«El libro me lo propone Sergio Olguín hace cuatro o cinco años para otra editorial», arranca Pablo Ramos su primera respuesta, la mirada buscando un algo en el techo para no posarse en la del periodista, las manos sin encontrar reposo. Hasta que puedas quererte solo, se titula el libro en cuestión. Fue lo último que escuchó la primera vez que, por propia voluntad, llegó a Narcóticos Anónimos, un domingo caluroso de noviembre de 1997. Se la dijo un cincuentón del que nunca supo el nombre: «Pase lo que pase, vos vení -lo despidió el tipo ese día-, que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo.»
Ramos tiene molestias gripales y para hablar se saca de la boca el caramelo que le ayuda a sobrellevarlas. Dice que es para que se lo entienda mejor. Leyendo el libro, viendo su programa Animal que cuenta por Canal Encuentro (cuentos de la literatura argentina), sabiéndolo guionista de la exitosa serie televisiva Historia de un clan, dirigida por Luis Ortega, uno sospecha que eso de ser entendido ha sido un tema recurrente en la vida de Ramos. Acaso «el» tema. «Para mí escribir es ordenar las cosas. Esto que dice Santa Teresa: las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura.»

–¿Y qué ordenaste escribiendo este libro?
–Ordené las heridas. Qué categoría y jerarquía tienen. Las que me hice, me hicieron y las que hice. Hay algo muy misterioso: es tan discriminado el adicto a nivel social y muchos de los adictos son tan maravillosos, que me pongo en contra de esta idea hegemónica de demonizar que ahora vuelve con la derecha.

Y su pequeña hija Antonia lo interrumpe para darle el caramelo. «Gracias querida», dice Ramos, y sigue explicando su libro: que está dedicado a un familiar de un adicto más que al adicto, que es espiritual y no religioso, que el psicoanálisis fracasa en la ayuda al adicto, que el mérito es de (Carl) Jung, que conocidos le dicen: «¿No tenés miedo de que lo confundan con autoayuda? Todos los libros tenés miedo de que los confundan. Y al final, hay alguien que lo confunde. Y tiene su derecho. Si algo que escribís ayuda a alguien, no lo vas a negar, al menos que tengas complejo de Alan Pauls, que no es mi caso. Para mí escribir es un trabajo espiritual. Corregir -me dijo Abelardo Castillo-, se corrigen personas, no se corrigen textos. El enfoque es una cuestión moral, decía Leonardo Favio.
Ramos ya mira a los ojos. Incluso toca la pierna cuando habla, como lo puede hacer un amigo. Y uno lleva su sospecha a que, más que ser entendido, el tema en su vida ha sido ser escuchado.
«La creencia ciega de que existe un poder superior es un requisito importante -explica los doce pasos que impone la terapia de recuperación y que representan cada uno de los capítulos del libro-. Porque el que toma una droga está buscando una epifanía; o una experiencia que lo saque de lo habitual.
Sostiene que para él las fiestas de fin de año son «veneno»; huele cocaína, entonces decide irse con los monjes trapenses de Azul: «El principio de fiesta es igual para todo el mundo, para mí el problema es el final», dice casi sin respirar y por las dudas, sonríe: «Dios no existe, es verdad. Creo en Dios porque me parecía inverosímil que pudiera existir, como a los 35 años creí que poder ser escritor era inverosímil, viviendo en una pensión. Y hoy estoy viviendo de la literatura.»
Explica –se explica– que Roquentin, personaje de La Náusea (de Sartre), y Esteban Espósito, de El que tiene sed (de Castillo), «tampoco existen», y, sin embargo, son las dos personas que más le cambiaron la vida. Muestra un anillo que confiesa habérselo hecho más chico para no poder sacárselo: «Adentro dice: ‘Un día construido, como una estrella’ (El que tiene sed). Tengo que construir mi día como una estrella, me dije. Una ilusión, un acto así, mágico. Para mí la lapicera es la varita mágica, y la máquina de escribir, la máquina del tiempo.»
Su ilusión no es obediente, podría decirse; o no es una ilusión a concitar mayoritarias voluntades. «Tener un auto puede ser una ilusión. Siempre creí porque tengo un abuelo maravilloso, que apuntar bajo, hace que pegues abajo. Apuntar alto hace que, quizás, tengas la posibilidad de pegar alto. También te vas a dar cada palo… Ahora, yo prefiero darme un palo que arrastrarme por el piso. Son espíritus, hambres que se tienen. Hacer mi literatura para descubrir un crimen que hizo no sé quién, no tengo ganas, me aburro. Paul Auster dice que lo que a él lo mantiene vivo es que quiere ser un gran beisbolista. ¡Hoy! El sueño del niño. Y yo siempre quise ser una estrella de rock. Ese sueño imposible te mantiene.

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-¿Y cuál fue tu «hambre»? ¿Qué te permitió escribir Historia de un clan?
-Escuchame, ese no fue Arquímedes Puccio, fui yo.
-Pero es un Arquímedes Puccio súper creíble.
-Claro. Porque le presté mi oscuridad. La que yo me imagino de él no es creíble. Entonces le presté mi oscuridad. La conversación con la cucaracha (una escena de los últimos capítulos) salió cuando estábamos con Luis, apareció una cucaracha, la pisé y no se moría. ‘Hola, querida’, le digo a la cucaracha. ‘¿Qué?’, me dice Luis. ‘Es una mina’, y Luis me dice: ‘genial’. Y armamos la escena. Hay un mecanismo funcionando, por supuesto, que es un artificio. Pero le prestamos un poco la mugre del departamento de Luis. Y la mugre es mugre. A los personajes les prestás tu oscuridad. Si no le presto mi energía al personaje, y pienso en la energía del que imagino, no le va a pegar a nadie; pero si le imprimo mi energía le rompo la cabeza. Lo que hay en cada cosa que escribo es mucha energía mía.
-¿Te resultó sencillo llegar a esa idea, esa actitud, viniendo de la adicción?
-La obsesión, la compulsión y el egocentrismo son las tres características del adicto. La obsesión la transformé en literatura, la compulsión en sentarme a escribir y el egocentrismo en humildad durante los seis años que fui a escuchar en silencio a Abelardo Castillo y Liliana Heker, a pesar de que me quería defender; ahí ejercité la humildad. Lo único que te libera del egocentrismo es la humildad, aceptar la opinión del otro sin discutirla. En mis talleres hay un círculo, alguien lee, todos escuchan, y no hay respuesta ni nada que decir de la persona que es criticada; al final critico yo. No se puede decir nada. Se abre el oído. Las discusiones literarias, las mesas redondas son conciertos de gente con los oídos tapados. Si la máquina de escribir tuviera notas, las librerías estarían más vacías. Entonces, al final, uno sospecha que el tema de Ramos fue liberar oídos. A un costo que incluyó internaciones varias, recaídas continuas y hasta ocho meses en la cárcel de Caseros. «No quiero seguir haciendo cosas de asesinos -dice-. Salió bien, pero prefiero hacer Animal que cuenta, porque generalmente esa es fascinación de burgués. Aprendí a desmitificar todo eso de la calle, esa idea romántica. Lo mismo que la droga. Tampoco me conmueve los que trabajan, que ahora es chapa: pasa una mina, le miran el culo, le dicen algo y te dicen: ‘tamos trabajando fiera’. ¿Y? Desde que vivo de la literatura los lunes son mis domingos: me levanto a ver cómo la gente va a trabajar; porque a los 9 la gente iba al colegio y yo trabajaba. ¿Tengo derecho?» «

Odio sin silbido y recaída

“El odio es como querer entrar a una casa llena de escombros. ¿Cómo entro a esa casa, cómo la habito? La ternura es vaciarla, dejar que se vaya. A veces cuando estoy odiando a estas personas que odio -que no son pocas-”; se interrumpe, se ordena y recuerda aquel día que recibió el Martín Fierro en el que se guió por Santa Teresa. “Ves a un tipo como (Jorge) Lanata, que nació a una cuadra de mi casa, que hoy se olvida de todo, que por dinero hace lo que hace y ayuda a que otros destruyan lo que se destruyó en este país, con facilidad lo odiás. La diferencia es no silbarlo. Y pensar en las personas que están pelando. Pensé en ustedes en el acto, pensé en Cristina (Fernández) porque una boluda antes dijo que la habían censurado; pensé en mi hija. Después de decir lo que amo, de corazón, dije: no voy a silbar para no arruinar eso que tengo en el corazón. Ese día recaí. Me tomé cuatro whiskies, de etiqueta azul, le di unos mangos al mozo, un morochazo, y me los tomé uno atrás del otro y me fui. Hacía mucho que no tomaba.”

«No existe el paraíso artificial»

“Un tipo con una tremenda sobredosis de merca, paranoico –dice cómo se imagina a José López, ex secretario de Obras Públicas–. Empiezo la escena con una tremenda raya de merca, el tipo reduro, reparanoico, que le suena el teléfono. Ring, ring, ring. Bolsa, y al convento. Y el anti López sería el personaje de Robert de De Niro en Brazil. Yo agarro esa bolsa, me voy a la (Villa) 31, y viva Perón, empiezo a agitar la bolsa y a la mierda. El tipo para mí tenía una paranoia infernal. Será que como buen merquero que fui, veo en esas actitudes siempre la merca.” Y recuerdo: “Yo he ido a lo del puntero llorando. A Baudelaire no le creo nada: ni la poesía que escribe, ni el paraíso artificial. No existe, existe el infierno artificial. El paraíso artificial es la idea de Dios, más barata. Y burguesa, excesivamente burguesa. Porque pega mal la falopa en la clase trabajadora: pega con culpa, pega que te gastás la guita que va para tus pibes, y al otro día estás arruinado. Te da vergüenza ser drogadicto. Hasta que escuchás que es una enfermedad, y ahí respirás con alivio.”