Shivers (1975)

Un recorrido por la filmografía de David Cronenberg es, sin duda, un recorrido por lo escabroso, por lo que se prefiere ocultar, casi que se elige no ver. Con ciencia ficción, con sexo, con drama, con misterio (psicológico o no), pero siempre con eso que Jaques Lacan gustaba en llamar detrito: lo que todo ser animado desecha y que de distintas formas oculta porque no soporta, por más que lo justifique en la higiene. Así, en este recorrido al que es posible acceder teniendo Internet (y algo de plata, por supuesto) se puede empezar con Shivers (Vinieron de dentro de…, en su título en español), que cuenta una historia macabra sobre la que hoy algunos encuentran cierto eco en el Covid. Se trata del experimento científico de modificación genética que da por resultado una especie de babosa que busca cuerpos humanos para sobrevivir. Una vez dentro de hombres, mujeres y niños y niñas, cada uno de sus portadores se convierte en un depredador sexual: así contagia a más humanos. Todos los fantasmas que desatan las primeras predicciones sobre modificación genética y la censura que empieza a asomar como opción ante una sociedad cada vez más cargada de sexo (explícito o no), aunque no tanto de deseo (en decadencia), afloran en Shivers; Cronenberg volverá sobre el asunto.

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Videodrome (1983)

Los jóvenes del mundo braman ante la llegada de uno de los films más distópicos de la década: los ponía como los protagonistas centrales de la historia; la informática, las computadoras y todo el mundo de los bytes era tan novedoso, que sólo ellos estaban en condiciones de salvar de sus perniciosas y antipublicitarias consecuencias no deseadas (y por eso ocultadas) de su desarrollo. Luego de haberlos conquistado con Scanners, y abandonando por primera vez el morbo franquesteneano de los científicos, Cronenberg se mete con la nueva niña mimada de la ciencia (la tecnología informática), para contar cómo Max Renn, un aburrido operador de televisión por cable, un día descubre una televisión “real” (nada más lacaniano) llamada Videodrome (un prefacio de lo que hoy se dice que es la Internet profunda). Allí hay un mundo en el que el vídeo puede controlar y alterar la vida humana (¿les suena?). Andy Warhol dijo de ella que era la “Naranja mecánica” de los 80.

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La mosca (1986)

Cronenberg une sus dos obsesiones (hasta ese momento, claro): la mutación producto de la manipulación científica, y las consecuencias ya fuera de cualquier control que trae toda la tecnología derivada del software y hardware. En The Fly (tal su título original)

Seth Brundle (Jeff Goldblum, ¿papel precuela de Jurassic Park?), una vez más, un excéntrico y solitario científico, consigue lo que la humanidad sueña desde hace milenios: la teletransportación. Y decide probar su revolucionaria cabina con su propio cuerpo. En el momento del experimento, una mosca se mete en el artefacto. Y entonces, desde ese momento, Brundle se va transformando cada vez más asiduamente en una mosca. En una metamorfosis bellamente kafkiana, con este film Cronenberg vuelve a demostrar que son las épocas las que crean los artistas que necesitan para darse a conocer en todas sus dimensiones, incluso las menos soportables.

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El almuerzo desnudo (1991)

Cronenberg se pone psicodélico: las raves son furor en el Primer Mundo (en breve lo serán en la Argentina del 1 a 1) y chicas y muchachos disfrutan de las buenas cosas que con generosidad desconocida históricamente (y sólo para drogas de diseño), el llamado sistema les provee. Pero como ya había anticipado William Burroughs (en cuya novela se basa Cronenberg para su historia bien contemporánea), hay resaca, ningún placer es inocuo; siempre hay resaca, se trate de la euforia que se trate. Y eso es también lo que vislumbra el gran director canadiense: caído el Muro de Berlín y derruida la Unión Soviética, el mundo ingresa en un estado de éxtasis (eso que unos años antes nuestro Charly decía que todo el mundo quería porque era un misterio de amor, una forma de ser feliz) que lo llevará a alucinaciones varias (¿incluida la del Fin de la Historia?). Como desde el inicio de este recorrido con Shivers, Cronenberg hipotetiza sobre lo por venir en breve, cuando la mayoría se dedica a la sentencia inmediata (siempre fallida).

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Una historia violenta (2005)

Quedan varias en el camino (como, por ejemplo, la tétrica y extremadamente inquieta Crash; o la tan inextricable como excitante y diabólica Existenz; por no hablar de Pacto de amor), pero esta lista -que también está sesgada por la posibilidad de acceder a las películas- se cierra con su primer gran film del siglo. Una especie de ‘el pasado lo condena’, en la que el genial Viggo Mortensen, a la vista de todo el público como un afable padre de familia asentado en el Medio Oeste de Estados Unidos, prácticamente de un día para otro se convierte en un despiadado violento dispuesto a lo indecible para preservar la vida de su familia. Esa valía lo vuelve incómodamente conocido, y aquellos de los que se había ocultado con tanto éxito durante años, ahora están de vuelta. Y mientras van a por él, Tom Stall (nuestro héroe), siente otra presión peor: que ese pasado que al haber escondido le había dado este presente de apacible amor, sea descubierto por sus hijos y su mujer.

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