Atención:  este texto incluye spoilers de “The long night”, tercer episodio de la octava temporada de «Game of Thrones».

Como las grandes obras de la humanidad, las de arte y sus empresas en busca de la gloria -es decir, de marcar un hito que permita un antes y un después- Game of Thrones (GoT) es una explicación de lo que sucede a la vez que una aspiración de lo que debería ser. También, como ellas, es capaz de definirse a partir de su sinécdoque, que una de sus partes defina el todo. A tres capítulos de su final, es posible definir GoT por su reciente tercer capítulo. No por casualidad tan comentado al día siguiente de su estreno mundial.

Dedicado por entero a la batalla contra el Rey de la Noche o del Hielo y sus súbditos, el episodio comienza con una tensión espeluznante: la batalla se presenta a todo o nada; al menos por un buen y largo tiempo, el mundo que viene se decidirá en esa batalla.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

“Señor de la luz, derrama tu luz sobre nosotros -hace su invocación a R’hllor (dios de la luz), Melisandre-. Pues la noche es oscura y está llena de terrores.” Como dijo a quien escribe Pedro Aznar cuando le preguntó cómo un grupo como Serú Girán pudo haber surgido durante la dictadura: «En plena oscuridad, la luz brilla más». GoT brilla en este tiempo de poco destello creativo para erigirse como una serie de transición entre el emerger de los millennials al principio de la actual década, y sus sucesores, las y los centennials: el tono épico del tercer capítulo, adjetivo con el que suelen calificar algunas de sus acciones cotidianas, les corresponde totalmente a ellas y ellos. Y corrobora el rumbo que se vislumbró desde el primer capítulo de esta temporada: unidad sin rencores y búsqueda de una solución al «Winter is coming» que se presenta inevitable, porque el futuro es más importante que el pasado: no sólo es lo que no está porque aún no llegó, es lo que peligra como nunca antes en la historia de la humanidad porque puede no llegar, y ante eso, el pasado ya no condena.

Si The Walking Dead es la serie perenne -o inmortal, para tomar una precisión borgeana- GoT en esta última temporada se convierte en la serie del alumbramiento. Un alumbramiento del que aún no se conoce el resultado, pero que es uno del que pasado poco tiene para decirnos si queremos sintonizar con él.

Porque el invierno de GoT es más que el frío. Se puede definir como el libro define el invierno anterior, cuando “las madres ahogaban a sus hijos con almohadas para no verlos morir de hambre, y lloraban y las lágrimas se les helaban en las mejillas”. Es la petrificación del estado de las cosas, la imposibilidad definitiva de la esperanza. Cualquier semejanza con la realidad que el mundo vive bajo los actuales liderazgos de cada país no es mera coincidencia. Al estilo de la vieja escuela, los liderazgos en GoT requieren presencia en el frente de batalla cuando hace falta: todos ponen el cuerpo, y lo hacen donde la mayoría decide que debe hacerlo: en ese lugar resulta fundamental, en otro, muy probablemente incordie. El que no acepta, a su casa. A Evita seguro le habría gustado.

GoT también es la revolución de las hijas, podrían acotar Luciana Peker y tantas feministas al ver cómo esas niñas del inicio de la historia se hicieron mujeres que comandan multitudes de soldados tan distintos como lo géneros de hoy, sin que nadie se cuestione -y menos cuestione- si el liderazgo es femenino. Porque también es Rita Segato, que dice que “se torna necesario ser pluralista antes de feminista”, ya que “para el patriarcado, el capital y los monoteísmos fundamentalistas hay una única verdad, una única forma de futuro, una única justicia. Son de esa forma monopólicos, regidos por una lógica exclusiva y excluyente”. GoT es hoy lo que ella plantea como meta histórica: “un mundo radicalmente plural”. Ahí todos son importantes.

Importancia de la que GoT parece entender la dimensión. Ante el castillo protegido por un círculo de fuego que consiguió armar Melisandre en otra invocación (el fuego quema al enemigo, pero también funciona como símbolo de la calidez necesaria vencer un tiempo inhóspito ganado por la indiferencia), los soldados del frío comienzan a «inmolarse» tirándose sobre algunos sectores del círculo de fuego para que el resto de la tropa pueda pasar. Sin embargo esa acción poco tiene que ver con el sacrificio humano, que se ve más adelante en el episodio: aquí simboliza el fin del individualismo en su más preciada acepción: nadie vale por sí mismo, sólo importa la máquina (el Rey de la Noche o del Hielo). De hecho los hombres de hielo son indiferenciados, en sus caras como en sus géneros; son más bien códigos de un algoritmo mayor que los comanda sin resistencia. La pluralidad, en cambio, es igual en su diferencia. Y en su imperfección. Por eso todas y todos valen lo mismo. Por lo mismo, el frío no viene a vencer: viene a convertir a todos a su voluntad, incluso impidiendo el resquicio de poder morir en paz en la batalla, negando así el sentido de la lucha, tan bien simbolizada en Theon. El hombre que ha cometido atrocidades y se ha hecho atrocidades innombrables, consigue despedirse de este mundo luego de escuchar que es un buen hombre: siempre hay aunque sea una pequeña redención para el que lucha, incluso cuando se decida muy tarde a luchar.

Se ha comentado de ayer a hoy -y en muchas oportunidades anteriores-, la característica política de GoT. Lo es en el sentido que Hanna Arendt le dio: la posibilidad de resolver diferencias (no todas) a través de un entendimiento, al cual se llega mediante el diálogo. En el Reino del Hielo (¿el de la tecnocracia de la Big Data y la vida automatizada?) sería imposible: sería, como ella misma advirtió, confundir el pensamiento con el conocimiento; sólo el primero tiene la capacidad de diferenciar el bien del mal, la libertad de la opresión.

En pos de ella es que existe el sacrificio humano, nunca mecánico, mas siempre planificado y abierto a la improvisación: los diez minutos finales del capítulo lo definen más que bien.

GoT no es optimista por lo que vendrá. Pero como toda proeza humana -que las hay a diario, de diversa envergadura- es la esperanza en el género: cuanto más radicalmente diverso y plural, más a salvo está de todos los peligros que lo acechan. Incluidos sus diferentes formas de extinción.