Parece que hay un momento en que es posible que la vida se vaya, sin irse. Una transición del orden de lo sobrenatural donde toda pérdida no es más que liberación. Otra vez genial Isabelle Huppert (Nathalie) enumera las suyas en el auto en el que uno de sus jóvenes discípulos la lleva a un fin de semana de campo, y concluye; “He reencontrado mi libertad; una libertad como nunca la había conocido”. De esa libertad en la forma que pocos tienen la dicha de conocer se trata esta película.

 

Nathalie es una gran profesora de filosofía que está en una edad aproximada a los 60 años. El film muestra postales salteadas de un pasado medianamente feliz. Sus problemas hoy son los del común: aún es sexualmente atractiva pero su marido perdió interés en ella; su madre tiene problemas importantes de salud; sus hijos vacían el nido; la pasión por su profesión ya no resulta la de antes. Y sin embargo -gracias a la mano de Mia Hansen-Løve- todo eso que podría ser terrible transcurre sin mayores sobresaltos. Como la vida misma, en la mayoría de los casos carentes de puntos de inflexión y giros dramáticos que la doten de una intensidad destacable. Por lo general todo transcurre -que no es lo mismo que fluir- y las personas van sorteando con mayor o menor éxito los avatares de ese transcurrir.

Mia Hansen-Løve se ocupa de ese momento por otra cosa, tal vez porque se trate como de una oportunidad final. La vida ingresa en el territorio en el que ya no habrá puntos de inflexión ni giros dramáticos que modifiquen la linea recta final que conducirá a todos hacia el mismo lugar. Si la experiencia ajena no suele valer mucho para la vida de cada uno, en esa etapa de la vida parece volverse completamente inútil. Acaso de ahí la soledad en la que entran la mayoría de las vidas, que a diferencia de esas mayorías Nathalie quiere continuarla con vitalidad y no ocultándose en la seguridad de lo aprendido en todos los años anteriores. Y si bien las cartas ya están jugadas y no habrá una mano que ofrezca alguna combinación que habilite nuevas apuestas, Nathalie quiere vivir ese tiempo enfrentando y siendo interpelada por la sangre más joven, la que la pondrá en duda, a la que deberá responder con ingenio e inteligencia si no quiere que la descarten.

El placer final que deja el film es excepcional y en absoluto mérito de Mia Hansen-Løve. Ella encuentra en eso que no destaca, en lo que no altera el ritmo de la sucesión de los hechos previstos, una verdad de belleza diferente, de la que no acostumbra a ocuparse el cine.

El porvenir (L’Avenir, Francia-Alemania/2016). Dirección y guión: Mia Hansen-Løve. Con: Isabelle Huppert, André Marcon, Roman Kolinka y Edith Scob. 102 minutos. Apta para mayores de 13 años.