Maradona es ante todo un buen representante de lo que es un chico de las villas, que tienen muchas menos posibilidades y talentos extraordinarios. Claro que en el caso de Diego, era un superdotado, sin dudas. Y eso lo hace aun más un símbolo de identidad de los barrios populares. Ese superdotado salió de entre nosotros, es uno de los nuestros, y nos representa: esa pasión por las cosas, que a veces podía ser desmedida, ese coraje que lo impulsa en el deporte, y a arriesgarse muchas veces a defender, a fijar posturas, posiciones, a veces acertadas, a veces no, pero realmente es un hombre con el que el habitante del barrio se siente identificado.

Y cambió lo que siempre fue el exponente o representante máximo de la Argentina, la persona con la que querían que se identifique el país. Generalmente es alguien de clase media, como prototipo del argentino, y aquí por primera vez es un representante de barrios populares (porque Eva y Gardel venían de situaciones de pobreza, pero no de las villas de sus épocas), que no representa solamente a esos barrios sino a todo el país. Y eso es extraordinario. Además, fue y es un espejo para los chicos del barrio. Los que lo ven ahora obviamente no captan ciertas dimensiones que vivimos los contemporáneos, pero le brindan honor y admiración también por cómo lo vemos los grandes, y porque ven en él reflejado a un tipo del barrio que llegó a ser campeón del mundo, el seguro villero en serlo, porque primero fue Houseman.

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Lamentablemente nunca pude ver a Diego en persona, se iba a concretar una reunión a través de una amiga en común, y obviamente no se pudo hacer. De sus partidos recuerdo el partido con Inglaterra en el ’86, sin dudas, y el Mundial de Italia. Si lo tenía a Caniggia en el último partido lo ganábamos, sin dudas. El de Inglaterra encima veníamos después de Malvinas, con la sangre en el ojo. Y se dieron esos goles históricos. Y en uno se unieron las dos pasiones: el fútbol y Dios.