-En su último libro dice que no hay fenómeno social que se haya adaptado con más naturalidad a la globalización que el fútbol. ¿Qué cambió?

-Antes decíamos que el fútbol se parecía al lugar en el que se practicaba y hablábamos de fútbol e identidad. Ahora la sensación es que se parece al tiempo en el que se juega y es tiempo de globalización. Los desafíos han cambiado de dimensión: antes un club era tan rico como cantidad de entradas pudiera vender y ahora lo que hay que hacer es seducir a aficionados remotos, sobre todo a los habitantes de mercados socioeconómicamente altos. La buena noticia es que el dinero, que no es tonto, empieza a entender que con el resultado no alcanza: hay que empezar a jugar bien porque de lo contrario no te van a sintonizar. En una misma franja horaria un australiano se puede encontrar al Chelsea con el Manchester City y al Barcelona contra el Real Madrid. Si no es hincha de ninguno, seguramente va a sintonizar el partido que le prometa más. Por eso Messi y Cristiano Ronaldo son impagables, por eso Guardiola es impagable: dan espectáculo y eso atrae miradas.

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-¿Ahora ganaron más protagonismo los entrenadores?

-Hay un vicio cada vez más acentuado que es individualizar el éxito o el fracaso y en ese sentido los entrenadores han agigantado su protagonismo. Es indiscutible la potencia de Mourinho o la de Simeone, pero da la sensación de que el Cholo, que es el recurso más importante que tiene el Atlético de Madrid, también entrena a los hinchas, porque los moviliza y hasta los excita. Mourinho, que es un héroe más, parecería que compite con sus jugadores a ver quién tiene más importancia en el desarrollo del partido. A veces el equipo hace un gol, él se arrodilla y la cámara en lugar de ir al goleador va a él. Su importancia trasciende a la de los jugadores y, quizás, a la de los directivos. En esos casos está justificado, pero en otros no. Hay muchos equipos con planteles maduros en donde los entrenadores tienen una influencia menor y sin embargo le seguimos dando un protagonismo mediático. Todo ese juego, del que el periodismo no es inocente, ha provocado esta tendencia que se convierte en un foco muy atractivo para los medios.

-¿Cómo es para el madridista convivir con Messi?

-Yo soy del Real Madrid, pero antes soy del fútbol, entonces me cuesta mucho estar en contra de un talento tan descomunal. Sobre todo con la complicidad no sólo nacional sino regional que tengo con Messi. Lo que pasa es que cuando me dispongo a disfrutarlo sin ningún tipo de resistencia sentimental me quedo sin levantar la Copa. Messi no me compensa (risas).

-¿Cómo ve al Real Madrid con Zidedine Zidane?

-No cometió ningún error desde que se hizo cargo y metió un elemento de distensión que al Real Madrid le hacía mucha falta: la comunicación. Eso me parecía el capítulo más delicado para él, porque es una persona tímida, pero lo terminó resolviendo de una manera simple: cuando no encuentra la palabra, la sustituye por una sonrisa. Y eso generó un clima amable. Armó un grupo muy sólido.

-¿Está aún la herida abierta por su salida del Real Madrid y la situación con Mourinho?

-No, para nada. Yo soy muy malo para las incertidumbres y muy bueno para los hechos consumados. Cuando algo ocurre, doy vuelta la página y miro para adelante. Soy muy poco nostálgico y me parece que la vida está ahí adelante.

-¿Y ahí adelante puede volver a estar el Real Madrid?

-Nunca digo nunca, pero lo considero improbable. Ya he estado en todos los lugares posibles, hasta entrenando equipos de las divisiones inferiores. Fui asistente de (Leo) Beenhakker, luego entrenador, luego director deportivo, luego director general, portavoz del club. No, ya está: savia nueva.