Cuadros y guitarras. Todos los ambientes de la casa de Jairo están tapizados por sus dos grandes pasiones artísticas. Las pinturas, propias y de distintos artistas, dominan todas las paredes. Las guitarras, por su parte, coparon cada uno de los rincones y funcionan casi como un amuleto para no dejar escapar la inspiración. Tampoco faltan libros, DVD y fotos que dejan constancia de una vida artística y familiar particularmente intensa. Pero no importa todo el prestigio y el éxito que Jairo fue cosechando a lo largo de su carrera: no siempre es sencillo seguir adelante. La planificación de los festejos por sus 50 años en la música –que incluían un disco con invitados y una gira por todo el país– debieron postergarse por la pandemia, pero el mayor impacto fue personal. “La vida agarra por lugares que uno nunca espera”, reflexiona. Su esposa, Teresa Sainz de los Terreros, falleció en julio y en septiembre tuvo otro gran golpe: la actriz Agustina Posse, exesposa de su hijo Yaco y madre de sus nietos Juana y Francisco, murió a los 46 años.

“Es jodido. Son golpes duros. Nos obligó a cambiar la dinámica  familiar, que los chicos vengan a vivir acá, a mi casa. Estas cosas te obligan a repensar todo. Y además, por lo rigurosos que somos con el trabajo, teníamos que seguir con lo que habíamos planeado, que era hacer una gira por mis 50 años con la música. Hay muchas frases de consuelo cuando se muere alguien cercano, pero lo que uno quiere es que ese ser querido vuelva. Eso lo sentís, aunque sabés que es imposible, claro. La pena está con vos y tenés que lidiar con eso de alguna manera. Una vez más, la música me salvó en los momentos más duros de mi vida, me ayudó a poder sobrellevar tanta pérdida. Justo se abrió la posibilidad de cantar, de volver a los escenarios, a los shows presenciales… El destino me ayudó. Ver a la gente, la adrenalina, recordar a mi esposa cantando, acompañado… La música es mi terapia frente a tanto dolor. Si no, me habría tirado acá en un sillón”, confiesa el cantante, conmovido.

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La actividad por estos días en su living es febril. Se multiplican las llamadas, los Zoom y los ensayos toman un ritmo de cuatro horas diarias. La gira por sus 50 años en la música es cosa seria. Ya lo llevó a Córdoba, Santa Fe, Mendoza, Salta, Jujuy, San Luis, Buenos Aires y el domingo 7 de diciembre concretará su tercera presentación en el Teatro Ópera.

Jairo 50 años de música ya está disponible en plataformas, CD y vinilo, y cuenta con la participación de Eruca Sativa y Abel Pintos en “Milonga del Trovador”, Luciano Pereyra en “Caballo Loco”, Lisandro Aristimuño y Juan Carlos Baglietto en “Había una vez”, y Víctor Heredia y León Gieco en “Milagro en el Bar Unión”. También Pedro Aznar, Raly Barrionuevo, Elena Roger y Escalandrum.,Nahuel Pennisi, Marcela Morelo y hasta un cierre familiar junto con sus hijos Lucía, Iván, Mario y Yaco. 

Pero hay más novedades: “Tengo canciones para un siguiente disco de canciones inéditas. Pero por ahora me concentro en lo que me toca. Siempre fui así. No hay milagros en el mundo de la música. El golpe de suerte existe, pero mantenerse es trabajo y pasión”.

La carrera de Jairo comenzó a tomar forma en 1970, cuando Luis Aguilé le ofreció ir a España, donde terminó grabando seis discos; luego se instaló en Francia, donde se consagró; y protagonizó un gran regreso a la Argentina con el retorno de la democracia. En todo ese recorrido compuso más de 800 canciones y cantó en miles de escenarios de todo el mundo.

–¿Cómo te sentiste al volver a los escenarios?

–Fue muy lindo. Se sufrió la pandemia, la situación fue muy desalentadora. Todo fue malo: muy duro. Pero de a poco  hay que rehacerse. Con el disco armamos shows grandes y en los lugares que no se puede, hago un show intimista que se me ocurrió cuando hice un streaming, durante la etapa más dura de la pandemia.

–¿Te resultaban muy cuesta arriba los shows por streaming?

–Fue un ejercicio bastante curioso y nuevo para mí. El hecho de estar solo te marca la cancha. Hacíamos todo en condiciones técnicas formidables, con cinco cámaras, luces. Pero solo. Era cantar para nadie y para todos. Me obligó a pensar cómo hacerlo. Y finalmente me gustó porque imaginé estar cara a cara con alguien. En algún sentido se transformó en algo más intimista. Nunca había tenido un paréntesis prolongado sin cantar. Esta vuelta a la presencialidad me entusiasma mucho.

–¿Cómo fue grabar un disco para celebrar tu carrera?

–El trabajo con invitados no era algo nuevo. Había hecho algo similar cuando cumplí 25 años con la música. Pero fue en vivo. Esta vez me preocupé especialmente por convocar a artistas de nuevas generaciones, como Abel (Pintos)  y Luciano (Pereyra), Marcela Morelo, Elena Roger y la gran revelación que es para mí Nahuel Pennisi. Con todos tenía una relación o una historia artística cercana. Y se notó porque todos se emocionaron. Fue todo muy especial.

–¿Por qué?

–Me sorprendía el clima que se daba. Abel ya vino de chiquito a grabar a mi estudio, lo conozco hace mucho. Luciano Pereyra me contó que “Caballo loco” es la canción favorita de la madre. Después, Gabriel, Brenda y Lula, de Eruca Sativa, tienen una potencia y solidez increíbles. A Raly (Barrionuevo) lo conocí en Mendoza y le gustaba “El ferroviario” porque su mamá trabajaba para la empresa de trenes de su pueblo, por eso le dije que venga a cantarla. A Nahuel (Pennisi) lo conocí en un camarín en un homenaje a Mercedes Sosa y me cantó “Volver a vivir”, esa canción que me produjo Pedro Aznar y que terminamos de armar en Abbey Road. No sabés lo bien que la cantó, mejor que yo. Tenía que estar. Un tipo curtido como León (Gieco) estaba como un chico; Víctor (Heredia), amigo de mil años, también. Nos moríamos de la risa. Fue una de las mejores grabaciones de mi vida por el ambiente que se generó. Yo quería que ellos pusieran su impronta en mi repertorio, para darles una mirada diferente a las canciones. Por suerte lo conseguimos.

–¿La pandemia complicó la grabación?

–Grabamos antes de la pandemia, sobre el filo de la primera cuarentena. En febrero de 2020. Teníamos nueve temas, el proyecto inicial contemplaba 17 canciones y 23 artistas invitados. Pero tuvimos que recalcular: grabé una canción más con mis hijos, llegamos a diez y decidimos hacer dos volúmenes.

–¿Cuándo se editará la segunda parte?

–La parte orquestal ya empezó a grabarla Lito (Vitale). Ya está todo asignado. Jorge Rojas va a cantar “Morir enamorado”. También van a estar Patricia Sosa, Sandra Mihanovich, Vicentico y algunos más, pero bueno, vamos por partes. Nadie nos apura.

–¿Cuánto te marcó haber vivido en España y en Francia?

–Sin dudas, me marcó. Hice un camino distinto. Conocí a mi mujer, hice mi vida distinta de la que hubiese tenido acá. Al principio era muy joven y tenía una capacidad más limitada para incorporar cosas, pero ya cuando me fui a Francia fue un aprendizaje continuo. Fue tan importante como impensado. Mi mujer siempre decía que fue el período más feliz de nuestras vidas: los chicos crecían, me iba bien… Es de esas épocas que me dan nostalgia. Aprendí cómo era la mejor manera de trabajar, de moverme en el escenario, de organizar en detalle la presentación. Francia es una escuela que muy pocos países tienen. Fue un privilegio, sin dudas.

–Desde allá, ¿cómo se vivían los crímenes y el sufrimiento que imponía la dictadura cívico-militar?

–No fue fácil. Porque entendía el sufrimiento, pero muchas veces no podía hacer nada. Francia era un país que constantemente denunciaba las atrocidades que se cometían en la Argentina. Todos los jueves había manifestaciones. Me la pasaba hablando en radios y televisión para analizar la situación. Tenía debates y charlas con distintas agrupaciones, como representante de la Argentina. Pero tenía cerrada la puerta de la Embajada. Me hacían un favor porque no quería saber nada con los militares, pero me odiaban porque hablaba pestes de la dictadura y siempre me juntaba con los que estaban en el exilio. Y bueno, en el ‘83 yo apoyé fuertemente la candidatura de Alfonsín. Yo había crecido en el pueblo donde vivía Arturo Illia, me acuerdo del orgullo que sentí cuando a mis 14 años lo eligieron presidente. Pero ese perfil radical no me impedía juntarme con peronistas: ya sea con (Envar) “Cacho” El Kadri o Leonardo Favio, por ejemplo. De hecho, mi viejo era peronista, pero bueno, al estar afuera, quizás pude no engancharme tanto con ese fervor de pararse en la vereda de enfrente y no superar la dicotomía que tanto nos marca. Allá éramos argentinos todos y hablábamos un montón. Solo queríamos lo mejor para nuestro país. «

Jairo: 50 años de música

Un repaso por algunas de sus mejores canciones con Eruca Sativa, Abel Pintos, Lisandro Aristimuño, Juan Carlos Baglietto, Víctor Heredia, León Gieco, Pedro Aznar, Raly Barrionuevo, Elena Roger, Escalandrum, Nahuel Pennisi, Marcela Morelo y sus hijos Lucía, Iván, Mario y Yaco. En todas las plataformas digitales, CD y vinilo.


La riqueza musical de la Argentina

Jairo considera que la Argentina es un semillero de grandes artistas y un país con una construcción cultural muy rica en géneros y ritmos. “Nuestro país tiene cosas extraordinarias. El folklore tiene muchos colores, tantas expresiones… El tango es una música popular y a la vez académica. No en todos los países sucede esto. Porque una orquesta de tango es una cosa organizada, capaz de crear climas únicos. Creo que nunca hay que claudicar en continuar alimentando la cultura musical de la Argentina. Por supuesto, sin ser cerrado y siempre dando lugar para que crezcan nuevas formas de expresión”, afirma el cantautor.
Desde chico Jairo tenía claro que quería ser cantante o pintor: “Las maestras encontraron vocación en mí. Esa labor pedagógica es un ingrediente muy valioso, para mí es el rol más importante de la escuela: darles herramientas a los chicos para que encuentren su camino. A mí me gustaba cantar y dibujar, me alentaron para que me anime y fue vital para mí vida”.


Ser referente, la pasión y el talento de Charly

Cuando a Jairo se le pregunta si se siente un símbolo de la música popular, contesta con particular humildad y un gesto que procura minimizar la cuestión.

–¿Te sentís un referente?
–No le doy mucha bola a eso. Quizás lo pensás cuando alguien te lo dice. Un día le contaba a Abel (Pintos) la buena respuesta de todos los convocados para el disco, su generosidad para aceptar. Y me dijo: “Pero disculpame, ¿quién te va decir que no?” (risas). Y bueno, quizás algo influí. Pero son cosas que pasan. Son muchos años cantando, una carrera sin interrupciones. Tengo muchas canciones propias, les puse música a poemas de Borges, canté a María Elena Walsh en francés, hice discos con canciones de Yupanqui… Todo lo que hice, lo hice con pasión.
¿A quiénes considerás referentes?
–Hay muchos. Mercedes Sosa, Ariel Ramírez o el mismo Charly García, que es un tipo muy genuino. Su comportamiento o su manera de ser durante un tiempo opacó lo que realmente es: un tipo muy culto, un músico muy instruido y muy preparado. Es un tipo muy respetado a nivel mundial. Es una segunda camada de rockeros, pero se ganó ese estatus de faro. Tiene una personalidad especial. Lo conozco poco, pero con lo poco que hablé me sorprendió gratamente. Fue extremadamente amable. Un encanto de persona, educado y un creador extraordinario. Por eso lo admiran y lo quieren todos. Él sin dudas es un referente.