“Cuando terminó dije: ¿y ahora qué hacemos? Daban ganas de seguir”, confiesa Rodrigo de la Serna. Habla de Inseparables, la película que protagoniza junto Oscar Martínez, dirigidos por Marcos Carnevale. El film que este jueves llega a los cines tiene varias particularidades. La primera es que se trata de la remake de una película extranjera (Intouchables, Francia), algo que, según su director, sucede por primera vez en el cine argentino. La segunda es que se trata de una historia real: está inspirada en la vida de Philippe Pozzo di Borgo, tetrapléjico desde 1993 y autor del libro Le Second souffle, donde cuenta su relación con Abdel Yasmin Sellou, su asistente a domicilio. La tercera es que su versión francesa es reciente, 2011, y por lo general se estila hacer remakes de películas más distantes en el tiempo. La cuarta es que Intouchables fue votada por el 52% de los franceses como el evento cultural de 2011. La última curiosidad de esta enumeración es que la versión argentina acaba de ser seleccionada para la sección Cinema nel Giardino del Festival de Venecia, y los festivales no suelen seleccionar remakes.

Lo que se ve en pantalla es un grupo humano que la está pasando bien haciendo lo que está haciendo. Y, seguro de allí, la reflexión de De la Serna. Es que pasarla bien en cualquier aspecto de la vida es invalorable. Y en el arte, más allá de los gustos siempre dispares, como espectador se agradece. Así que más allá de la cantidad y calidad de sus cualidades, Inseparables es un título que también parece dar cuenta de la relación que consiguieron entablar Carnevale, Martínez y De la Serna.

“Hay rodajes que son muy duros -dice el actor aunque no haga falta, para correrse del fantasma del lugar común que recorre cualquier entrevista: lo que se presenta es lo mejor que le ha sucedido a quienes lo hicieron-. Son agotadores, extenuantes. En este caso, bueno, sí, es un trabajo y son diez horas por día que uno está ahí adentro, pero había tal libertad y fluyó todo tan, sí, amorosamente, que la verdad es que fue el rodaje donde mejor la pasé.”

Rodrigo de la Serna es Tito, acaso “el” personaje de la película y el que más costó conseguir (ver recuadro Carnevale). Se la pasa mascando chicle la mayor parte del film, aunque a De la Serna le parezca que son “sólo algunas escenas”. “Me gustó tenerlo porque me imaginé que era un tipo que tenía mucha ansiedad, y también porque es una manera de mostrar cierta irreverencia -explica-. Vaya a saber por qué uno se agarra de esas cosas como actor, pero me parecía que funcionaba bien”, dice sobre las técnicas de incorporar detalles que ayudan a componer un personaje, algo que le parece más común cuando se comienza en la actuación que cuando se transita por la tercera década de experiencia, como es su caso.

Al actor le divierte la referencia al “diez y diez” en la forma de caminar de su personaje. “Sí, yo no camino así”, reconoce riendo y descomprime la escena en un marco de extrema exposición de su persona por la promoción de la película.

-En la conferencia de prensa dijiste que el personaje facilitaba que pudieras sacar el payaso que tenés dentro.

-Sí, soy una especie de payaso todo el tiempo.

-Pero el tuyo no parece ser un payaso tradicional: le falta la contracara que por lo general se le asocia, que es la tristeza, la melancolía.

-Sí, no es una película melancólica. A partir de lo que propone la escena uno usa su imaginación, sus vivencias, pero siempre a partir de esa propuesta. Suele ser el laburo del actor ver cuáles son las escenas más dramáticas y conmovedoras y cuáles las más humorísticas, y trabajar en consecuencia. Pero, además, sin duda, el cine es un arte colectivo y los demás aportan. Y en este caso lo que sucedió fue que había mucha libertad. Había un director que no es egocéntrico, no es psicópata, y otro actor que tampoco lo es. Yo traté de contenerme bastante y no lo fui (ríe). Entonces hubo un clima de trabajo muy llano y muy amoroso. Y creo que esto fue lo que ayudó, en definitiva, a que ese payaso produjera gracia pero no se quedara en la tristeza.

El actor que en este momento está de gira por todo el país con El Farmer, la obra que codirige con Pompeyo Audivert, puesto a elegir dice que de Inseparables prefiere “dos escenas bisagra del vínculo”. Y enumera: “Una cuando Oscar le confiesa a mi personaje por qué está en la condición en la que está y por qué la vida ya no tiene sentido para él desde que se murió su mujer; es una escena muy honda, muy preciosa e importante. Y la otra es la contraparte: cuando Tito le confiesa cuál fue su vida, por qué está en la condición que está, cuáles son sus dolores. Y en esa escena es cuando Felipe le dice: ya está, te tenés que ir. Y después todas esas que son de cagarse de risa como la del baile con “Bombón asesino”, o la de Colón, que fue muy divertida hacerla.

-Salieron rápidas esas escenas, ¿no?

-(Risas) Sí, salieron rápido. Y había muchas versiones que hacíamos para cada toma. Había mucha libertad, improvisación.

-El ver a otros o leer sobre sus trabajos anteriores es algo habitual para aprender, ¿qué fue lo último que viste en actuación en cine que te haya gustado?

-Ethan Hawke no es un actor que a mí me mate. Pero hizo de Chet Baker (Born to Be Blue), el jazzista, y hay una escena, al final, en la que tiene un conocimiento, una sutileza y una profundidad de lo que es la letra de ese jazz blues que toca cuando decide volver después de un accidente que tuvo, que me conmovió profundamente. Cómo canta, cómo toca… esa escena vale toda la película. Y me sorprendió de Ethan, ya que nunca me había gustado tanto un trabajo de él.

-Y si tuvieras que elegir tu músico para hacer, ¿cuál sería?

-Roberto Grela, ponele que yo soy guitarrista. O Pichuco, un bandoneonista de esos. Esas notas largas.

Y la mirada se le aparta de la charla para posar en un sitio impreciso, como si entrara en un viaje propio. “Esas notas largas que la guitarra no tiene -retoma, y verlo en ese relato conmueve-, por eso las añoro. La trompeta, el bandoneón, me gustaría encarar a algún músico de los que tienen notas más largas. Un sentimiento sostenido…”
Dice que puede bailar un par de tangos si la chica tiene zapatos de acero, pero que no es muy tanguero. Y habla de su cuarteto de cuerdas, todas guitarras, llamado Yotivenco para más precisión, “que todos los viernes de noviembre se va a presentar en el Tasso”; también dice que la dirección de cine le interesa mucho y que “es algo que está ahí dando vueltas”, pero no hay nada concreto por el momento porque tiene que encontrar “un buen material” que lo “entusiasme lo suficiente” como para ponerse a escribir el guion. Y no dice nada más, al menos para esta nota, porque lo llaman para otra. Y, seguramente, luego para otra.

Queda la sensación de que la nota larga apenas asomó. Y sea, tal vez el cine en otra oportunidad, el que le de la revancha de poder actuar su gran concierto. 

Entre el miedo y el asombro

Felipe, el personaje tetrapléjico que interpreta Oscar Martínez, parece más sencillo de lo que es: su cuerpo está inhabilitado para la expresión, sólo le queda la cara y los movimientos de cabeza. 

“Me vi obligado a reflexionar y me hizo muy bien ver el documental que hay con el personaje real para creerme que el personaje, como se lo muestra en la película, no es un personaje de ficción, es así. Es un tipo que no se autocompadece, que hace bromas, tiene buen humor, no está resentido.” El actor también debió asumir que la escena de la cabalgata era obligatoria ya que a Felipe le gusta andar a caballo. “Fue una enorme incomodidad esa escena. Y tuve miedo, porque las manos van así (las inmoviliza al lado del cuerpo) y entonces por más que tengas la silleta, el caballo se mueve y es muy incómodo. Eso sí es feo, feo. Pero bueno, a Felipe le gustaba andar a caballo.”

Libertad con partitura ajena 

“Lo más trabajoso fue encontrar a Tito”, dice Marcos Carnevale. Según el director, el papel de Rodrigo de la Serna fue el principal desafío de su proyecto. “El personaje francés es un chico senegalés, que vive en París y tiene un folklore nada parecido a lo que tenemos acá. Había que buscar el equivalente pero tampoco caer en la obviedad del estereotipo de un chico de la Villa 31. Eso iba a despertar comicidad y también drama profundo. Y no era eso lo que buscaba. Porque el personaje de Oscar es muy culto, tiene un aparato emocional muy desarrollado, y no cualquiera puede interrelacionarse con él. Un chico que está tan al costado opuesto no hubiera podido conmoverlo. Entonces había que buscar alguien que le resultara extraño pero no lejano, que le resultara posible. Y así llegamos a este chico de Lugano, que es un delincuente, también, pero que tiene mucha vida vivida, un aparato emocional desarrollado, un lenguaje, no es una bestia; es bestia en ese mundo en el que está, pero no alguien cromañónico.” 

El otro punto central del proyecto  fue la decisión de, por primera vez, dirigir una historia que no le pertenece y que, encima, invita a la comparación inmediata. “Es raro, porque al no ser una idea mía, la libertad podría haberse visto coartada por ver si logro empatar lo que hicieron ellos, o superarlo, y ahí no hay libertad, hay mucha exigencia. Y sin embargo me sentí tremendamente libre, muy confiado en lo que estábamos haciendo. Me mandé libremente a hacer lo que sentía, no metí tanta cosa racional. Sí estaba el miedito dando vueltas porque las remakes tienen mala fama. Y tenía esa responsabilidad, mínimamente de empatar lo que habían hecho los franceses. Salió bien. Estoy muy contento.”