Con la mirada perdida, en los años ’70, atravesando un calvario personal avanza lenta en medio de una noche en movimiento, con voces, ademanes, música que la ensordecen. En blanco y negro se aleja al margen de una fiesta donde, parece, es la única que no celebra. “Conocí a alguien”, dirá al otro día a su madre en la cocina de su departamento de ficción. Ella es Luisa, interpretada por Érica Rivas en un protagónico absoluto en La luz incidente, la última película de Ariel Rotter (El otro) que estrena el jueves.

Luisa es una mujer joven que acaba de perder a su marido y debe transitar ese dolor mientras cría a sus dos hijas que apenas balbucean. Es un personaje complejo, donde la actriz despliega su paleta de registros de una manera conmovedora, haciendo partícipe absoluto al espectador de su amargo presente. “El duelo que atraviesa Luisa, y en plenos ’70, es una de las dimensiones de la película. Tiene hijas chiquitas y debe seguir. Uno piensa que si no tuviera esa vida tan implacable que nos hace querer seguir acá, se iría también. Eso pasa cuando se va un ser tan amado pero aparecen distintas fuerzas y voluntades que te hacen seguir”, dice la actriz en la suite de un hotel céntrico sobre el tema que atraviesa la película que ya recorrió con éxito varios festivales de cine.

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–En esta interpretación, además de poner el cuerpo a Luisa, hay un gran trabajo gestual y sobre todo de la mirada. ¿Cómo fue esa construcción, por momentos sutil, de sentido?

–En eso tiene mucho que ver Ariel. Sus películas tienen una cosa muy íntima y eso era algo que me interesaba de su impronta como director. Él me corregía todo el tiempo sobre cómo sería el tema de sus ojos, de su mirada, de esa tristeza. Desde mí, el trabajo como actriz es siempre parecido por el compromiso que pongo, pero la expresión para cada director es distinta. Se trata de entender cada mirada, qué quieren, qué no quieren, qué los moviliza, qué les interesa. Acá hay mucho del plano de lo no dicho, porque son situaciones, también, donde uno no sabe o no tiene mucho para decir. En el cine, y para los actores en general, es muy interesante poder escuchar y no siempre tener qué decir.


–Y es un cine que requiere otro compromiso en la mirada del espectador a diferencia del que nos bombardea todo el tiempo.


–Y como actor uno también está acostumbrado a ver eso y cuando actúa estos personajes puede sentir como que no está haciendo nada. Pero hay algo, que si vos no hacés tu trabajo, no aparece en la mirada tampoco. Eso me preocupa mucho de los directores que no trabajan con actores, porque muchas veces esa mirada está vacía cuando no la trabaja un actor. Es muy bueno poder dejar que tus ojos puedan expresar lo que está sucediendo en tu cabeza y dejarte sorprender por los pensamientos que aparecen a partir de las cosas que ve, o que observa o le dicen o las cosas que no puede decir el personaje. Este es un cine que a mí me encanta. Me gustan las películas donde la cámara está mirando.


–La construcción de Ernesto (Marcelo Subiotto) también se da desde tu punto de vista, nunca lo vemos accionar solo en su intimidad. ¿Cómo creés que esto condiciona la apreciación del espectador? 


–Ariel quería meterse en la mirada de Luisa, quería ver cómo ella entraba en este mundo de tener que salir del duelo y a veces sin quererlo. El tema del pretendiente es confuso porque es un tipo que quiere hacer una cosa pero tampoco se sabe bien qué intenciones tiene. Si está bien, si no. Marcelo, el actor, hizo un aporte maravilloso, no podés encajarlo en ningún lado. Es un personaje con muchas dimensiones que no te cierra enseguida. Y está bueno. Fue muy fuerte cuando lo vimos, cuando Marcelo le puso cuerpo. Marcelo es tan encantador que no me sorprende que la película se llame en Francia Un hombre encantador. Porque es cierto que es un hombre que te encanta, que no sabés del todo si está bien o está mal lo que está haciendo.

En Érica Rivas parecen convivir dos Éricas que también aparecen en la charla: la histriónica que hace llorar de risa, como el personaje de María Elena Fuseneco que la hizo popularmente conocida y que hasta hoy podemos ver en las repeticiones de Casados con hijos en Telefe, o la novia sacada que interpretó en Relatos Salvajes, y la contemplativa, la que disfruta del silencio, la que hila palabras sin prisa, como se la vio en cine en El cerrajero y ahora en La luz incidente. Ella, dice, gusta de hacer reír, de ser payasa pero también de bajar uno o varios cambios y escuchar la naturaleza. Hay momentos para todo en una vida cada vez más ocupada gracias a su versátil y celebrado trabajo actoral que no deja de abrirle puertas. No se abruma o al menos lo intenta. La experiencia, seguramente, le enseñó a disfrutar el camino y a reconocer que siempre hay algo nuevo por aprender, lo que la mantiene con la mirada curiosa.

–¿Y vos cómo transitás la cuestión del punto de vista ajeno? ¿Te condiciona en tu trabajo o de tu vida personal?


–Yo actúo para poder ampliar mi punto de vista. Primero para poder vivir vidas distintas y después para ser más comprensiva, más abierta. En general a mí lo que me pasa es que no me condiciono por un punto de vista. En mi trabajo le doy al personaje la mejor de mis inteligencias, la que tengo, la que hay. Doy todo, mi sensibilidad y mi historia. No dejo que esto sea algo que yo pueda conducir en el sentido de tener prejuicio, sino todo lo contrario. Yo voy a defender a esa persona a rajatabla, que se vea llevada a esas situaciones por un libre albedrío pero también por un momento especial, por un paradigma cultural, por cosas que tienen que ver con lo familiar, herencias. No siempre le doy con un caño al personaje, trato de entender qué resortes hicieron que estas personas llegaran a este lugar y así siento que puedo entenderlo más. Siempre tengo la necesidad de ponerme en el lugar de los frágiles, de los débiles, y no pienso que las personas así son las que ganan o que son todas buenas. Pero trato de ver cómo ampliar mi mirada. Para eso quiero ser actriz, para tener más comprensión sobre la humanidad, que me sigue conmoviendo a pesar de que cada vez me conmueve más lo vegetal, lo animal. Sigo apostando a la humanidad y creo que tiene que ver con poder atravesar estas historias que me tocan. Por eso creo que para los directores es medio difícil trabajar conmigo porque hay algo donde yo voy a poner tanto, voy a tratar de llenarlo todo…


–¿Sentís que ocupás mucho con tu entrega y eso complejiza el trabajo?


–A veces sí, porque voy a tratar de ver por qué hay que decir de esta manera, voy a confrontar, voy a querer saber por qué los textos o se repiten o vuelven a ser los mismos o no, o por qué son así las puestas de cámara. Son cosas que para mí son importantes y que tienen que ver con cómo se comunica esta comprensión sobre esta persona, esta puerta que nosotros abrimos, este paisaje. Yo siento que mi lugar como actriz es un lugar de aprendizaje, me pasa también cuando lo veo pero cuando lo hago no lo hago por otra cosa. Además de que me encanta hacer reír y que me encanta que la gente esté contenta. 

 
–¿Y qué miradas te conmueven o transforman tu parecer?


–Me gusta mucho el uno a uno, lo que a mí me llegue y cómo me llega. Situaciones en particular… Esa cosa tan masiva que se arma con las redes sociales no me interesa. Ni eso de “como país queremos…”, yo no lo creo, pero sí creo en el uno a uno, en una persona que invita a comer a un chico todos los miércoles a su casa, que lo lleva al museo, a la escuela. No creo en lo magnánimo, hay que ir de a poco. «