No es economista, sino abogado. Forjó su carrera en la lucha política y no frente a un Excel. Allí radica una de las particularidades que diferencia a Sergio Massa de quienes lo precedieron en el Ministerio de Economía. Y serán esas las armas con las que deberá lidiar ante uno de los principales condicionantes de la situación actual: la relación entre la Argentina y el Fondo Monetario.

Las posibilidades de éxito del acuerdo de facilidades extendidas que ambas partes celebraron en marzo lucen ahora tan escasas como cuando se suscribió el programa. En aquel momento (que parece muy lejano aunque apenas pasaron cuatro meses) ya asomaban en el horizonte los primeros cambios significativos que en el contexto global marcaría la guerra entre Rusia y Ucrania, con la fuerte variación de precios internacionales en rubros como los cereales, que jugaban a favor del país, y la energía, que influirían muy pero muy en contra.

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Este último rubro fue uno de los que minó las reservas del Banco Central y agregó una incertidumbre que colaboró en la corrida cambiaria de las últimas reservas. Las importaciones de gas licuado, a razón de un promedio de U$S 100 millones por cada embarque, fueron el principal factor por el que la entidad monetaria sacrificó alrededor de U$S 1275 millones en el mes de julio, según datos preliminares. Este fue el detonante de una situación en la que la incertidumbre por la brecha cambiaria, el stockeo de insumos importados y las demoras en la liquidación de agroexportaciones parecen más agravantes que la causa principal del problema.

Es en ese contexto que el nuevo ministro deberá definir cómo sigue la relación con el Fondo, que tiene la prerrogativa, tal como lo marca el convenio vigente, de supeditar el envío de ayuda financiera al cumplimiento de las metas previstas. Pero aun con las flexibilidades otorgadas y con algunas maniobras contables para favorecer su validación (por ejemplo, la inclusión de un valor de partida distinto en los títulos de deuda para simular un mayor ingreso y maquillar el déficit fiscal), las condicionalidades dejan un margen de maniobra muy angosto. Y eso es incompatible con la irrupción de un superministro que busca cambiar las expectativas e iniciar una nueva etapa, tal como el gobierno decidió al entregar a Massa la suma del poder económico.

Tres puntos inamovibles

Para el FMI, la Santísima Trinidad del acuerdo la componen el déficit fiscal, la asistencia monetaria del Tesoro y la acumulación de reservas en dólares. Los dos primeros fueron fijados en porcentajes del PBI (límites de 2,5% y 1% respectivamente) y la meta de acumulación de divisas en U$S 5800 millones para todo el año. Como un dogma de fe, el organismo cree que esos ítems llevarán a ordenar las cuentas macroeconómicas, reducir la inflación y generar un excedente que asegure el pago de los compromisos tanto al propio Fondo como a los bonistas.

Pero los números, por ahora, no cierran. El déficit fiscal del primer semestre fue de $ 800 mil millones; vulnera los límites nominales impuestos para esta parte del año, aunque medido en proporción del PBI (que creció en valores corrientes porque la inflación fue mayor a lo previsto) está dentro de lo estipulado. El margen de asistencia monetaria es reducido: el Banco Central ya asistió al Tesoro por $ 435 mil millones y en esa suma no se cuenta el dinero emitido para recomprar bonos en pesos y evitar su derrumbe. En reservas internacionales, después de que terminó la época fuerte de liquidación de la cosecha, apenas se acumuló el 38% de lo previsto.

En su reciente paso por Washington, en el viaje que significó su debut ante los organismos internacionales y también su despedida del cargo (la desplazaron del Palacio de Hacienda apenas llegó a Ezeiza), Silvina Batakis recibió nuevas muestras de la rigidez de esos principios. La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, saludó «sus esfuerzos iniciales para fortalecer la sostenibilidad fiscal» y destacó la «importancia de la implementación decisiva del programa». El martes, el Fondo presentaba su Panorama Económico Mundial y Pierre-Olivier Gourinchas, director del Departamento de Estudios del organismo, insistía en que «la situación en Argentina es muy preocupante; el tema más importante es que la inflación está desanclada».

A esa misma hora, Batakis desayunaba con ejecutivos de Wall Street a los que intentaba tranquilizar prometiendo más ajuste. En ese encuentro, según contó el embajador Jorge Argüello, la ministra «describió con crudeza el escenario que recibió, particularmente por la aceleración del gasto público en el primer semestre del año» y dijo que su plan era recortar el déficit en 1% del PBI, lo que da cuenta de la diferencia entre las proyecciones actuales y lo prometido al Fondo.

Por otra ventanilla

Como ya se dijo, Massa tiene características muy diferentes a quienes lo precedieron en el manejo de la economía. Un recurso a favor son sus contactos personales con otros ámbitos de poder de Estados Unidos, que podrían facilitar cierto lobby para ablandar el rigor técnico de las autoridades del Fondo. Esta posibilidad de negociar por una ventanilla aparte motivó su pedido para tomar a su cargo la relación con todos los organismos de crédito, lo que enojó a Gustavo Beliz y lo hizo renunciar.

Un ejemplo en ese sentido es lo sucedido con el presidente del BID, Mauricio Claver Carone. En una columna publicada en el Wall Street Journal a comienzos de esta semana, dijo que retenía un préstamo ya acordado por U$S 500 millones (cuyo giro el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, reclamaba para fortalecer reservas ) porque «para obtener ayuda del BID, la Argentina debe ayudarse a sí misma». El viernes cambió de opinión: saludó la designación de Massa y dijo que «espero colaborar estrechamente con él». El antecedente de Claver Carone es significativo, aunque la deuda en danza por U$S 44 mil millones pone la disputa con el FMI en un rango mucho más alto. «