En la madrugada del 19 de mayo de 1972, José Alberto Iglesias, “Tanguito”, una de las  voces clave de los albores de nuestro rock, moría a los 26 años en las vías del ferrocarril San Martín. Sus últimos años habían sido tan dramáticos e injustos como su final: en febrero del ‘71 había sido recluido en la cárcel de Caseros para luego ser declarado “demente” y hacinado en la Unidad Penitenciaria 13 del Borda, donde se le aplicaron electroshocks y otros experimentos represivos destinados a “criminales psicópatas”. De allí había logrado escaparse aquella noche para intentar volver a su hogar, alcanzando apenas la Estación Pacífico de Palermo, donde sucumbió bajo las ruedas del tren.

Nacido de la unión entre un carpintero español y una empleada doméstica afrodescendiente, “Ramsés VII”, como también se hacía llamar, era un muchacho de clase media baja del Gran Buenos Aires. Un pibe imaginativo y talentoso que se destacaba por su estilo y al que en los clubes del Oeste le pedían que se bailara “un tanguito”, lo cual configuró su apodo. Pero también fue una de las figuras centrales de la camada de músicos (Moris, Pajarito Zagurí, Los Gatos, Miguel Abuelo, Almendra, Manal, Vox Dei, Arco Iris…) con que el rock argentino alcanzó, a finales de la década del ‘60, la madurez de ser tradición, colectivo y contracultura: un signo de contestación frente al positivismo moral y artístico de un país gobernado por dictaduras y democracias tuteladas desde el partido militar. Fueron tiempos duros, de una gran violencia política, pero de una creatividad generacional que trascendió, y que ya es clásica.

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El itinerario musical de José Alberto Iglesias, nacido el 16 de septiembre de 1945 en el partido de San Martín, había comenzado en 1963 al frente de la exitosa banda de la nueva ola Los Dukes. En ese año grabaron para Music Hall un simple con dos temas, “Decí por qué no querés”, de Palito Ortega y Dino Ramos, y “Mi Pancha”, del propio Iglesias. Al año siguiente lanzaron un segundo simple con “Carnaval, carnaval”, de Ball y Roger, y «Maquillada», de Freddie Cora, y compartieron escenario con Sandro y Los del Fuego. Sus fotos junto a Los Dukes difieren sobremanera del Tanguito que habría de venir, aquel náufrago urbano y underground vestido de negro que en poco tiempo comenzaría a frecuentar la bohemia de La Cueva y La Perla del Once, donde gestaría junto a Litto Nebbia uno de los temas inaugurales de nuestro rock, “La Balsa”.

La leyenda cuenta que una noche Tanguito cayó con la frase “estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda”, y que Litto lo estimuló a continuar la composición, que terminaron de un tirón en el baño de La Perla en la madrugada del 2 de mayo de 1967. La intuición de tener algo grande entre manos se consumó cuando Los Gatos lo grabaron, y fue un éxito rotundo. Firmado por Nebbia y Ramsés, el simple vendió 250 mil copias. Era su momento. En enero de 1968 la revista Así le hizo una entrevista titulada “Tanguito, el rey de los hippies”, donde contaba su derrotero por las comisarías de Buenos Aires y la persecución padecida por su generación. Ese mismo año graba para RCA “La princesa dorada” y “El hombre restante” acompañado por la orquesta de Horacio Malvicino. El resultado fue auspicioso, pero Tanguito no quedó conforme con los arreglos que le impuso la empresa.

Las anécdotas en torno a las dificultades del músico para sobrellevar su vida de excesos son múltiples. Una de las más sorprendentes es que faltó a la grabación de su propio disco en los Estudios TNT, donde había acordado encontrarse con el jefe de Mandioca, Jorge Álvarez, y varios músicos que lo acompañarían. Uno de los involucrados, Javier Martínez, contó que “el plan original era agarrar esos temas, arreglarlos y ensayarlos para que Tango los grabara con distintas formaciones”. Fue recién al tercer día cuando Tanguito apareció para grabar, solo con su guitarra criolla y a los ponchazos, las ocho canciones que un año después de su muerte aparecerían en el disco Tango.

La forzada precariedad en la producción y los arreglos de una sesión prácticamente improvisada ensombrecieron al que podría haber sido uno de los discos más inspirados del momento. Su radiante mezcla de un folk somnoliento, divagaciones psicodélicas y nervadura rockera conforman un concepto que con algo de trabajo de estudio habría alumbrado un álbum mayúsculo. Las composiciones lo atestiguan: “Natural”, “El despertar de un refugio atómico”, “Amor de primavera” –con letra de Hernán Puyó– y “Jinete” son una muestra del altísimo talento lírico de Tango, que en la época llegó a frecuentar el hogar de los Spinetta en la calle Arribeños para tocar sus temas acompañado nada menos que por la formación de Almendra, según contó alguna vez el propio Luis Alberto.  

Pero el tiempo juega su propia partida, y hoy el disco es otra cosa: Tango concentra algunas de las canciones de mayor relieve e intimidad de nuestra historia musical, y no solo por haber inspirado maravillas como la magnífica versión de “Amor de primavera” que Invisible grabó en 1975. Más allá de sus imperfecciones, el álbum es una metamorfosis providencial, un enigma sublime capaz de transportarnos al ensueño despierto y extasiado de un joven músico del Conurbano: es el desprendimiento orgánico de una vida al límite en el que siempre anidará la eterna potencia de ser una obra maestra. La convicción de Tanguito a la hora de cantar, su intensidad expresiva, su candor, se nos muestra hoy como un verdadero reservorio poético frente a la conversión de la música y la cultura en mera mercancía. Su inagotable enigma sigue dando vueltas. Está en el presente poner en acto la promesa de su música.