En momentos en que la taquilla no lo favorece, Martin Scorsese parece volver sobre una de sus mayores obsesiones: la religión. Como si fuera a buscar en la fe las explicaciones que la racionalidad no le puede dar a la falta de correspondencia entre la calidad de su cine y la recaudación de sus películas.

En esta oportunidad se trata de la historia de dos jesuitas portugueses que viajan al Japón de la segunda mitad del siglo XVII a buscar a un misionero que, se dice, luego de ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe cristiana. Al llegar, los misioneros tienen un recibimiento que los hace dudar de la valía de su antes maestro y hoy defensor de la fe oficial de los japoneses, el budismo. Así que, antes de dar la vuelta y dejar que los rumores sobre su conversión se conviertan en leyenda, profundizan su misión en Japón para demostrar la superioridad de su dios cristiano: él los llevará a la gloria del triunfo, que no es más que dejar en evidencia ante los ojos de los japones (como ya lo hicieron ante los pueblos occidentales) que ellos resisten cualquier cosa porque lo tienen a él de su parte.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

Si el Hasta el último hombre de Mel Gibson mostraba cómo la convicción puede convertirse en fanatismo aunque salve vidas, el film de Scorsese funciona como un espejo invertido: la intolerancia convertida en necedad. “No es necesario iniciar a nadie (en una religión) cuando hay tanto que compartir”, dice uno de los monjes budistas a los que la dupla Andrew Garfield y Adam Driver se enfrentan. Si bien el budismo era la religión oficial del estado, desde hacía más de un milenio convivía con el sintoísmo. Y eso de compartir -las creencias de la gente, por ejemplo- era algo que el cristianismo era incapaz de entender.

Pese a la convicción que muestra en los films de gángsters y mafia, Scorsese, como buen ciudadano del siglo XX, es un hombre de duda (valdría la pena un estudio comparativo entre sus películas sobre criminales de la fe, y la fe de los criminales). En los asuntos de la fe, el director neoyorquino no encuentra la manera de negociar con la crueldad.

Por eso pone en duda que la creencia de un hombre lo lleve a conseguir cualquier cosa, incluso algo que ahora no podemos imaginar. Lo mismo que poner en duda que cualquier idea se puede cambiar: sea por dolor o conveniencia, no hay principios inquebrantables, apenas necesidad. Tal vez por eso el sueño debe ser inconmensurable como el que pretendía la Iglesia de Roma de sus feligreses.

Puede resultar larga la película de Scorsese, pero es el tiempo que necesita el director (La última tentación de Cristo, por ejemplo, dura más o menos lo mismo) cuando trata temas de una delicadeza distinta para el espectador. De otra forma: del crimen todos tenemos más o menos la misma visión, en cambio de la religión y las creencias en general, la rispidez crece exponencialmente. En ese lapso, Scorsese consigue llevar al espectador a un punto de no retorno: no hay creencia que valga el sacrificio, aunque no el personal, sino el ajeno. Es el límite. Cuando la convicción en lo propio pone en riesgo la vida y la integridad del prójimo es el momento de parar la pelota y repensar lo que se piensa y lo que se cree.

En ese sentido es un film a contramano de los tiempos (La última tentación… también lo fue). Y es, desde el punto de vista del seguimiento de su filmografía, una especie de mea culpa del propio director por los propios excesos. Su alabanza del capitalismo neoliberal en El Lobo de Wall Street podría leerse como la antesala necesaria para una película tan pensada, detallista, calma. De aquel vértigo falto de cuestionamientos a esta reflexión infinita sobre qué verdad seguir, si es que hace falta seguir alguna. Como si de alguna manera viera en la miseria del mundo de hoy la responsabilidad directa de aquellos lobos fanáticos del mercado que él alabó, Scorsese llama a un silencio. Antes que uno que llame a no pronunciar palabra, a uno que llame a contemplar y observar todo el sufrimiento y el dolor que es posible hacer cuando lo único que se mira es la propia convicción.

Silencio (Silence. Estados Unidos, 2016). Dirección: Martin Scorsese. Guion: Jay Cocks y Martin Scorsese. Con: Andrew Garfield Adam Driver y Liam Neeson. 160 minutos. Apta mayores de 16 años.