Que la ceremonia de entrega de los Oscar fuera profusamente comparada en redes sociales con un casamiento, según momentos y/o cualidades de ellos, además de atinada, dice que los Oscar se han convertido en una de las fiestas más olvidadas por los jóvenes, que antes dejaron de tener en cuenta el casamiento. No, claro, se juntarán y reproducirán, como toda especie obliga, y como la cultura reclama: sin descendencia no hay transmisión cultural posible, y sin ella, el sentido, la motivación por la vida, decrece, como bien reveló Mark Fisher al analizar Niños del hombre, la película de Alfonso Cuarón. 

Es cierto que ante los efectos de todo tipo que produjo la pandemia nadie tuvo respuestas que hayan demostrado estar a la altura de lo que se necesita. Pero Hollywood (y en especial con su ceremonia de entrega de Oscar) hace años que viene padeciendo las críticas sobre su mentada fiesta anual: hubo cambios de todo tipo y ninguno dio el resultado esperado (que subiera el rating de la emisión, que este año llegó a su punto histórico más bajo); incluso el cambio de la Ceremonia por Zoom a transmisión a cuatro sedes resultó fallido. Hollywood no entiende lo que va apareciendo como evidente aunque aún nadie ha conseguido desentrañar (y si lo hizo no llegó a conocimiento de este cronista): el espectáculo que más conmoción colectiva causó en los últimos meses en Argentina -que es desde donde miramos- fue un streaming (encima grabado) de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado desde Epecuén, con la aparición por video del Indio Solari. Algo nuevo asomando que excede también la pericia de Hollywood.

Su idea de glamour, incluso de la rebelión, que generaciones anteriores vieron en sus integrantes e hizo que se prepararan una vez al año a vivir la entrega de sus premios como una batalla por el sentido, definitivamente son cosa del pasado. Y no es culpa de Hollywood: como cada uno de los seres e instituciones del planeta pelean por poseerlo día a día, y sin embargo hoy la propia habilidad cuenta poco en comparación con el pasado; a la hora de construir sentido el algoritmo adecuado parece tener más peso que la narración de una historia, incluso que la historia misma.

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Como toda respuesta Hollywood ensaya, por un lado, un equipo de estrellas compuesto por, entre otros, Brad Pitt, Zendaya, Rita Moreno, Joaquin Phoenix, Harrison Ford, Laura Dern, Regina King, Marlee Matlin, Reese Witherspoon, Renée Zellweger, Angela Bassett, Halle Berry, Bong Joon Ho, Don Cheadle, Bryan Cranston. Excepto Zendaya, no hay ningún sub 30: hasta los no tan lejanos ‘90, y sólo a modo de ejemplo, los Oscar sentaban en su platea a los héroes de Titanic (1997): Kate Wenslet (22 en ese año) y Leonardo Di Caprio (apenas uno más: 23).

Por otro, con premios salientes a Nomadland (Directora, Chloé Zhao, y Actriz, Frances McDormand) y a Anthony Hopkins. Cual último mohicano, Hopkins se lleva su segundo Oscar; uno de la vieja escuela, alguien que hizo a las últimas glorias de Hollywood (se lo llevó en 1991 por El silencio de los inocentes), acompañado de una película que les permite la corrección política de premiar a una mujer en Dirección por segunda vez en su historia (la primera fue Katheryn Bigelow en este siglo), además de ningunear a la gran apuesta de Netflix, Mank, una loa a los grandes estudios que hicieron que Hollywood fuera lo que llegó a ser, a la que en otros tiempos habrían atiborrado de premios. Para completar ese cuadro tan pudoroso de oposición al algorítmico streaming, Nomadland es una velada crítica a Amazon, que a la pobre de McDormand le paga menos de 400 dólares, que ni siquiera da para que se reproduzca como fuerza de trabajo: lo hace porque no le importa su reproducción, los jóvenes son mucho más aptos para los puestos de mayor productividad, y ya les pagaremos por debajo de sus necesidades de subsistencia cuando devengan en adultos mayores.

Eso es todo lo que tiene para decir Hollywood, antaño creador de sentido. Ah, y a McDormand arengando para que el público vea las películas en cine: sólo en Los Ángeles cerraron más de 300 salas en 2020.

Hollywood padece por parte de los capos del streaming -que hacen todo aún más estandirizantemente chato- la misma humillante tiranía que ejerció durante décadas sobre decenas de cinematografías nacionales. Quienes le dieron vida (actores, directores, guionistas y demás) se irán con el mejor postor: la pandemia sólo adelantó los tiempos. La ceremonia 2021 de los Oscar suena al último estertor de algo que ya fue.