En el comienzo de la novela de Milan Kundera La insoportable levedad del ser el protagonista se sorprende a sí mismo con una sensación que no duda en caracterizar de increíble: hojeando un libro sobre Hitler, se emociona al contemplar algunas fotografías de la época. Eso ocurre porque, a pesar de que algunos de sus parientes murieron en campos de concentración nazis, las imágenes lo retrotraen a su infancia. En ocasiones,  los recuerdos difieren de las experiencias tal como fueron vividas y la memoria personal y afectiva no sigue la misma lógica o es unilateral con la memoria política en relación con los hechos históricos.

Algo de ese espíritu impregna la propuesta de Archivo General de la Emoción, la segunda temporada del ciclo que Felipe Pigna conduce en la Televisión Pública. El programa presentado por el reconocido historiador y divulgador rescata de, entre los años de horror, la resistencia, el arte y, en definitiva, la vida. «Del año 1976, las personas se acuerdan del golpe militar y la cultura del miedo que se impuso. Pero también de lo que estaban haciendo al momento del derrocamiento de Isabel. Se suelen evocar los juegos de la niñez, los noviazgos juveniles, la música, la ceremonia que era juntarse a escuchar discos, todas esas cosas que nos parecen tan lindas. Que la gente pueda volver a vivir a partir del recuerdo, que es pasar las cosas por el corazón», destaca Pigna.

–¿Cuál es el criterio para contar la historia y seleccionar los recuerdos?  

–En esta segunda temporada, el criterio es temático. En cada programa repasamos un año: por un lado, los acontecimientos políticos históricos centrales y en torno a ellos todo lo que tiene que ver con la memoria emotiva. Tenemos  secciones fijas: las publicidades, la música tanto nacional como internacional, la moda, mucho deporte… Obviamente la política, pero también las maneras en que los vaivenes de la economía impactaban sobre la gente. Son elementos que nos permiten reconstruir un año a partir de todo lo que nos trae la memoria emotiva que es tan fuerte y que hace a la construcción de la memoria en general.   

–¿Por qué empezaron el primer programa con el año 1976?  

–No fue una decisión predeterminada. Grabamos otros programas, charlamos con la producción y nos pareció importante empezar por el ’76, año tan clave y para no olvidar. Obviamente, el tema central es la dictadura, pero también toda la vida que seguía: lo cotidiano, la cultura, la resistencia. Para dejar atrás la idea de que solo fue oscuridad. Los dictadores no pueden triunfar en hacernos creer que sencillamente lograron imponer silencio y oscuridad. La gente siguió haciendo música o teatro como podía. Siguió viviendo a pesar de tanta muerte. Aún en ese contexto siniestro la vida se impuso a la muerte.   

–¿En qué otros aspectos vislumbras el triunfo del Eros sobre el Tánatos?  

–En el hecho de que, de ninguna manera, fue un momento de silencio. Decir eso es una falta de respeto para tanta gente que siguió haciendo cosas. Frente al eslogan «El silencio es salud» hubo gente que hizo cine y teatro under, por ejemplo. Hace poco, en una entrevista, Andrés Cascioli, me dijo algo maravilloso: «La revista Humor era sobre todo un lugar de encuentro donde nos encontrábamos los que no teníamos donde encontrarnos». Y era así: vos ibas en el subte en los años ’79, ’80 y alguien estaba leyendo la revista y sonreías con esa persona. Se producía algo de comunión silenciosa, te identificabas con algo contrario a la porquería que estábamos transitando.  Era donde nos encontrábamos todos aquellos que estábamos dispersos, que no nos podíamos reunir porque estábamos en estado de sitio.  

Foto: Captura video

–¿Qué otros lugares de escape había?  

–Algo que curiosamente sobrevivió como refugio fue la Sala Lugones del San Martín que conservaba cine de autor y podías, por ejemplo, ver a Fellini. La cinemateca que estaba en el teatro Sha y el genial Salvador Samaritano con el Cine Club Núcleo, en donde pasaban películas que luego iban a ser censuradas. Recuerdo Nos habíamos amado tanto como una película de encuentro total: ex partisanos que se reencuentran y el personaje de Vittorio Gassman expresando la desilusión de la derrota: «Pensar que queríamos cambiar el mundo y el mundo nos cambió a nosotros».    

–¿Cómo es el orden en que se organiza la emisión de los programas?   

–Vamos salteando años para que no sea cronológico, para que sea más divertido.   

–Sin dudas hay arcos en la historia y uno puede encontrar continuidades y rupturas en  el ’76 y el 2001. 

–Hace un tiempo caminando por la calle vi una pintada maravillosa, un grafiti que decía: «Las medidas de Macri son 55, 76 y 90». La imaginación popular es un ejemplo de genialidad, mejor síntesis no puede haber. Algo de eso se lee en el orden aparentemente azaroso.   

–La historia dialoga indefectiblemente con el presente ¿Qué cuestiones de aquel año 1976 quedan por saldar?  

–El ’76 explica muchísimo el presente porque ,como decía Rodolfo Walsh, era «el inicio de un plan de miseria a largo plazo». En la Carta Abierta Walsh escribe: «En la política económica de ese Gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada». En el momento lo que se sintió fue la represión, la censura, el cambio de vida, adolescencias limitadas muy marcadas por lo que pasaba afuera. Lo económico y social se empezó a vivir tiempo después. 

–¿Es lo que a grandes rasgos se denomina neoliberalismo?  

–Sí. La deuda externa, la desocupación, el individualismo, la falta de solidaridad conviviendo con conductas muy solidarias. No se la puede definir unidireccionalmente: son muchos universos conviviendo. Eso es un poco lo que nos pareció importante transmitir: si del ’76 solo contás la represión, quedan afuera un montón de cosas referidas a la causalidad, para qué se hizo esto. No eran solamente un grupo de psicópatas asesinos. Era ese grupo al servicio de la imposición de un modelo económico social antipopular en un país con altísimos niveles de movilización y participación política.   

–¿Qué otras continuidades hay entre el ’76 y el modelo económico que termina de consolidar Menem?  

–La figura del desaparecido preanuncia la del desocupado. Hay desapariciones que se encasillan en diferentes categorías. Hay desaparecidos antes del ’76 con la Triple A en el ’73, ’74 y ’75. Están los desaparecidos víctimas del terrorismo de Estado tras el golpe. Después surgen las cosas desaparecidas: las fábricas desaparecidas, el trabajo desaparecido, el empleo como un gran desaparecido. Eso es algo de lo que no se hablaba: la desaparición del trabajo. La ficción era que todo estaba bien y así hubo una sociedad cómplice con fenómenos como la «plata dulce». La clase media fue cooptada y comprada por el viaje barato,  los bienes importados y miró para otro lado frente a una represión evidente 

–¿Cómo era el impacto del deporte en esos tiempos?  

–El boxeo tenía una importancia que hoy no tiene por razones que me parecen muy atendibles. Eran los tiempos de Monzón y Galíndez y del automovilismo de la mano de Reutemann. Eso acarreaba que algunos pibes fantasearan con ser corredores, boxeadores. En términos personales, el año 1976 tampoco fue un gran año en lo futbolístico: Boca ganó el campeonato Metropolitano y yo era de Independiente (risas).  

–Sigamos haciendo dialogar el pasado con el presente. El velorio de Maradona lo tenemos muy cercano. ¿Cómo fue el de Oscar «Ringo» Bonavena?  

–El velorio de Ringo Bonavena fue uno de los momentos en que se rompió el estado de sitio. En pleno ’76, el Luna Park estaba repleto de gente a pesar de la prohibición explícita de reunión de más de dos o tres personas.   

–Si tuvieras que armar tu propio archivo general de la emoción ¿Qué recuerdos seleccionarías?  

–Del ’76 recuerdo que estaba en la escuela secundaria, que fue un año tremendo donde desaparecieron compañeros del colegio. También recuerdo la idea de seguir juntándose, de no romper los lazos dentro de las estrictas normas de seguridad de la dictadura. Seguíamos escuchando música: conseguíamos discos y libros a escondidas. Recuerdo Génesis, grupo del cual empecé a ser fanático y era una escapatoria a lo que estaba pasando. En una quinta en Burzaco hubo una ceremonia de quema de libros y discos «subversivos». Luego, paradójicamente recuperé algunos en una librería de la Editorial Atlántida (que era afín a la dictadura), como una segunda edición de Los condenados de la tierra de Fanon. Lo llevé rápido a casa. Como decía Walsh «haga un pequeño acto de rebeldía».  

–¿Cuál es la repercusión del público tras la emisión de los primeros programas?  

–La gente comenta que se siente muy identificada al no cubrir solo los aspectos que tienen que ver con la política, esas narraciones son incompletas. Están impregnadas de si uno estuvo más o menos comprometido con la realidad histórico-política y no a todos les pasó lo mismo. Hay distintas maneras de transitar las niñeces.

–Si pudieras cumplir el ancestral sueño de la máquina del tiempo ¿A qué años te gustaría regresar?  

–Sin dudas a los ’70. Yo tenía cuatro años y me hubiera gustado ser más grande. Entre otras cosas, porque era la época de la beatlemanía y mis hermanas estaban enloquecidas con eso. Una época fantástica con Pepe Biondi, Karadagian, las series estadounidenses como Batman, Super Agente 86. Los ’70 con Mafalda y comprender que la sopa era la dictadura. El odio a la sopa como metáfora de aquello que nos querían obligar a hacer fue más efectivo en término de resistencia masiva que la denuncia explícita del palo de abollar ideologías. Podríamos decir que fueron nuestros años felices, más allá de los vaivenes políticos. «


Archivo General de la Emoción
Con Felipe Pigna. Realizadores: Gabriel Bassi y Adrián Flores. Producción: Silvina Müller. Sábados a las 20 por la Televisión Pública.


Las publicidades y la memoria
La publicidad argentina fue siempre extraordinaria aun en tiempos horribles. «Hay piezas increíbles hechas por directores y guionistas cesanteados por la dictadura que se dedicaban a hacer publicidad –destaca Pigna–. Piezas de altísimo nivel que ganaban premios en todo el mundo. No voy a ser muy original: la propaganda de escarpines protagonizada por Hugo Arana es una de las más queridas por la gente. Hay una muy curiosa de cigarrillos, del ’82 o del ’83: daba la imagen de un preso o de alguien que volvía del exilio y se encontraba con la familia. Muy rara y a todos nos llamó la atención en ese momento. Hay enormes publicidades: la del chocolate Tubby que era simplemente un dibujito animado con una canción muy pegadiza pero que impactó en la gente. Aunque quizás no sea forzado encontrar oposiciones en esa publicidad: el Tubby que está solo y luego encuentra comunidad, se pasa de una ciudad pesada a una ciudad soleada, el bañado en chocolate. O puestos a delirar, quizás la de Bagley de «Negro y blanco» tenga un mensaje antirracista. (risas)».