Hace unos días recibió el Premio a la Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes en la categoría Artes Audiovisuales, un galardón que dice haberlo sorprendido, por eso de esperar más el reconocimiento de los que forman parte de su mundo, el cine, que de una institución que observa y fomenta todas las artes por igual, sin preferencias ni discriminación. La oportunidad ameritó para que dé algunas notas, algo que no acostumbra hacer fuera de su agenda; es decir: sólo cuando hace películas o se lo reconoce en un festival, como hizo hace un lustro el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), cuando ofreció una retrospectiva de su filmografía. Así que, siendo Adolfo Aristarain, director fundamental de la cinematografía argentina, y dado que desde 2004 no estrena una película, la pregunta obligada es por qué.

«No apareció. El problema es ese. Podría haber llegado a venderme», dice y sonríe, haciendo referencia a la acusación que el personaje de Federico Luppi le hace a su hijo, Juan Diego Botto, en Lugares comunes. «No lo sé, porque soy muy cabeza dura, así que es difícil contestar. Las ofertas que he tenido han sido de cosas que pintaban bien, como la vida de Antonio Machado, en la que había una historia de amor medio rara; pero no le pasó un carajo, ¡no le pasó nada! Después de decirle que no, hablé con Mario Camus, y Mario se cagaba de risa. ‘A mí me ofrecieron hacer algo de Machado -me dijo-, pero no se puede: no hay historia. ¡Es genial, no hay historia!’.»

-Y ahora está trabajando en un libro.

-No, no, estoy trabajando en una idea. Me ha pasado de meterme en una idea que pintaba bien, avanzar, avanzar y a la escena 40 decir: esta película ya la vi, esto es un bodrio, y la dejás. No sabés nunca. Hasta que no tengas desarrollada la historia no sabés si funciona o no.

-¿Eso genera un nivel de frustración importante?

-Se me tendría que haber ocurrido algo para poder estar laburando, pero no se me ocurre y tampoco hay ofertas. Había arrancado con la novela de Guillermo Martínez, La muerte lenta de Luciana B, y perdí dos años, hice el guión, todo el mundo bárbaro, contento, bueno: arrancamos en marzo. Esto después de haber estado laburando cinco o seis meses en el guión. En marzo faltaba conseguir guita; la pasamos a septiembre, en septiembre seguía faltando plata; la pasamos a marzo, y en marzo no se consiguió y se canceló. Cuando te das cuenta perdiste casi dos años. Ese fue el único proyecto firme que arranqué y se pinchó.

-No es un tipo de bajonearse.

-Me siento mal, pero es lo que le puede pasar a cualquiera: hay cosas que te salen y cosas que no. ¿Me voy a cabrear conmigo mismo? Me deprime mucho cuando se pincha un proyecto. Pero no tenés otra que seguir. Se han parado películas que estaban a punto de filmarse. El oficio es así. Hay épocas en las que hacés mucho, otras que nada. No pasa nada. Cuando uno se mete en un proyecto tenés que pensar como mínimo son tres años de tu vida. No es joda. Entre que buscás la guita, hacés la película, y si la película llega a funcionar, un año o dos años de girar por festivales, que esto, que lo otro: cuatro años que estás atado a un proyecto. Te podés equivocar sin darte cuenta, pero equivocarte sabiendo es medio complicado.

-Hay que tener cara.

-O que la oferta sea de muchísima guita, cosa que no suele suceder.

-¿Es más complicada por una cuestión suya o una cuestión en general?

-Siempre fue complicado salvo las cuatro de Aries (La playa del amor, 1980; La discoteca del amor, 1980; Tiempo de revancha, 1981; Últimos días de la víctima, 1982), que tenías el respaldo de una productora. Después ha sido complicado porque para todas tuve que buscar financistas. Contaba con los subsidios del Incaa pero tenía que buscar financistas. Siempre me pasó que cuando estaba por arrancar la película, venía uno que ponía toda la guita y se pinchaba una semana antes de empezar. Entonces una semana antes estaba buscando entre los conocidos a ver cuánto ponía cada uno. No me pasó con La ley de la frontera. Pero me pasó con Martín (Hache), Lugares comunes.

Y cuenta una anécdota que pide conservar en off, sobre una empresa que por tan extraños como risueños motivos tuvo que bajarse de la financiación. Y cuenta más: le gusta hablar de cine. Del suyo y del cine en general, pero en el suyo, de una manera extraña y noble, acepta la mirada de la crítica en general y el público en particular a la altura de la propia.

-Es probable que esa película que sigue buscando no exista. ¿Contempla esa posibilidad?

-Puede ser. Por ahí se me agotó el caudal de historias y no se me ocurre ni una puta historia más. Eso no lo sabés. En un momento te preocupa pero en otro pensás que no podés hacer nada.

-Las películas suelen volverse universales cuando hablan de las cosas que les pasa a un montón de otra gente. Si en un momento hubo que quemar la cooperativa (Un lugar en el mundo, 1991) era porque una parte importante de la gente tenía el mismo sentimiento. O cortarse la lengua en 1981 con Tiempo de revancha, para dar otro ejemplo. ¿Siente que lo que hoy le pasa no le pasa a nadie, o le pasa a poca gente?

-Hay una serie de cosas que sí conectarían. Tener que ver de dónde sacás la guita para sobrevivir, no tener un laburo estable, más allá de que acá el laburo nos lo inventamos nosotros, pero mucha gente no tiene laburo estable y no se lo puede inventar. O sea que más o menos son cosas que me pueden pasar. Tipos que hipotecan la casa, la imposibilidad de seguir avanzando, esa especie de quietud en la que estás, le pasa a mucha gente. Con distintos motivos. Así que seguramente no está agotado el caudal de historias.

-Hay bastante acuerdo en que su cine posee tres etapas. Una que va desde La parte del león hasta Últimos días de la víctima, otra desde Un lugar en el mundo hasta La ley de la frontera, y la última, considerada una trilogía: Martín (Hache), Lugares comunes y Roma. Y todas resultaron importantes en su forma de representar un momento de la argentinidad. Casualmente el 2004 es un año en que se empieza a evidenciar un momento histórico de la Argentina que puede decirse que estaba más en sintonía con los planteos y las ideas de sus películas.

-El cambio pintó muy bien. Un gobierno que volvió a pensar en la gente y en mejorar su nivel de vida, y en el consumo y darle bola a la industria argentina. Y si bien no creo que apuntaba al socialismo, había una gran intervención del Estado en todo lo que era producción nacional. Incluido todos los agujeros, que no tengo duda, podía haber, la transformación tenía que ser más grande. O hacés la transformación de entrada, porque sabés cuáles son los grupos que van a estar en contra tuyo; o te hacés fuerte y los enfrentás de a poquito. Creo que políticamente está bien no tratar de atacar de entrada. Tampoco funcionó. Hay mucho poder, mucha fuerza. El poder real está en los medios. Y después hay otra cosa que es bastante inexplicable. No puedo entender el resultado de las elecciones. Que haya un 50% que no vota al peronismo, que no vota al kirchnerismo, y votan a un tipo con el que todos sabían volvía al neoliberalismo de los noventa. ¿En qué país estaban viviendo? A mí no me lo puede explicar nadie. Odian a Cristina, dicen, pero eso no es motivo para decir: “Voto a este tipo.” Pero si empezás a fijarte, lo mismo pasa en Uruguay: salen de Mujica y caen en Tabaré, que es un tipo mucho más quedado; en Brasil destituyen a Dilma; en Ecuador, Correa tiene contra; Evo Morales tiene contra. Evo Morales que levantó a Bolivia, cosa que no existía, y las cooperativas le empiezan a tirar cartuchos de dinamita en las rutas porque lo que quieren es darle el laburo de la extracción de mineral a empresas americanas. ¡Las cooperativas! Estamos todos locos. No entendés nada. Me acuerdo de haberle dicho a mi hijo en 2004, 2005: vas a conocer una Latinoamérica que no conocí, porque esto está cambiando, esto va a cambiar. Y de repente no. No pasa. Te juro que a ese 50% que apoya a la ultraderecha no lo entiendo. No lo puedo entender. Y acá no hay reacción.

-Parece un momento más apropiado para quemar la cooperativa que allá en 1991.

-Tenés que quemar cosas mucho más grandes que la cooperativa (se ríe). En la cooperativa de Un lugar en el mundo pasaba eso. Arrancan y todo era pura ideología. Cuando tienen un poquito de guita la venden al mejor postor y a la mierda con todo lo que plantearon ideológicamente. Y esto es un poco lo mismo. «

Todos los premiados

En un acto encabezado por la presidenta de la institución, Carolina Biquard, la semana pasada el Fondo Nacional de las Artes (FNA) entregó sus tradicionales Premios a la Trayectoria Artística correspondientes a 2016. El Gran Premio del año le correspondió a la artesana cordobesa Clara Diaz, cuya obra se ha exhibido en los museos más importantes de la Argentina y América Latina.
El resto de los premios, además del que le correspondió a Adolfo Aristarain en la categoría Artes Audiovisuales, los recibieron Chiqui González, por Arte y Transformación Social; Hugo Legaria, por Diseño; Edgardo Cozarinsky, por Letras; Francisco Javier, por Artes Escénicas; Juan Falú, por Música; Carlos Moreno, por Patrimonio; Mario Corea, por Arquitectura, y Josefina Robirosa, por Artes Visuales.

Desventuras de un argentino suelto en Hollywood

A finales de la década de 1980 Adolfo Aristarain tuvo la oportunidad de dirigir en Estados Unidos y esta habría sido, tal vez, una oportunidad insuperable para poder vivir de continuo del cine. “Entré en un medio de los más grandes, que era la Columbia”, cuenta sobre aquella experiencia que no prosperó por varios motivos, y eso pese a que Aristarain es un tipo que daría no se sabe cuánto por vivir por y para el cine. El tema fue que un cambio de titulares en el estudio hizo que quisieran convertir a un policial en una película política sobre el Irangate.
“No fue una muy buena experiencia. Después me ofrecieron quedarme con otro proyecto, pero a los tres meses me di cuenta de que no podía vivir ahí. Yo no sé manejar, así que no tengo coche; y allá vívía en un barrio chiquito que tenía librería, disquerías y cines, que es lo que hago yo. Y el mecanismo de trabajo eran esos desayunos pelotudos a las ocho de la mañana -yo no sabía ni quién era a las 8 de la mañana- para hablar de negocios. Negocios inventados, porque inventan a lo loco. Son lo más mentirosos del mundo, los yanquis; inventaron la mentira, y más en el mundo del cine», afirma el cineasta y continúa. «Y después estaban las fiestas de los viernes en la casa de no sé quién o en el salón de no sé dónde, en las que siempre terminás en pedo», agrega. «Yo acá sigo dos meses más y me tiro por el balcón o termino borracho, pensé.”
Pero eso no fue todo y Aristarain lo cuenta. “Uno está muy acostumbrado a la palabra -continúa-. En el acuerdo que hicimos con (el productor) Osvaldo Papaleo para Un lugar en el mundo nunca firmamos un solo papel, y hasta el día de hoy él se lleva su parte y yo la mía. En cambio estos tipos te decían ‘sí, señor, claro señor’, y es todo grupo, no pasaba nada. Porque nadie es cabeza de nada, vos no llegás a hablar con el tipo que decide. Es productor, sí, pero uno de los 300 que trabaja para no sé qué estudio. Y nadie toma las decisiones. Podían tomar la decisión que quisieran total la iban a cambiar en la oficina donde estaba el directorio de la empresa, donde no saben ni de qué proyecto están hablando, sólo deciden por una cuestión de guita. Todo eso era demasiado para mí.”