. No tomamos dimensión de la grandeza y fortaleza que tiene un gremio. Acudimos al gremio cuando no cobramos, pero el gremio es más que eso. Podemos cambiar la estructura del fútbol. Ahora estamos yendo por el gremio porque los que estaban no velaban por nuestros intereses, sino por los de una empresa. Ese es el cuestionamiento que les hacemos a los dirigentes de la Mutual: no nos representan. La pasamos mal hasta que nos desborda el agua. Ser futbolista es tener un arte adentro, como un bailarín de ballet; y dentro del arte, el futbolista es un obrero del deporte. No tenemos educación en decir que somos trabajadores, que tenemos derechos y obligaciones. ¿Jugar al fútbol es un arte o también es mi trabajo? Somos esas dos facetas: el artista y el trabajador.

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