Desde lo alto del estadio se percibe un surco en la tierra por el que avanza una potente luz a la velocidad de un cometa. En el fondo de la olla del Azteca, Diego Armando Maradona imita la herida que abre en el azul misterioso un astro incandescente. Ahora, hace 30 años, sucede en la Tierra. Allí va él con la bravura del que lleva el estandarte de su ejército en un ataque definitivo. Corre entre las laderas de colores ingleses, saltando trampas. Y planta en la cima, su bandera.

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En uno de los pupitres del palco de prensa, este relator subrayó en el inicio de la hazaña: “Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial”. ¿Por qué esa frase en el comienzo de esa jugada y no de otra? Parecería hecho para que quedara en la grabación. Luego lanzaría aquellas palabras con las que hace ya tres décadas viene arropada su carrera por el invento insuperado de Diego, “barrilete cósmico”. ¿Cuántas jugadas pueden concebirse en la inmediatez de la acción? ¿Qué veía el artista de la zurda? ¿Qué conciencia tuvo sobre el infinito número de errores que se arriesgaba a cometer, desde el inicio hasta el portero inglés? Las variantes que el relator imaginaba ofrecían un sumario tan amplio que fue abandonando la narración convencional. Deseaba el final glorioso y acompañó la jugada queriendo tener razón. El relato lleva a pensar que se suspenden los efectos narrativos para darle lugar a la emoción anticipada como empezar a decir “genio, genio, genio…”, un rato antes de llegar al arco. Acompaña al intrépido que iba por la cicatriz que abría en el césped. ¿En qué momento decidió enfilar hacia el arco? El jugador avanza mirando la pelota. ¿Cuántas piernas, cuántos metros cuadrados de terreno, abarca su visión periférica? ¿De qué billones de otras formas pudo ser la jugada más grande de todos los tiempos, la única, definitiva y eterna?

La edificó el coraje, la intuición, un Dios detrás del Dios, como hubiera afirmado Borges. Lo acompaña “el puño apretado” de quien firma esta nota, lanzado sobre el pupitre, envuelto en cables y auriculares. El cuerpo entregado al placer del grito. El desvarío de una mente que se queda en blanco como si una nube estallara dentro de los párpados cerrados. “Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas…”.

No fue sólo esa jugada.

Era la hazaña de Diego, del más amado de los futboleros.

Era el pase a las semifinales del Mundial, lo que el relator había pronosticado como muestra de credibilidad en Carlos Bilardo, envuelto en una controversial polémica.

Era contra los ingleses y por cientos de pibes que lo hubieran gritado, que no podían hacerlo, apagadas sus voces en las heladas tierras de Las Malvinas. Hubo una autoimposición: tocar ese aspecto sólo una vez y este periodista así lo hizo, sobre el final del partido, muy vigilado el lado controversial de jugar con la idea tan fuerte como es la de la guerra y la muerte en un partido de fútbol. En el documental de Cristian Rémoli, el Tata Brown cuenta cómo Diego arengó a sus compañeros con eso: la motivación que implicaba, muestra una nueva arista extraordinaria de él. Decididamente hay que aceptarlo: estábamos flotando en una catástrofe espiritual que hubiera ocurrido con una derrota futbolística ante Inglaterra, conteniendo en el alma, el agravante de todo lo que había procurado el conflicto bélico.

Era también la descarga ante un escenario adverso y hostil. Había mucha puja con los profesionales mexicanos que estaban alrededor. En un momento pensamos que se armaba tole-tole. Fastidiaba esa onda anti-rioplatense y el relato expresa esa bronca.

Y, fundamentalmente, era la más bella, osada, corajuda, con mayor inventiva de las ilusiones que el fútbol había producido jamás.

Vale, entonces, algún recuerdo puntual que vuela por la memoria:

Por caso que fueron años personales de una precisión bastante asombrosa. Los goles de ese Mundial descriptos con anticipación y con detalle. Con Bulgaria estaba dicho que Valdano iba a meter el gol desde el quite de Cuciuffo en el costado del área. Estaba muy afilado. En el ’84, ’85, venía con la voz cascada de tanto cigarrillo. Ya no podía más. Y dos o tres meses antes del Mundial había dejado de fumar. Estaba feliz físicamente. Recuperé la voz. Estaba muy celebratorio de sentirme muy bien.

Aunque venía muy contrariado por lo sucedido con el primer gol. El relato arrancó: «Argentina y la pelota. Argentina y el partido. ¿Para cuándo Argentina y el gol?» Y Maradona lo viene a hacer de inmediato. Gran desahogo. Pero vi la mano y lo dije. Aunque mi compañero Ricardo Sciocia, desde Buenos Aires, rectificó: “Con la cabeza Víctor Hugo. Confirmo que fue con la cabeza”. Después, relaté un buen rato como si anduviera a tientas y a oscuras. Era demasiado relatar un gol maravilloso al revés. Aun cuando, andando el tiempo, coincido con Claudio Tamburrini, ex arquero, detenido y torturado en 1976, durante la dictadura, quien aseguró en ¿La mano de Dios? Una visión distinta del deporte (Ediciones Continente, 2001): “La trampa es parte del juego”. El único que le puede poner límite es el árbitro pero la trampa está siempre. Pasa el tiempo y cada vez coincido más. Como que cada vez ese gol es más de cabeza que con la mano…

Y lo del “barrilete”. Tiene que ver con viejas antinomias superadas. Había usado varias veces la idea de “ahí tienen al barrilete”. Todo lo que sea una exageración vale en un Mundial. Y lo vinculado al espacio tiene una poética muy atractiva. Se menciona la luna azul y es poesía. La luna roja del ocaso pasó como una estrella fugaz, las galaxias se sorprendieron, la estrella se desprendió de todas… Se te pueden ocurrir cientos de imágenes, una tras otra. Más aún si se complementa con la obra futbolística más maravillosa.

Esa marca que ahora, a tres décadas vista, nadie logró empobrecer. Diego salta más, corre más rápido, es más resistente, su universo se expande hacia más infinito.

Una sinfonía barroca en su decorado, clásica por su perfección, de la que sólo unos pocos pentagramas se salvaron del incendio de los años.