La final mundialista entre Argentina y Francia acaba de terminar en Qatar el 18 de diciembre. Las cámaras de televisión (ese medio cuyo deceso decretado por sepultureros prematuros continúa conmoviendo a miles de millones de personas) siguen a Lionel Messi entre abrazos y llantos de sus compañeros y allegados. Él busca con la mirada a su pareja Antonella Roccuzzo y a sus hijos y, cuando hace contacto, repite “Ya está”. No se lo escucha, el ruido ambiente se impone, pero se leen sus labios, se adivina la frase mientras Messi mueve las manos a la altura del pecho reafirmando su sentido. Alivio, descargo, coronación. De todas las imágenes que dio esta copa, esa es una de las más sentidas porque resume la dimensión individual, la de sus entornos familiar y profesional, y la colectiva.

“Ya está”: lo que tenía que pasar, sucedió; lo que tenía que lograr, lo conseguí, lo que aún tenía que demostrar, lo confirmé. “Ya está”: la tercera estrella, pendiente por décadas y después del sinsabor de finales perdidas, dejó de ser esquiva. Campeones del mundo, por todo y a pesar de todo.

Messi repite «Ya está» y habla de su propia angustia, de esa dimensión de exigencia íntima cuya significación es intransferible. La personalidad se moldea con desafíos y traumas que imponen cargas de subjetividad que irrumpen en sueños y condicionan la vigilia. Messi tenía, por mandato propio y por deseo de la mayoría de la población argentina, el desafío de la gloria mundialista. Todos sus balones de oro, sus 17 deslumbrantes años del mejor fútbol con el Barcelona y su oro olímpico no resolvían la asignatura pendiente de la Copa del Mundo con la Selección argentina. Incluso la Copa América 2021, ganada con épica a Brasil en el Maracaná, se inscribe en la saga de éxitos tan justos como deslumbrantes y, así y todo, insuficientes para coronar la leyenda que el propio Messi y gran parte del mundo futbolero auguraban.

Por eso, porque remata el final de su carrera competitiva en un deporte espectáculo que potenció durante estos últimos 20 años la competitividad como negocio a niveles irracionales, la frase “Ya está” certifica la pertenencia de Messi al panteón de la historia del deporte.

Messi
Foto: Juan Mabromata / AFP

“Ya está”: Messi la repite como mantra. Le habla a su familia, testigo de los desafíos inconclusos, afectos que intuyeron y acompañaron el peso de un deseo largamente perseguido. Y también a sus compañeros de equipo, al cuerpo técnico y a los asistentes. “Ya está”: ahora pueden festejar y descansar, porque el esfuerzo, el cariño, la dedicación y la compasión no fueron en vano; la copa es también de ellos y él la acaricia y besa por ellos.

Millones de argentinos saben que “Ya está”. Calibran sus experiencias (los sub50, además, resuelven el complejo de no haber visto a la Argentina campeona del mundo) y ratifican lo que pensaban sobre la carrera estelar de Messi y su única -y, para la gente de este país, la más importante- asignatura pendiente para acceder con todo derecho al panteón junto a Diego Maradona. Como todo se politiza en el peor sentido de la expresión, ese «junto a» implica, para los medios de derecha vernáculos, un «sin»: después de despotricar contra la Scaloneta y calificar de vulgar al propio Messi cuando recreó el gesto riquelmista del Topo Gigio (La Nación) y de subestimar los triunfos porque la Argentina no le había ganado a ningún campeón mundial antes de la final (Clarín), ahora, con el título asegurado, buscan enmendar sus exabruptos con un forzado encuadre de la Selección de Lionel Scaloni y Lionel Messi como ejemplo de trabajo en equipo para expulsar del panteón futbolero nacional a Maradona y su protagonismo tan avasallante como transgresor. También en esto La Nación y Clarín militan con una de las facciones más rancias de la derecha partidaria. El “periodismo de guerra” no se toma descanso, ni siquiera por este acontecimiento extraordinario.

Pero miserias al margen, la felicidad es grande, no es sólo brasileña, y permite sobrellevar el resto de los asuntos con mejor cara. Porque aunque “Ya está” superado el objetivo, la tercera estrella queda bordada en la sonrisa de millones; y es inolvidable.