Nacido en Boedo en 1995, hijo de Vicentico y Valeria Bertuccelli, Florián Fernández Capello es guitarrista y cantante. Integró el grupo Callate Mark y Los Fabulosos Cadillacs, y en 2019 empezó su carrera solista. Editó el single «TKM», con buena repercusión, al que luego complementaría con la salida de «La Fe», «Mi amor se fue» junto a Zoe Gotusso y «Llorón», canciones que aportaron un nuevo matiz a la escena musical joven argentina.

A fines del año pasado lanzó X AMOR, su primer álbum. Reúne ocho canciones que combinan bases electrónicas con instrumentación orgánica. La producción artística es de Mariano Otero. Hace semanas dio a conocer una versión de «Nada», el clásico tango popularizado por Julio Sosa.

–¿Un músico también puede aburrirse por la rutina?

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–Depende de cada uno y de cómo se lo tome. Para mí cantar es un desafío. Es algo de lo que me tengo que ocupar un montón, por eso siempre estoy activo y no me aburro.

–¿Cómo te ocupás de mejorar tu voz?

–Tomo clases y entreno vocalmente todos los días. 

–¿Cómo te llevás con el tiempo?

–Soy muy organizado. Hay que tomarse un tiempo para ensayar, darte el lugar para componer, estudiar… Darle continuidad a todo. A algunos les sale todo más fácil. Yo trato de trabajar en cada aspecto y ser consecuente.

–¿Estudiaste psicología?

–Sí, intenté. Pero me incliné por lo expresivo. Me gusta, me parece interesante cómo funciona. Hago terapia hace un montón de años.

–¿Te sirve?

–Un montón. No solo en lo personal: es un espacio donde laburo un montón de mis canciones, de alguna forma. Quizás no directamente, pero es un lugar donde uno hace un proceso que luego aparece en la manera de escribir.

–¿Qué otras artes te motivan o inspiran?

–Me gusta dejarme influenciar por todo lo que me rodea, tengo un concepto abarcativo de lo artístico, creo que todo se relaciona. Me gusta el cine, por nombrar una disciplina, pero la inspiración viene de todos lados, porque te puede conmover una foto, una escena o el viento moviendo las hojas de los árboles. El tema es transferir lo que uno siente a una letra y una música.

–¿Soñabas ser otra cosa de niño?

–Siempre soñé con jugar en San Lorenzo y gambetear como el Pipi Romagnoli. Hasta los 11 o 12 años casi todo pasaba por ahí. Aunque la música siempre estuvo. Todavía me pregunto en qué momento elegí ser músico. Se fue dando de manera muy natural. Me apasiona y listo, pero no descarto en otro momento hacer alguna otra cosa. Soy relajado con eso. No me cierro ni me autolimito.

–¿Qué es lo mejor de las giras?

–Todo. Viajar, la manera que sea te abre la cabeza y te nutre, obvio. Es siempre inspirador moverse por distintos lugares.

–Debe haber sido muy diferente salir de gira con Callate Mark y con los Cadillacs.

–El agua y el aceite, está claro. Viví por suerte las dos cosas, las dos experiencias. Los Cadillacs es lo más mainstream de lo mainstream y también viví irme con mi banda, que era lo más under de lo under.

–¿Entonces no fueron a los mismos hoteles?

–(risas) Con los Cadillacs íbamos a hoteles espectaculares y con mi banda a veces no teníamos dónde parar. Pero nos movimos un montón. Una experiencia era ir y curtirnos, buscando lugares para tocar; la otra era jugar en primera. Las dos cosas estuvieron buenísimas.

–¿Qué lugares te sorprendieron más desde lo gastronómico?

–Donde más rico y variado comí fue en Perú. Es increíble. Son cracks. No la podés creer, y si te entregás, te sorprenden todos los días con algo bien diferente, que lo querés comer hasta que se acaben los tiempos. La comida mexicana también es una bomba hermosa. Y obvio en la Argentina, donde vayas siempre hay algo espectacular, algún secreto bien guardado.

–¿Es un arte la cocina?

–Sin dudas, es re artístico el proceso. Tengo un amigo que es chef y siempre le digo cuando me invita a la casa: esto es arte. En todo sentido, estéticamente y por la paleta de sabores con la que juegan con tu cerebro.

Foto: Télam

–Antes nombraste al cine. ¿Hay algún género que te llame más la atención que otro?

–No especialmente. Depende de la película. La historia es lo importante. Tampoco sigo a un director  o directora, o a un actor o actriz. Cuando miro algo me conmueve o no me conmueve. Es como una canción. No importa de qué género sea. Te llega o no. Te mueve algo o te deja indiferente.

–¿Es fácil conmoverte o sos hueso duro de roer?

–No, para nada. Si me divierte o me entretiene ese rato, ya está. A veces conmover es hacerte pasar un buen rato. No hay que ser tan solemne. Si me engancha, me gusta alguna actuación o es una situación que llama mi atención, ya entro. Si algo sucede está bien, como con las canciones, te repito, hay que dejarse sorprender.

–¿Si toca una fibra, aunque sea superficial, estás conforme?

–Exactamente. Si hablo con alguien que tiene una mirada más profunda sobre la importancia de ciertos aspectos de los géneros o  de lo que es una buena película, me parece interesante y respeto su mirada, porque puede servir para ver algo que uno no ve. Pero la verdad, a mí no me pasa.

–¿Sos muy poco prejuicioso?

–Sí. En la música pasa mucho. Músicos que quizás la mayoría no los considera cool te pueden sorprender. Yo voy por canción, no por género o artista.

–¿Es por algo generacional esta apertura?

–Sí, creo que hay una generación más desprejuiciada en muchos aspectos. Todos tenemos lamentablemente algo de prejuicio, algunos más que otros, pero uno lo ve en los festivales: cómo se respetan los públicos de cada grupo, cómo se relacionan. Creo que tiene que ver con la manera de consumo aleatorio que te permite la tecnología.

–¿Cómo te llevas con el celular y las computadoras?

-Bien. No entiendo mucho,  no soy particularmente fanático de la tecnología, pero soy medio bicho de ciudad, tampoco te voy a decir que podría estar un mes sin electricidad y sin internet. En el pequeño estudio que tengo en casa trato de no desenchufar nada porque después no sé cómo armarlo (risas). «