Por Pablo Guyot, músico

Era el ’83. Con Alfredo Toth estábamos tocando en la banda de Raúl Porchetto y teníamos ganas de armar algo. Justo cuando estábamos por largarnos con GIT, Charly nos convoca para hacer la gira de Clics modernos. Nos sumamos y decidimos postergar la salida de lo que veníamos preparando.

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En el grupo estaban Fito Páez (que entró para reemplazar a Andrés Calamaro, que se había metido de lleno con Los Abuelos de la Nada), Daniel Melingo de Los Twist y Fabiana Cantilo. Fue algo impresionante. Nos matamos ensayando unos meses y salimos al ruedo. Sin dudas, uno de los hitos de mi vida.

Hicimos unos 30 o 40 shows juntos. El primero fue en La Plata, y como teníamos fechas en todo el país y en Latinoamérica, tocamos dos veces: terminó el último tema y volvimos a empezar… ¡La gente deliraba! Fue larguísimo, pero no lo podían creer. Es que nos encantaba sonar perfecto, y ese nivel que exigía Charly nos motivaba.

Era tremendo verlo en acción, estaba en un momento formidable, muy adelantado a su tiempo en comparación con lo que había. Salía un disco suyo y los demás desaparecían (salvo excepciones como, por ejemplo, Spinetta). Era hermoso, el mejor lugar donde uno podía estar. Todo lo que traía Charly era una bomba, y era muy cómodo trabajar bajo su liderazgo: nos dejaba ser y aportar. Sacaba lo mejor de nosotros.

Cuando grabamos Piano bar rescató el sonido de la banda en vivo y buscó que fuera un disco con menos capas y arreglos. Casi no lo ensayamos, nos mostró los temas en el estudio y los grabamos de primera toma. Todo lo que se escucha en el disco fue tocado una vez, nunca repetimos nada; ni siquiera los solos. Grabamos en tres días, algo que solo él podía lograr. Vio algo que nosotros no y fue increíble: eso es Charly. «