Nada se pierde, todo se transforma. Sin embargo, en muchas de las percepciones del inconsciente colectivo la idea de la novedad suele asociarse al peligro. Si bien los medios masivos y la industria del entretenimiento son marca registrada del siglo XX, la irrupción de Internet y las nuevas tecnologías vino, tal vez como nunca antes, a diversificar nuestro mundo de sensaciones. Qué cosas llegaron para quedarse, cómo conviven con las establecidas, qué tradiciones van a pasar a la historia y cuáles quedarán en el olvido. En su nuevo libro en colaboración, Cultura pop. Resignificaciones y celebraciones de la industria cultural en el siglo XXI, los investigadores y docentes de la Universidad de Quilmes Leonardo Murolo e Ignacio Del Pizzo hacen foco “en los procesos de construcción de sentidos en las prácticas sociales con medios y tecnologías”, poniendo, bajo crítica y tensión, a los diferentes sistemas que conviven en esta nueva era. Del cine, la tele y la radio a las maratones por streaming, los influencers y la selfie, el mundo cambió. ¿Pero cómo y cuánto?

Un buen punto de partida es preguntarse si existe, aún, diferencia entra la cultura de masas y todo lo que habilitó Internet. “Cada vez menos. Hay una mirada sobre la cultura de masas que se postula desde los pensamientos de las ciencias sociales, cuando se constituyen estas sociedades más complejas del siglo XVIII o XIX, las migraciones campo-ciudad, las instituciones como la escuela pública, la industria, diferentes espacios que van a tener conglomerados urbanos muy grandes. Va a haber presencias de nuevas clases sociales, como la clase trabajadora: en ese sentido, los medios de comunicación de masas van a erigirse para satisfacer a esas nuevas sociedades. Informar, comunicar, entretener de modo broadcasting, es decir, de uno a muchos”, explica Murolo. En otro escenario histórico, “Internet aparece como un medio de comunicación propicio para satisfacer a un mundo que ya no reconoce ciertas divisiones políticas, el de la globalización económica y geopolítica. Este otro medio, en su segunda década, ya en el siglo XXI, no trabaja con la idea del broadcasting o transmisión, sino con cierta idea de reticularidad, que es la forma de las redes sociales: encontrarnos con otros y producir sentido”, amplía el investigador. De todos modos, advierte, no habría que “caer en la celebración de pensar que estos medios son democráticos, porque son privados. Pero sí podemos habitarlos, generalmente con poca posibilidad para intervenir en los debates sociales o cambiar las agendas temáticas de los grandes medios”.

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En ese sentido, la idea de que la participación desde la virtualidad permite una mayor transparencia no ha logrado poner en riesgo la hegemonía de los medios masivos. “La legitimación histórica la siguen teniendo los medios tradicionales. Que un bloguero, una tuitera o un instagrammer tenga millones de seguidores, que es un fenómeno eminentemente nuevo, no barre con toda la tradición estructural e histórica en nuestra antropología de ver, leer, escuchar, nuestras formas de producir, pero sobre todo, de consumir noticias en particular e información en general, sino que conviven”, explica Ignacio Del Pizzo. “Históricamente, la institución ‘medios de comunicación’ o ‘periodismo’ es la llamada a informarnos. Desde ahí, como institución, están en el grado cero de la ideología”, suma Murolo.

¿Existe, entonces, una verdadera pugna entre estos dos sistemas? “Si focalizamos en los usos que hacen las audiencias de los medios de comunicación, va a prevalecer la idea de que son rituales –explica Murolo–. El del cine, es ir a ver una película en la oscuridad con desconocidos, comiendo pochoclos, y ese ritual es irreemplazable por el de la televisión, que capaz se trata de ver un partido de fútbol con amigos, riéndonos, comiendo algo, haciendo zapping. Por su parte, el ritual de las plataformas es estar más bien en soledad, escroleando, recomendando a alguien en redes, haciéndonos los lindos en Instagram y los inteligentes en Twitter (risas). El de los juegos online es pasar toda la noche en un campeonato… Es decir que, en términos culturales, no pueden competir. En ese sentido, no habría lugar para pensar en una ruptura, en esto de ‘hasta acá llegó este medio de comunicación’”, aclara Murolo.

Cultura pop también se refiere a los rasgos etarios que hacen a estas nociones y usos: “Hay lecturas complementarias. Por un lado, hay cuestiones vinculadas al lenguaje o los lenguajes, que generalmente tienen una importancia cenital, si bien no es lo más importante ni excluyente dice –Del Pizzo–. Por ejemplo, si pensamos en el lenguaje inclusivo, algo que ocurre en lo digital pero también es eminentemente analógico, tiene una mayor pregnancia en muchas y muchos jóvenes”. Al mismo tiempo, “está la reminiscencia de eso que llamamos nuevas tecnologías, nuevas pantallas, con algo conocido”, sigue el autor y ejemplifica: “Ahora está sucediendo con los streamers: miles y millones de jóvenes fanatizados y fanatizadas con alguien que transmite en vivo y en directo, algo que nos hace pensar en la televisión. Los lenguajes, entonces, son herramientas de construcción de sentido que generalmente apelan a algo novedoso, pero que nos remiten a algo conocido”.

Cultura pop

Libro de Leonardo Murolo e Ignacio Del Pizzo. Prometeo Libros, 2021.