La verdad está en los discos, en sus canciones. Su voz cariñosa, dulce, algo desgastada, sabía, triste y sofisticada al mismo tiempo la volvieron inolvidable. Billie Holiday funcionaba en escena como una instrumentista: era una jazz woman. Su instrumento fue su voz, que se puede comparar sin temor a equivocarse con la trompeta de Armstrong o el saxo de Lester Young, por nombrar algunos emblemas del género. Fraseaba como ellos y se permitía iguales libertades con la melodía y el ritmo.

En un cuarto de siglo fugaz pero brillante registró cincuenta álbums, cuarenta discos simples, doce temas compuestos y ocho nunca grabados, y treinta premios y honores. Entre ellos, Grammy por la carrera, un lugar en el Salón de la Fama del Rock, y una estampilla con su cara. Lo que Billie Holiday  nos dejó y tiene plena vigencia es su manera de interpretar.  Nadie caminaba con tanta elegancia y sutileza por el escenario, se inclinaba levemente al terminar, y desaparecía en las sombras como  lo lograba este icono del jazz.

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El  eco perpetuo de su voz con estilo propio la hizo inmortal.  La imagen de mujer atormentada (y  vaya si lo era, la vida  le ofreció obstáculos difíciles por doquier) dictaba el tono de algunas de sus grabaciones que ella reforzaban el estereotipo de la solitaria, la incomprendida, la maltratada. Eso se tradujo en interpretaciones ralentizadas, donde exprimía el contenido emocional de las letras. Su creatividad no se agotaba para frasear. Era única. Era Billie Holiday.

La cantante falleció  por cirrosis hepática el 17 de julio de 1959, a los 44 años,  casi sin dinero, en soledad solo escoltada por su perro, mientras pagaba con arresto domiciliario por “tenencia criminal de narcóticos”. Es decir, no estaba del todo sola, ya que con custodia policial permanente, murió víctima de una vida turbulenta y con fuertes adicciones y tragos amargos que le pasaron factura.

Pero tres años antes de su muerte dejó escrito una autobiografía que titulaba “Lady Sings the Blues”. A través de este escrito, la intérprete detalla con sus propias palabras los abusos y vejaciones sufridas, sus problemas con la heroína y lo duro que fue crecer como mujer negra en un Estados Unidos racista y segregada. La autobiografía de la cantante —llevada a la pantalla en 1972 con Diana Ross como protagonista—, recuerda a sus canciones. A temas como “Strange Fruit”, que hablan de miseria y desamor; o a “My Man”, que habla con dolor y sin aparente escapatoria de la violencia de género mucho antes de que se acuñara el término. Lady Sings the Blues también habla de una infancia al cargo de familiares o conocidos en la que fue violada cuando tenía solo 10 años, y de una adolescencia donde las cosas no mejoraron.

Había nacido el 7 de abril de 1915, en Filadelfia (Pennsylvania), como  Eleanora Fagan.  Sus padres de nunca la criaron. Ni tan siquiera vivieron bajo el mismo techo. Su madre, Sadie, tenía 16 años cuando dio a luz  la pequeña Eleanora  y su padre nunca estuvo cerca  ya que apenas se entero  de su existencia huyó. Sufrió abusos sexuales de niña,  siendo violada a los diez años cuando limpiaba un burdel sin paga, comenzó a drogarse y prostituirse a los 12, pasó presa cuatro meses a los catorce por “la frecuentación de hombres por interés de lucro”, según la ley,  aunque  solo buscara unos dólares para comer.

Se educó musicalmente escuchando a Louis Armstrong,  Bessie Smith o Ethel Waters, artistas que también sufrieron infancias miserables.

El pináculo de su carrera son las grabaciones hechas con el pianista Teddy Wilson y su Orquesta (en total, ocho músicos) durante la segunda mitad de los años treinta. Billie prefería las formaciones pequeñas: sus experiencias con las big bands de Count Basie y Artie Shaw no resultaron tan estimulantes. “Strange fruit” (1939) fue su himno, allí denuncia de los linchamientos de negros en los estados sureños.  

Billie fue una de las tres voces de mujer más importantes del jazz, junto a Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald. En breve la directora Linda Lipnack Kuehl filmará un documental sobre su vida.