Quien se considere un internauta medianamente aggiornado sabe que Martín Rechimuzzi es actor, humorista, youtuber y un especialista más bien disruptivo de la realeza británica. Vale decir: entre sus muchas incursiones y colaboraciones on y offline (incluida la radio y la televisión), el también politólogo ha hecho, en los últimos años, un relevamiento sostenido, preciso e hilarante de la -cuando menos- estrafalaria monarquía del Reino Unido. Sus seguidores pudieron compartir y debatir con él, tanto en sus propias cuentas como en las oficiales de la Corona (donde alguna vez, incluso, lo censuraron), una amplia serie de cuestiones cuyo rango abarca desde debates acerca del destino de los patos que surcan las aguas de los lagos reales hasta acaloradas discusiones sobre la línea de sucesión al trono, puntos donde -como es previsible- la recientemente fallecida Isabel II tuvo siempre una centralidad indiscutida y un apodo ya extendido: Lilibeth.

Así las cosas, en un verdadero e inesperado giro del destino, Martín Rechimuzzi aterrizó en Inglaterra exactamente el mismo día en que se anunciaba la muerte de la monarca. “Tenía unos días libres después de haber estado en Berlín con la gira de ¿Qué pasa hoy acá?, el espectáculo que estamos haciendo con Érica Rivas, y se me ocurrió visitar a unos amigos que viven en Londres”, enumera el actor. “Con todo lo que estaba pasando en la Argentina dudé, pero al final me decidí a seguir con lo planeado y en cuanto llegué, se murió la reina: increíble”, cuenta a Tiempo el actor, desde suelo británico. Esa “secuencia” -como dirá Rechimuzzi- habilitó a que desde ese mismo jueves 8 de septiembre, mediando el cambio de horario y la falta de conectividad que el protocolo de seguridad impone en las calles de la brumosa capital inglesa, el humorista y licenciado en Ciencias Políticas se aboque a la cobertura del real funeral y sus circunstancias.   

-De todo lo que podríamos imaginar acerca de la realeza, ¿qué te interesó particularmente a vos para volverla un tópico?

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-En principio, siempre la tomé en clave irrespetuosa, ya que, dada nuestra historia, tenemos todo admitido para hacer todas las lecturas que queramos sobre la realidad inglesa, y desde ahí, construir un delirio. A partir de eso, hay elementos que me sirven a mí para pensar en el juego, como la cuestión estética del reinado, la pompa, la onerosidad barroca que todavía sigue existiendo, tan fastuosa, tan obscena, y que al mismo tiempo llama tanto la atención, por lo ruidosa: lo estético sostiene gran parte de la legitimidad de la monarquía. Cuando son sencillitos o sencillitas, ahí se muere todo, porque tienen que hacer el acto performático de que Dios los ha puesto en la Tierra. Eso es algo muy interesante y, de hecho, se observa en el funeral cuando ves todo lo que están armando.

-Desde que llegaste, el mismo día en que se dio la noticia de la muerte de Isabel II, ¿cómo podrías decir que la está pasando la gente allá?

-Al principio los tomó de sorpresa, no tanto porque fuera inesperada la muerte de Lilibeth, que era una señora mayor, sino porque dos días antes de su fallecimiento ella había recibido a Liz Truss, la nueva primera ministra británica, y se la veía en condiciones, por lo cual fue bastante repentino que de un día para el otro se muera. Yo tenía una agente infiltrada adentro del gobierno (risas), y en esas primeras horas me habían dicho que la reina se había muerto y que el anuncio sería a las seis de la tarde. Así que fuimos a esa hora al Palacio de Buckingham: la bandera ya estaba a media asta y había gente, pero no estaba lleno. Nada que ver con la magnitud de ahora. Ayer fui de nuevo (en realidad, voy todos los días) y ya había un vallado con una fila eterna para entrar a dejar flores.

-Y en un nivel más sensorial, ¿qué impresiones te devuelve esa postal tan extraña para un sudamericano, para un argentino?

-La sensación en la calle es más de respeto, pero no de gente compungida, es decir, no hay una situación de llanto. Un poco como sucede en los velorios en general, en los que no es lo mismo cuando fallece alguien de cierta edad, de quien se podía esperar que se muera, a cuando sucede una tragedia. Acá hay medio ese relajo, la gente está ahí, pispeando. Pero sí hay una dimensión fuertemente política sobre la realeza, son agentes históricamente políticos, hacen muchísima rosca, su existencia está siempre en riesgo, están tensionados desde afuera y desde adentro: no nos olvidemos que la realeza se conforma por unos nobles que se imponen sobre otros, y si bien no es que vayan a derribarlos, sí es cierto que tienen intereses múltiples y, por ejemplo, ya algunas colonias están desconociendo a Carlos III como rey, lo cual me parece hermoso (risas). Que tengan estas situaciones en medio del bardo, que de repente se empiecen a retobar las colonias, me parece soñado (risas).  

-El imaginario general suele dividirse entre quienes creen que con la muerte de Isabel la caída de la monarquía es inminente y los que, por el contrario, consideran que los ingleses “no van a cambiar más”. ¿Cómo dirías vos que viene la mano?

-Hay dos cuestiones: por un lado, ayer estuve caminando y hablando con la gente, y es cierto que no está en la agenda política desfinanciar la monarquía. Incluso entre aquellos que se autoperciben republicanos hay igualmente un respeto por la figura de Lilibeth, pero por el lado de la tradición. Eso de “estuvo en situaciones muy difíciles”, o “para nuestros padres ella fue muy importante, porque estuvo en la guerra”. Es decir, hay una noción de respeto. Cualquiera que haya visto la serie The Crown sabe que es indiscutible su compromiso personal e histórico con su rol de monarca, es decir, fue una monarca que no pelotudeó ni un segundo. A partir de ahí, se desprende la segunda cuestión: si hacés ese cálculo, muy básico, no hay una sola persona que pueda defender la figura de Carlos por sobre la de Lilibeth. Y hay muchas que se cuestionan la idoneidad de Carlos para ser monarca. En ese sentido, es un capital en baja, es pérdida, todo el mundo que defiende la monarquía defiende a Lilibeth, no así a Carlos III. 

-¿Se puede terminar algún día este delirio monárquico?

-Ninguna estructura política es eterna, obviamente esto en algún momento no va a existir más, y no creo que sea dentro de tanto. De todas maneras, insisto, en que la realeza tiene funciones políticas muy importantes. Estas figuras de composición múltiple, entre una reina o un rey y un primer ministro o ministra, incluso en otros reinados, son agentes de poder y dan respuesta, están en diálogos políticos permanentemente, no es que solamente están encerrados en sus palacios comiendo manjares (risas). Están todo el tiempo rosqueando y accionando.

-¿Ya hacen chistes sobre Carlos?

– Y, se lo cuestiona bastante, no tanto como a otros personajes de la realeza, pero sí hay dudas sobre Carlos. Le preguntás a cualquiera y te hacen carita de que es un pelotudo (risas).

-¿Cómo mirás todo el despliegue ritual, toda esta fanfarria que se da por días y días, entre distintos palacios y países del Reino Unido?

-¡A mí me fascina! A nivel performático, es una locura, tanta gente congregada con tanta guita puesta en hacer una ficcionalidad como es este megavelorio. Pensá que este velorio lo diseñó ella misma hace 60 años y se empezó a ensayar hace 7. Imaginate, es una obra de teatro que se diseñó hace décadas y llevó todo ese tiempo de ensayo… Y que sólo va a ser presentada una vez, ¡imaginate el nivel performático! Y con un dispositivo de seguridad de 10 mil personas; vos mirás alrededor de los palacios y ves francotiradores, porque el lunes, cuando se realice el funeral oficial en la abadía de Westminster, van a venir mandatorios de todo el mundo, desde Bolsonaro hasta Biden y el primer ministro japonés. Están prohibidos los helicópteros y tienen que llegar todos por tierra, es decir, es una situación donde los actores de esta performance son los primeros gobernantes de todo el mundo.