En 2008, cuando se produjo una de tantas explosiones de burbujas financieras que son parte de la dinámica del capitalismo global, se volvió a pronosticar una crisis terminal. 

No sucedió. Pero no es porque el capitalismo goce de buena salud sino porque al haberse concentrado el epicentro en el poder financiero, este se encarga de reconstruirse a sí mismo, trasladando luego los problemas residuales al resto de la sociedad. Quedaron en la historia –casi un siglo atrás– las crisis de sobre producción, mutando en crisis de casino gigantes que destruyen capital, pero lo vuelven a generar aspirando riqueza desde continentes enteros.

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Como subproductos de cada ciclo, aparecen variantes de buena voluntad, que buscan construir escenarios en que algunos miles o millones de ciudadanos puedan refugiarse para escapar al embudo concentrador. En 2008, fue la “economía de compartir” que, fundada en la escasez generada y agregando parte del catecismo ecologista, imaginó –sobre todo desde EE UU– formas de brindar una serie de servicios reduciendo el gasto y la contaminación al mismo tiempo. Compartir el coche; regalar o vender las herramientas que no se usan o los objetos del niño que ya creció; contratar tareas menores por tiempos variables; prestarse dinero entre particulares, sin intervención bancaria; son algunas de las ideas que florecieron a buen ritmo como señal de un mundo más austero y respetuoso del hábitat.

 Unos pocos años después, sólo quedan las formas, pero el espíritu del capitalismo –el afán de lucro– infectó e invadió todos los espacios. Las ideas más altruistas –regalar, donar, compartir a título gratuito– simplemente desaparecieron. Las otras se segmentaron, hasta quedar como nuevos íconos capitalistas dos o tres que representan formas de precarización laboral, apoyadas en plataformas informáticas de estos tiempos.

Uber –como líder de varios competidores– en el desplazamiento del taxi por cuentapropistas que aceptan cualquier pago, o los mismos empleados de taxi, que se autoexplotan en horarios extendidos; Handy o TaskRabbit, como compañías de contratos puntuales de trabajo de baja calificación o de trabajo técnico, respectivamente. Son variantes de la desaparición del sindicato y del superlativo aumento de la importancia de un capitalista invisible, que indica qué hacer y decide la continuidad del empleado sobre bases de entera arbitrariedad.

Esas compañías forman parte de una nueva burbuja que se expande por el mundo y que incluso han logrado engañar a observadores bien intencionados, por su disfraz de modernidad, que vendría a reemplazar grupos mafiosos o poco propensos al esfuerzo.

Las demandas en Estados Unidos son incesantes, como lo es también el crecimiento de esos grupos, apoyados por grandes sociedades de capital de riesgo, mostrando como dice un analista que “esto no es capitalismo; es peor que el capitalismo”. Despacio, sin recursos económicos y sin adecuada prensa, están apareciendo quienes confrontan. Ámbitos académicos como la Universidad de Cornell o activistas como la Fundación Robin Hood comienzan a sostener que es bienvenida la tecnología que permite a los consumidores ponerse en contacto fácil e inmediato con sus posibles proveedores de servicios. Pero además, sostienen que esos proveedores no deben ser intermediados por capital de riesgo o gerentes ocultos de ninguna naturaleza, sino que deben ser cooperativas de proveedores, dueños de su destino y de sus decisiones de trabajo.

Con el apoyo técnico de la academia, cooperativas como Si se puede! (nombre directamente en castellano) o BeyondCare, trabajan en tareas de limpieza o cuidando bebés, habiendo conseguido pasar de U$S 10 la hora de ingresos a U$S 25, por caso.

El camino es largo y duro. Puede ser de lamento y resignación. Puede ser de resistencia. Pero el mejor es avanzar con valores claros. En tal caso, el contexto se puede proyectar mucho mejor.