El sábado a las 21 en lavaca – MU (Riobamba 143), comienza Parresía en el desierto, la performance duracional de 24 horas a cargo de Rodrigo Arena. La gacetilla que informa sobre la performance del artista trans, reza: “Para explicar la impunidad de mis actos, la desesperanza de mi vida, la profundidad de mi sentimiento artísticos y la ruptura con mi familia”.

Luego de hablar con él, puede decirse que el orden es inverso.

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En noviembre del año pasado Rodrigo se fue de viaje a Grecia. Un poco para rastrear los ancestros de su abuela de origen griego, la única integrante de la familia con la se reconoce en un vínculo afectivo; otro poco porque quería darle un orden a sus inquietudes de género. Algo más de seis meses antes de ese viaje, Rodrigo estaba en Casa Brandon viendo una obra de unas travestis y pensó: “Creo que soy trans. Se lo comenté a mi pareja, tuvimos una charla y yo no sabía si era una mujer cisgénero (cuando la identidad de género coincide con el sexo asignado al nacer; es el término opuesto a transgénero). Después de eso no hablé por medio año”. Rodrigo en ese momento se reconocía como Belén y tenía una pareja mujer, con la que aún hoy continúa.

En Grecia conoció “un montón de varones trans porque fui a trabajar a un museo de arte queer”. “Yo soy un varón trans, dije ahí. Conocer gente me abrió la cabeza, me hizo pensar en qué identidad quiero, cómo quiero que me llamen. Nunca me sentí identificado con el nombre Belén. Y estuve un montón de meses buscando el nombre hasta que un día me cayó. Tenía un par de opciones y elegí Rodrigo porque siempre me gustó, particularmente por El Cid Campeador (Rodrigo en su época era Rui), que empieza en un destierro; yo en ese momento me sentía en un destierro familiar.” La familia de Rodrigo aún no sabe que es un varón trans -aunque sí la aceptó desde el inicio como lesbiana-, un dato que ni siquiera espera que sepan a partir de la performance, ya que no cree que se enteren de su realización: el vínculo con su familia está interrumpido.

Rodrigo mismo lo dio por terminado al mes de estar en Grecia, comunicando su decisión y dando sus argumentos en un extenso mail de 20 minutos de lectura: “lo cronometré”, explica sonriendo. En ese mail, también, está el germen de la performance, que en principio había pensado de una semana de duración pero que las condiciones de producción “lo hicieron bajar a 24 horas, que es lo que conseguimos”. El plural responde a que junto con él, su novia y un fotógrafo participarán de la experiencia de estar 24 horas en permanente actividad: él realizando su arte -que tiene un guión y una pauta de segmentación en horas de partes de su vida-, su novia asistiéndolo y el fotógrafo registrando toda la experiencia, a la que se recomienda asistir con bolsa de dormir, y en la que se ofrecerá gratuitamente bebidas y café y se venderá comida.

“Lo que intento es explicar, como si se lo explicase a mi familia, mi dolor desde la infancia hasta la actualidad.” Entre algunos de los dolores de Rodrigo está el abuso sexual infantil de parte de un tío y el silencio cómplice de sus padres, y el involucramiento de su nombre en estafas perpetradas por su padre, a quien además relaciona con la represión durante la dictadura, cuando era miembro del servicio de inteligencia de la Marina. Hubo otros dolores que pueden denominarse menores, y que motivaron el hartazgo final de Rodrigo. Hartazgo que lo llevó a una elección de género que no relaciona con la figura de su padre, si bien reconoce que sólo dejó de odiar a los hombres desde que decidió formar parte del universo masculino desde la galaxia trans: “Padecí un odio visceral hacia los hombres, nunca tuve hombres en mi vida hasta ahora.”

“Tampoco me interesa someterme a un género en el arte. Por eso me interesa la crudeza que tiene la performance en general, que surgió de artistas visuales que necesitaron poner su cuerpo para exponer su obra. Además que permite trabajar con la realidad -yo me paro desde mí, desde mi vida-, tiene una aspecto duracional que me interesa porque me interesan los extremos, las situaciones límites. Así como le interesa a toda mi generación, creo que en eso hay una cuestión generacional: en la danza está que te tenés que cagar a trompadas o bailar hasta que no des más y se tiene que ver el cansancio. Bueno, en la performance es los mismo, es buscar el límite, porque buscamos sentir algo.” De la toma de esos riesgos también viene el título de la obra: “La parresía significa decirlo todo, pero el parresiastés es una figura que lo dice todo y eso incluye un riesgo para esa persona. Y yo creo que mi performance incluye un riesgo.”

Sin embargo nadie llamó a Rodrigo a dar testimonio de su vida y elecciones -en realidad el mundo se los pide a todos, pero a nadie obliga-. Entonces ¿por qué sus decisiones artísticas, además de su militancia tanto pública como privada al defender su derecho a darse un beso con su novia en La Biela?

“El sistema es binario y yo definitivamente no me identifico como una mujer cis -sintetiza su manifiesto-. Pero dentro del espectro me identificaría dentro del trans masculino, y quiero conseguir nuestra visibilidad. Recién ahora nos estamos empezando a organizar. Me acuerdo que cuando salí del closet como lesbiana, las lesbiana no estaban organizadas: no sabías dónde entrar, dónde ir, y ocho años después es otra cosa, hay referentes artísticas, hay una música lésbica y no del colectivo puto, que siempre tuvo una cultura súper fuerte. Y creo que está pasando algo similar con lo trans: las mujeres trans tienen mucha visibilidad y falta esa misma visibilidad con los varones. Porque por el mundo patriarcal en el que vivimos es mucho más difícil que una persona que nació signada mujer transicione a varón, se lo ve como una amenaza mucho más fuerte, porque se lee como una mujer intentando ocupando el lugar de un varón sin tener una pija, y la sociedad es falocéntrica. Yo quiero pararme como varón y deconstruir lo que es un varón en esta sociedad. Cuando me subo a un taxi y el taxista me empieza a tratar de chabón, me dan ganas de decirle: no soy ese varón al que estás hablando. Yo milito todo el tiempo y como puedo. Es re duro, pero cada vez tengo un poco más de seguridad, más herramientas. Las situaciones a las que me enfrentaba cuando salí del closet como lesbiana ahora las manejo de taquito. Pero con lo trans todavía no: vivo situaciones nuevas de discriminación, incluso perdiendo laburo, algo que nunca me había pasado: soy profesor de yoga y muchas alumnas dejaron de venir porque me empecé a llamar Rodrigo, y antes no me enfrentaba a exponer si era lesbiana o no, nadie te lo pregunta. Pero ahora como soy Rodrigo y tengo tetas, empecé a perder alumnas”. Todo un parresiastés.