La secuencia de los títulos de crédito constituye toda una declaración de principios: imágenes de la crucifixión de Jesús filmadas con crudeza y sadomasoquismo, solo comparables a La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004), se sobreponen a símbolos satánicos, calaveras consumidas por gusanos y a los nombres de los protagonistas plasmados con la estética gráfica de 300 (Zack Snyder, 2006). Y una novedad: desde las alturas de su martirio Jesús contempla a Judas y por primera vez en la historia de la iconografía cristiana sonríe desde la cruz. En las escenas siguientes, Judas se suicida y deja caer las treinta piezas de plata que recibió como retribución por vender a su amigo amado mientras una multitud se agolpa para apropiarse del botín en una escena con reminiscencias a La comunidad (Alex de la Iglesia, 2000). Terror, gore, sátira, comedia, historia bíblica en versión Hollywood, western, erotismo y melodrama serán algunos de los géneros que, en su particular estilo Alex de la Iglesia combina en cada uno de los desmesurados ocho capítulos de la primera temporada de su espectacular segunda incursión en el universo televisivo.  

En 30 monedas la traición de Judas Iscariote a Jesús y la mentada recompensa vienen desde el pasado a oprimir el cerebro de los vivos y a desatar una serie de fenómenos paranormales y terroríficos en Pedraza, un pueblo rural de Segovia. El punto de partida es la llegada al pueblacho del Padre Vergara (Edouard Fernández), un sacerdote exorcista, ex boxeador y convicto que, como si fuera poco, porta entre sus haberes una de las treinta monedas de la traición. Pero, como suele suceder, la pesadilla ya venía desde antes en esa atribulada comunidad plena de aquellas penas humanas demasiado humanas que no se consiguen olvidar: un bebé muerto que trunca la existencia de una pareja de campesinos, una madre suicida que rompe el corazón de su hija adolescente, el marido perfecto que un día cualquiera desaparece inexplicablemente dejando sola a su desconsolada esposa.  

El primero de los hechos anormales es el nacimiento de un humano desde el vientre de un ternero. Mientras el bebé crece desproporcionadamente y es adoptado por Carmen (extraordinaria como siempre Carmen Machi transmitiendo sentimientos catárticos de horror y piedad), en los subsiguientes capítulos se suceden entre una espesa niebla propia de los mejores ambientes de cine de terror, la aparición de personas que se creían muertas, zombies y otros monstruos deformados al estilo La Cosa de John Carpenter o que hubieran poblado las tenebrosas mentes de Poe y sobre todo H.P. Lovercraft.  

La clave de la explicación de los misterios son los engendros producto de las pasiones humanas a lo Stephen King o a lo Mary Shelley (“los sentimientos oscuros de los humanos pueden crear monstruos que impiden llegar al corazón”) y una particular exégesis de las Sagradas Escrituras que, bajo la concepción creativa de de la Iglesia, adquieren el rango de libros de magia. En este sentido, la referencia no son solamente el Antiguo y Nuevo Testamento sino también el Evangelio de Judas que postula que el apóstol no hizo más que obedecer las órdenes de Jesús y que su traición es uno más de tantos hechos concatenados destinados a cumplir con la promesa divina de redención de los humanos. Por ello, como la cara de Jano, el Bien y el Mal pueden ser caras del mismo rostro o como señala uno de los personajes “el mal es necesario para que exista el bien”.  

De todas formas, la cruzada épica del trío conformado por el polémico sacerdote junto a la intrépida veterinaria Elena (Megan Montaner) y el despistado alcalde Paco (sorprende interpretación protagónica de Miguel Ángel Silvestre) se asume como una lucha contra Satán. Y mientras combaten seres de terror y el clérigo insiste en los exorcismos que ameritan hasta la desopilante aparición del mismísimo Papa (peligrosamente parecido a una parodia de Francisco), crece la tensión sexual y el apasionado amor entre Elena y Paco (sin duda una de las historias de amor del año).  

Uno de los hallazgos de la serie es concentrar la maldad en los cainistas, una secta adicta a Caín, Esau (vilmente engañado por Jacob para conseguir la bendición de su padre) y Judas, entre otros perdedores u olvidados de Dios. Por ello, no podemos menos que comprender a Merche (Macarena Gomez) cuando, ante el incipiente desamor de su esposo Paco, hace un giro demoníaco al cainismo convalidando una vez más la vieja hipótesis de Mary Shelley que reza: “Si no tenemos amor nos queda el terror”.  

Aún en sus desbordes e inconsistencias narrativas -o quizás por ese plus- con esta ficción de terror católico se vuelve a una de las mejores facetas de Alex de la Iglesia. Secundado por el coguionista Jorge Guerricaecheverria, con obvia vuelta a los orígenes y evocaciones a la magistral “El día de la Bestia” (pero ahora con un presupuesto descomunal que hace de cada capítulo una obra cinematográfica en cuanto a efectos especiales), “Acción mutante”, “La comunidad”, “800 balas” y “El bar”, entre múltiples autoreferencias y apelaciones a sus autores favoritos, de la Iglesia evidencia el placer de filmar por el solo placer de filmar. Y ese placer que se transmite a los espectadores anula cualquier falla o deficiencia de esta ficción que seguramente ocupará un lugar destacado en la historia televisiva española.  


30 monedas

Guión y dirección: Alex de la Iglesia. Ocho capítulos. Disponible en HBO Max.