Frecuentemente, los ladrones de bancos suelen producir sentimientos de fascinación y admiración en el imaginario social. Ese acto que atenta contra la institución capitalista paradigmática de acumulación de dinero, oro y joyas parece encarnar aires libertarios de justicia poética o de rebelión contra las inequidades del modo de producción. Quizás pocos escritores supieron captar como Bertolt Brecht en una sola frase la convicción que anima ese espíritu: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”. 

Esa premisa alimentó largamente la ficción cinematográfica, televisiva y literaria, dando a luz a personajes marginales o hermosos perdedores que un día llegaban al hartazgo de la explotación, la miseria o la alienación y se decidían a rebelarse contra su suerte disparando al corazón mismo del sistema. 

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Esa también parece ser una de las claves del éxito perdurable y el clamor que suscitan la comunidad de encantadores estafadores con seudónimos de ciudades que, liderados por “El Profesor” (Álvaro Morte), atracaron en sus primeras dos temporadas a la Fábrica Nacional de la Moneda y ahora la emprenden casi por puro gusto –aunque de paso roban una cantidad no desdeñable de oro– contra el Banco de España. 

La popularidad de la banda creada por Álex Pina parece no tener límites ni fronteras. Sin embargo, no siempre fue así. Tras una prometedora y masiva primera temporada producida por Atresmedia y emitida por la cadena española Antena 3, el rating y la popularidad fueron en declive y determinaron su final en apariencia definitivo en la segunda temporada. Pero, a partir de 2017, Netflix asumió las riendas del asunto y lo que parecía caso cerrado y causa juzgada tomó insospechado y novedoso envión delictivo. Entonces empezó el verdadero boom. 

La nueva fase se caracterizó por repetir la exitosa fórmula del suspenso, la acción trepidante y el sensual erotismo mientras relata los pormenores de un atraco más espectacular que el primero. Pero también profundizó en la naturaleza de los amores y en las causas personales de la rebeldía, anomia social y ansias de aventura permanentes de los protagonistas. Asimismo, como buenos hijos de la corrección política, se otorgó mayor protagonismo a las diversidades sexuales que a la heteronormatividad –entre ellos a “Palermo”, un gay interpretado por Rodrigo de la Serna– que estaban algo relegadas en la primera etapa. 

Compuesta por dos volúmenes de cinco episodios cada uno, los primeros capítulos de la quinta temporada no defraudan en las dosis de emoción y adictivo entretenimiento a los que acostumbra la serie, aunque con el lógico agotamiento que implica sostener un clima vertiginoso tanto tiempo. Los momentos de tensión y acción siguen la misma tónica sin demasiadas innovaciones, salvo un recrudecimiento de la violencia y la radicalidad de los poderosos enemigos de la banda, que ahora recurren al Ejército. También parece flotar un aire de melancolía ya presente desde la muerte de la entrañable Nairobi (Alba Flores) que anticipa el adiós. 

Las novedades que introducen los flamantes episodios son que, por un lado, el imbatible Profesor parece finalmente derrotado por su histórica némesis: la tenebrosa inspectora de Policía Alicia Sierra, interpretada por la siempre efectiva en papeles de maldad sin ambages Najwa Nimri. Por otro lado, la incorporación de Rafael (Patrick Criado), hijo de Berlín (Pedro Alonso) y Tatiana (Diana Gómez) y personaje clave del pasado para idear los asaltos del presente; y del atractivo René (Miguel Ángel Silvestre), el primer amor de Tokio (Úrsula Corberó), con quien descubrió las lides de la pasión sexual unidas indisolublemente a las de la ilegalidad como forma de vida. 

La banda delictiva genera empatía por sus discursos contra el “poder”, las reminiscencias y evocaciones a las luchas contra el fascismo italiano y el franquismo, y las consignas anticapitalistas. En la ficción, las y los sensuales ladrones son aclamados por multitudes y se erigen como héroes populares contra el sistema con la resistencia como lema. 

El fanatismo que suscita La casa del papel desde hace casi un lustro tuvo correlatos inesperados: los overoles rojos y las máscaras de Dalí inundaron los carnavales de Río, estadios de Arabia Saudita y otras festividades, pero también inspiraron intentos de fuga de las cárceles de Ezeiza y Devoto y asaltos más o menos fructíferos en bancos de diversas partes del mundo. Fueron utilizados como símbolos en marchas por los Derechos Humanos, de resistencia contra el capitalismo y en paros obreros. A su vez, la histórica marcha antifascista “Bela ciao”, devenida en leitmotiv de la serie, volvió a popularizarse y se resignificó en símbolo de causas feministas, por la defensa de la democracia o el medio ambiente de América Latina, Asia y Europa. 

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. La serie puede ser engañosa e ideológicamente ambigua. El argumento se encamina hacia un callejón sin salida y todo preanuncia un final alejado de esos enunciados rebeldes y libertarios que dicen defender. Ya defraudaron hacia el final de la primera fase cuando se hicieron con los millones de euros de la Fábrica de la Moneda y la mayoría de los personajes huyeron en parejas amorosas a paradisíacas islas caribeñas. Una decisión que parece más cercana a reproducir los valores del capitalismo que a enfrentarlos. ¿Qué sucederá en el final definitivo de esta historia?   «