Es el cineasta independiente por antonomasia. Produce todas sus películas en Ituzaingó y su figura como docente es mítica.

–¿Qué es lo próximo que vamos a ver de Perrone?
–Tengo dos películas terminadas que calculo tendrán destino de festival. No quiero hablar mucho de eso. Sigo mostrando mi último estreno, Combo 15. Además, quiero empezar a filmar otra, pero tampoco puedo adelantar mucho.
–¿Qué te motiva para ser tan prolífico?
–Si me enrosco mucho en quejarme o ver qué no me dejan hacer, no hago nada. Hace muchos años que estamos mal, entonces aprendí a seguir más allá del gobierno o la opinión de los pelotudos. Me importa como ciudadano que apoyen la cultura, pero hacer películas siempre me costó. Estoy acostumbrado a que nadie me de nada. Desde los ‘90 vengo contra viento y marea. Nunca la tuve fácil. Mis motivaciones son personales, porque si no, nunca hubiese hecho nada.
–¿Cómo es eso?
–Son mis pasiones, mis deseos. Lo que quiero decir. A veces tengo menos ganas que otras, porque soy grande y hago de todo, pero siempre hay una peli dando vueltas. Es mi manera de vivir.
–¿Fuera del cine qué te gusta hacer?
–Vivir. Trato de pensar, de disfrutar momentos. Me pongo a leer algo un rato quizá, algo de música, pero sin demasiada atención. Mi labor docente me requiere mucha energía.
–¿Podrías nombrarme libros que te gusten?
–Mis libros favoritos son los de Pier Paolo Pasolini. Son los únicos que pude terminar. No soy un gran lector.
–¿Te gusta escuchar música en el auto?
–No manejo. Una sola vez tuve un auto: en los ‘80 me compré un Citroën 3cv. Iba de acá para allá. Fue el único auto que quise tener en mi vida. Pero al año lo prendí fuego y lo filmé.
–¿Por qué?
–No me gustaba mucho manejar. Me ponía de mal humor. No quería ni escuchar música ni que me hablaran. Lo quemé porque no quería que fuera más de nadie. Quería que fuera solamente mío. Tengo el VHS todavía.
–Esas llamas fueron casi una intervención artística.
–Ponele. Si fuera hoy, estaría en Instagram, y hubiese hecho una instalación. Pero en esa época lo vi yo solo. Lo filmé en silencio mientras ardía.
–¿Cómo llegaste al cine?
-Fue intuitivo. Soy autodidacta. En los ‘70 con un amigo fuimos a una casa de fotos que filmaba cumpleaños de 15 y casamientos, y la contratamos para hacer una película. Armamos unos cortos que mostrábamos dónde podíamos.
–¿Sos un vago activo?
–Puede ser. Siempre filmé en mi barrio para no tener que moverme. No hago guiones, me cuesta leer. Pero me gusta crear. Así es mi personalidad. Improviso bastante, me cuesta planificar. Tengo mi forma.
–¿Cómo es?
–Me aburren las rutinas. Pero para mí hay una fórmula: siempre filmar con una sola cámara, cagarse en el formato. El equipo técnico no debe superar las diez personas. Filmar casi todo en exteriores para ahorrar luz y no discutir con el director de fotografía. Utilizar sonido directo. Trabajar con actores y actrices creíbles, siempre con cuatro o cinco vecinos. Tirar una sola toma, en caso extremo, dos, con rodajes cortos, como máximo, ocho días. Y siempre, pase lo que pase, terminar la película.
–¿Por qué la adolescencia es un tema recurrente en tus películas?
–Me preocupa cómo se la margina y cómo se la trata en una sociedad que no le da tanta bola. Me gusta mirarla poéticamente y darle voz.
–¿Qué solés pedir en un bar?
–Soy del macchiato: todos saben en Ituzaingó que yo pido eso. Un café expreso con pequeña cantidad de leche caliente y espumada. Es lo que más tomo en bares. Pero lo que más tomo es mate. El termo siempre al lado mío. «
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