La obra cuenta la historia de Cristina, Adolfo y Blas, una familia anglicana belga que luego de un confuso episodio vinculado al dinero y algunas propiedades, provoca el arresto y condena de su padre por un año. En ese lapso, cada uno de los hijos atraviesa episodios trágicos. Escrita y dirigida por Alfredo Staffolani, según su propio autor la obra “se parece bastante a la de la primera función hace tres años porque siempre está atrás el mismo texto dramático”. Eso no quiere decir que sea igual: “Naturalmente hay un montón de cosas que empezamos a descubrir con las funciones. Es bastante arbitrario y muy exótico esto que tiene el teatro en Buenos Aires, que se hace una sola función por semana, porque hace que cada semana sea un poco volver a empezar. Si bien no se pierde la frescura, sí otras cosas que cuando hacés dos o tres funciones por semana no pasa, ya la función del sábado la tenés mucho más caminada”.

-¿Por qué es “estrambótica” hacerla una vez por semana?
-En principio por el esfuerzo que implica hacer una obra, por lo menos una de las características de Por culpa de la nieve: es un espacio bastante grande, son siete actores, hay video y sonido todo el tiempo y es una obra bastante compleja. Entonces montar una puesta en escena una vez por semana, en ese sentido es un poco raro. También porque la manera en la que se produce el teatro independiente nunca se recicla, nunca se autofinancia haciendo una función por semana; una obra en la que trabajan diez personas es muy difícil que se sustente con una función por semana. Termina siendo también una suerte de gusto de los creadores, hacer una obra. Es un territorio de experimentación para mí, para los actores, para todo el equipo, pero termina quedando en ese plano.

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La pregunta casi obligada entonces a Staffolani -actor, director, autor y docente- es dónde “garpa” la obra, qué les da a quienes la hacen. Y el teatrista dice: “Nuestro lugar de trabajo es el teatro, y el teatro es un territorio político y es público. Nos paga en muchos sentidos. En principio es una manera de hacer política; tener una obra una ves por semana tiene que ver un poco que ver con eso. Y por otro lado también es un territorio de experimentación creativa. Como director, laburo fundamentalmente como docente, y la creación teatral es mi lugar de experimentación. Como yo escribí y dirijo la obra, también es la posibilidad de experimentar en el cruce de estas dos cosas. Esto también es algo muy propio de esta ciudad. En general en Europa y otras ciudades el autor teatral es uno y el director teatral es otro. Combinar estas dos cosas propone un tipo de experimentación que es que yo me pueda distanciar de la obra que escribí para encontrarle un procedimiento de puesta en escena y de trabajo con los actores. Y para los actores imagino -lo pienso como actor- es un lugar de experimentación poder estar juntos una vez por semana, como una suerte de resistencia, también, pero haciendo lo que nos gusta y lo que sabemos hacer, que es teatro”.

En su momento Por culpa de la nieve impactó muy gratamente por el nivel teatral que alcanzaba. Desde todos los ángulos y elementos que sostienen al espectáculo en sí, la obra producía el hecho artístico de poder mover al espectador hacia los rincones que prefiere no transitar; esa incomodidad tan propia del arte cuando ataca, podría podríamos parafrasear a Spinetta. Y sin embargo por tema, parece más propia de la actualidad argentina del 2017 que la de aquél 2014.

“Es la primera vez que tengo una obra en cartel durante tres años -cuenta Staffolani-. Creo que no es casual, que tiene que ver con que es la primera vez, también, que después de tres años sigo encontrando cosas de la obra que me siguen interesando para sostener este sistema de producción. Un poco porque desde que la escribí, hasta hoy, no volví a escribir una nueva obra para mi grupo, que es con el que hago la obra; sí escribí otras a pedido y sigo escribiendo. El jueves tuvimos el último ensayo y seguimos observando cosas que funcionaban más o menos, y pareciera que la viera hoy por primera vez. Nos sigue incomodando, nos sigue haciendo preguntas. Y también tiene que ver con lo que la obra cuenta, que hoy por hoy pareciera estar más fresco que en el momento que la estrené. Habla de Buenos Aires desde una extranjeridad, desde un afuera, y creo que cuando se estrenó parecía algo más irónico, incluso más distanciado, gracioso. Y ahora cuando la veo y la escucho, me parece que está más vigente eso que lo obra cuenta.”

Entre las cosas que incomodan con cierta gracia y entusiasmo está “el organizar el quilombo que siempre es una obra de teatro; acá son siete actores, o sea siete deseos a los que hay que agregar el del iluminador, el sonidista, y todo eso, a los que encontrarle cierto orden es un poco el trabajo del director”. Luego está lo más propio de la obra: “Tomamos como punta de trabajo un país, medio imaginario, medio real, que es Luxemburgo, desde donde se mira el resto del mundo. Y es un país que se dice que no hay problemas porque no hay pobreza, tiene un discurso bastante alentador y feliz respecto de lo que una nación debiera ser. Cuando lo veo y lo escucho en la obra algo que fue escrito de manera irónica, me incomoda, genera cierta resonancia, porque tiene que ver con un discurso que circula acá respecto de lo que es la alegría, la felicidad. Sin tener en cuenta otras cuestiones que son más estructurales. En ese sentido fue algo más accidental que la obra nos trajo en este tiempo. El jueves lo decíamos con los chicos: pareciera que hay alguna reescritura intencionada, y no, esta idea de un Luxemburgo donde todo funciona, donde estadísticamente es el país más feliz del mundo, es bastante parecido al discurso que nos circula ahora, al que escuchamos por todas partes.”

Entradas: $160 (descuentos a jubilados y estudiantes) Reservas: 4865-0014 / www.teatrodelabasto.com.