La situación económica y social de las mayorías es crítica. Junto con la pandemia y cuatro años de macrismo, se acumulan seis años de descontentos y frustraciones de distinta naturaleza. A fin de mes o en la góndola, a amplias franjas de la sociedad se les desdibujan las diferencias entre el gobierno actual y el anterior. Así, también se borronean los verdaderos responsables públicos y privados de este cuadro.

Este confuso río revuelto parece ser el inestable terreno en el que se largó la disputa de cara a 2023: los tractores que llegaron a Plaza de Mayo no tuvieron una motivación económica clara ni seria, sino que se inscriben en ese tablero político e ideológico.

Una puesta en escena a varias bandas que se propuso anotar al «campo» en la lista de las víctimas de la situación, sacarlo de la lista de posibles «dadores» de recursos, establecer puentes con la clase media de las ciudades, descartar como portavoces del descontento a los movimientos sociales y, por último, subastarse como base movilizada «del interior» para los proyectos contra el FdT.

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La realidad es exactamente al revés: el tipo de productor agrícola teatralizado en el tractorazo está entre los privilegiados del propio campo y de la sociedad argentina desde diciembre de 2015 hasta hoy. Con el macrismo, gracias a la quita de retenciones y las devaluaciones, que perjudicaron a los propios trabajadores agrarios e incluso a otros subsectores del campo que usan granos como insumo para vacas, cerdos o pollos. Ya en 2020 y 2021, la producción de granos siguió facturando como actividad esencial, con precios que subieron un 53,5% en dólares, mientras los de las manufacturas solo crecieron un 9,2%. De ahí el boom de ventas de maquinaria festejado este mismo año en Expoagro.

No es cierto que los insumos se coman su rentabilidad: en 2021 el precio de los granos le ganó por 30 puntos a la inflación. Y solo en concepto de renta –sin invertir un centavo más– los propietarios de tierras agrícolas duplicaron sus entradas. Mientras, las retenciones –que gravan la renta– son en términos reales un 33% menores que en 2015.

En ese contexto, los salarios reales de los peones siguen a la baja (-50% acumulado desde 2015) y el empleo agrícola baja al 1% anual. Un 10% de los productores concentra el 80% de las ventas de granos, centraliza ganancias y renta, derrama muy poco adentro y afuera del campo.

Ese sector está en condiciones de proveer recursos ante la emergencia social. Y sus demandas no representan al heterogéneo abanico de intereses y expresiones políticas que viven en el campo argentino. «