Para el rock, el fin de la primavera alfonsinista excedió lo puramente metafórico: la muerte de Luca Prodan en vísperas de la Navidad de 1987, y apenas tres meses después, la de Miguel Abuelo, velaban un lustro que en lo artístico se extendió a una década, y de las mejores. Sobre el fin de siglo, músicos y público se retiraban hacia un espacio creativo ya marcado por la densidad de la hiperinflación y la violencia institucional que condicionó la democracia de aquellos años. Y si bien llevaban consigo el botín heterogéneo y festivo que dejaron los ‘80, en los ’90 la escena se reconvertía definitivamente. Acariciando lo áspero, el segundo disco de Divididos, salía el 15 de noviembre de 1991 a través de la discográfica EMI y cristalizaba, en 13 temas, la personalidad estilística del grupo como la futura “aplanadora del rock”, y también un cambio de paradigma en la escena argentina emergente.  

Terminado Sumo, el trío que Ricardo Mollo y Diego Arnedo conformaron con el baterista Gustavo Collado volvió a hacer del under la zona de experimentación de muchas de las canciones que plasmaron en su primer disco, 40 dibujos ahí en el piso (1989). El álbum, sin embargo, todavía tributaba a la omnipresente influencia de Luca y los sonidos británicos de la new wave y el punk. Había poder, pero la línea no parecía estar clara. Con la salida de Collado y el ingreso de Federico Gil Solá, Divididos encontró una de las bases que le permitió asentar el que luego sería su sonido, del cual Acariciando lo áspero es el grado cero. El baterista podía conjugar con precisión y estilo desde grooves de funk y reggae (“Sábado”, “¿Qué tal?”, “Sisters”) y una fuerza expansiva capaz de volverse veloz y frenética hacia el punk (“Cuadros colgados”, “Cielito lindo”), o pesada y florida para un rock de guitarras (“Ala delta”, “Azulejo”, “El 38”). Arnedo y su forma única de interpretar la rítmica del bajo armaron, junto a Gil Solá, esa superficie indestructible sobre la que la guitarra de Mollo podía machacar, conmover en melodías y solos o salir a demoler.        

El público evaluó el resultado elevando a la categoría de clásicos la mayoría de los temas del álbum, por lo que casi la mitad del playlist de Acariciando lo áspero está hecha de hits: “El 38”, hoy un estandarte; pero también “Sábado”, “Ala Delta”, “El Burrito”, “Paraguay” o “¿Qué tal?” Por otro lado, están los covers: una virtud de Divididos la de volver suyos, de forma más que efectiva, temas célebres y dispares. En este disco se cuentan “Cielito lindo” (favorito a la hora del pogo) y “Voodoo Chile”, la famosa interpretación de “Voodoo Child”, de Jimmy Hendrix, el referente al que Mollo rinde pleitesía como nunca en este disco.    

Pero aún hay otras claves que hicieron del segundo trabajo de Divididos un verdadero precedente para la banda, como la incorporación del folclore a su repertorio. «Haciendo cola para nacer», el tema que cierra el álbum, muestra por primera vez a Mollo explotando una veta en la que se luce potente. prolijo y emotivo, cantando un aire de baguala, sólo acompañado por un bombo. En el álbum posterior y consagratorio, La era de la boludez (1993), su versión de «El Arriero» de Atahualpa Yupanqui, tamizada por la interpretación blusera a lo Hendrix, llevaría a la máxima expresión esta experimentación del grupo, que luego se replicó tanto en reversiones como en crossovers propios (“Ortega y Gases”, entre otros).         

En cuanto al contexto, Acariciando lo áspero dialogó con una tradición del rock nacional más primal, y por ese entonces algo marginada por el mainstream de la época: Manal, Pescado rabioso y Billy Bond también fueron piezas que inspiraron la ingeniería de la aplanadora del rock. Entre su salida, a fines de 1991 y su presentación en Obras en 1992, Acariciando lo áspero terminó de definir el estilo de Divididos: un disco potente, atractivo, singular y que resiste el paso del tiempo. Y que fue el umbral de la consagración que llegaría poco menos de dos años después, en 1993, con La era de la boludez.