La película está basada en la historia de la planta petrolera costera cercana al estado Louisiana, Estados Unidos, que explotó en abril de 2010, murieron once personas y dejó por más de 80 días abierto un pozo que vertió cinco millones de barriles de crudo en el Golfo de México, con un daño aún no mensurado con exactitud.

A diferencia de otras películas basada en hechos reales, no abunda en los pasados de los protagonistas ni se detiene en las personalidades de cada uno; más bien se ocupa de pequeños episodios de la vida cotidiana pero muy detallados: encuentra en esos pormenores la posibilidad de describir a sus personajes, en especial en lo que hace a sus trayectorias, necesarias para explicar por qué, gente tan común y corriente, puede embarcarse a trabajar en una “plataforma petrolífera semisumergible de posicionamiento rápido de aguas ultra-profundas”, tarea ya de por sí compleja y extraordinaria incluso para profesionales. De hecho ningún trabajador se toma un helicóptero para ir a trabajar, como hacen los personajes de esta historia.

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Si ese es un acierto -que lo es-, lo es más aun que gran parte del film se vaya en la discusión que los trabajadores (incluso los jerárquicos, pero que están a cargo de la seguridad de la plataforma y por ende de la salud y la vida de los empleados) tienen con los gerentes de la British Petroleum, empresa que alquilaba la plataforma. Las discusiones sobre algunas medidas de seguridad que debían tomar y sobre pruebas para ver si ya estaban en condiciones de sellar el pozo o debían realizar alguna tarea más para mudarse a otra perforación son bien ilustrativas. 

Allí se dejan en claro las posiciones encontradas, la valentía de los trabajadores y sus jefes inmediatos para enfrentarse a los gerentes, y las explicaciones bien graficadas por el personaje de John Malkovich (uno de los gerentes) para mostrar que los trabajadores podían no tener razón en sus advertencias. Por decirlo a la manera de los juicios, no había prueba suficiente para sostener la culpabilidad de la decisión empresarial.

Luego de dos tercios de película, con la tensión bien contada y acumulada, arranca la acción propiamente dicha, las explosiones, muertes y heridas brutales. Y ahí la película vuelve a hacer. Pocas producciones deben ser tan difíciles desde el punto de vista de la representación: se tiene idea de un avión o un barco como el Titanic, por ejemplo, pero pocos espectadores están avezados en qué tiene, cómo funciona y cuáles son las partes más peligrosas de una plataforma petrolera. Igual Peter Berg sale airoso y todo se entiende claramente, incluso en las escenas más escabrosas.

Hacer una historia real siempre es un complicación: todos saben el final. Aquí se apela, según la tradición, al heroísmo de algunos. Y si bien se aparta del tono más clasista sostenido hasta ese momento -en el que marca cómo la solidaridad de los trabajadores prima sobre cualquier egoísmo, incluso sobre la desesperación natural que gana a los individuos durante los accidentes fatales-, sin discursos admonitorios ni bajadas de línea. No deja de sentenciar a los gerentes y la empresa como los verdaderos responsables. 

Horizonte profundo (Deepwater Horizon. Estados Unidos, 2016). Dirección: Peter Berg. Guión: Matthew Michael Carnahan, Matthew Sand. Con: Mark Wahlberg, Dylan O’Brien, Kate Hudson, Kurt Russell, John Malkovich, Ethan Suplee, Gina Rodriguez.

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