En el arte –y en la vida– el concepto de la revolución permanente resulta una exigencia imposible. ¿Cuántos músicos logran un álbum capaz de desafiar el signo de su tiempo? ¿Cuántos de esos músicos puede hacerlo más de una vez? ¿Alguno llega realmente reinventarse de forma crónica? Las rupturas recurrentes pueden funcionar como una fantasía inspiradora, pero es un mandato tramposo. Paul McCartney tiene claro todo esto y mucho más. Por eso, a los 78 años, antes que imponerse grandes sorpresas vuelve a indagar en su reconocida capacidad creativa y se permite sentarse y “jugar” a hacer música. Su verdadero desafío es estar a la altura de sí mismo y –sobre todo– permitirse disfrutar. En ese camino se inscribe McCartney III, su flamante y sorpresivo álbum grabado y editado en plena pandemia.

Con el paso del tiempo poder recordar el 2020 como un año horrible será un privilegio. Entre las distancias, las privaciones y la   incertidumbre, nadie esperaba demasiado para estos últimos días del calendario. Pero casi de la nada, Paul McCartney aparece con un nuevo disco bajo el brazo y logra –aunque sea por un rato– reconfortar a millones de atribulados corazones en todo el mundo. ¿De qué se trata? El siempre Beatle será una leyenda, una deidad de la cultura rock y un megamillonario, pero vive en el planeta tierra y debió replegarse con su familia para eludir al coronavirus. En la granja de su hija Mary –es probable que ofrezca mayores comodidades que un dos ambientes– y en su “tiempo libre” grabó un disco solista tocando todos los instrumentos y lo bautizó, no casualmente, McCartney III.

El álbum se inscribe en una suerte de tradición personal, pero no es una réplica de McCartney (1970) y McCartney II (1980). El primero se trató de un disco acústico, el primero post Beatles; y el segundo, una especie de experimento synth-pop que concretó luego del desbande de The Wings. Aquí recupera la necesidad de trabajar solo y de transcurrir en un clima casi hogareño. Así las cosas, el buen Paul se hace cargo de la voz, los coros, las guitarras, el bajo, la batería y los teclados. Además de todas las composiciones y la idea general, claro.

“En ningún momento pensé ‘estoy haciendo un álbum. Mejor me lo tomo en serio’. Esto fue más bien: ‘Estás encerrado. Podés hacer lo que te dé la gana’. Lo que me sorprende es que no estoy harto de la música. Porque, estrictamente hablando, debería haberme aburrido hace años”, detallo el propio McCartney en una reciente entrevista en The New York Times.

McCartney III incluye once temas y comienza con “Long Tailed Winter Bird”, una composición instrumental de folk, tono lúdico y ricas armonías. Le sigue la elegancia pop de “Find My Way”, con un McCartney de registro más grave que el usual alternado con su falsete, una hermosa línea de bajo y una orquestación a medida. “Pretty Boys” y “Woman and Wives” son dos baladas crepusculares, entre la que se destaca la segunda, acaso porque su melodía suena más honda y reflexiva. “Lavoratory Lil” funciona como un ejercicio de rhythm and blues bien a la Paul y transmite un espíritu beatle innegable. “Deep Deep Feeling”, por su parte, propone un juego de coros e instrumentaciones minimalistas, que avanza a partir de repeticiones de frases que funcionan casi como mantras.

Pero falta bastante más. La potencia y épica de “Slidin'”, de lo mejor del álbum, que transcurre a partir de un riff bien espeso, toques psicodélicos y una marcación rítmica potente. “The Kiss of Venue” y su vuelta al formato de balada acústica de guitarra y voz, hasta que un sobre el cierre un melotrón le da un sello inconfundible. “Seize The Day”, que apela a un estribillo feliz y entusiasta. “Deep Down”, otro de grandes hallazgos del disco, construido a partir de una batería bien marcada y un colchón de teclados que le dan la oportunidad para que se luzca la voz de Paul entre oportunos arreglos. El cierre corre por cuenta de “Winter Bird/When Winter Comes”, que retoma el fraseo acústico del tema que abre el disco para luego lanzarse a un medio tiempo de tinte juglaresco. 

El nuevo disco de McCartney despertó un enorme entusiasmo en todo el mundo y multiplicó sentencias enmarcadas en el remanido “su mejor álbum desde…”. Los rankings –siempre– son caprichosos y marcados por el contexto. Mucho más cuando un disco tiene apenas unas pocas horas en la calle. Eludiendo entonces el fervor por los comentarios taxativos, McCartney III propone una efectiva dosis de alivio para el fin de año más agobiante de las últimas décadas. Así las cosas, poder abrazar once nuevas canciones de este Beatle vitalicio funciona como una brisa de aire fresco que todos merecemos disfrutar. «


McCartney III

1. “Long Tailed Winter Bird”. 2. “Find My Way. 3.”Pretty Boys”. 4. “Women and Wives”. 5. “Lavatory Lil”. 6. “Deep Deep Feeling”. 7. “Slidin'”. 8. “The Kiss of Venus”. 9. “Seize the Day. 10. “Deep Down”. 11. “Winter Bird/When Winter Comes”. Paul McCartney: voz, coros, piano, bajo, guitarra acústica, guitarra eléctrica, teclados y batería.