Ante las manos de ningún pianista, quizá a excepción de un erguido Bill Evans, ha resultado tan interesante observar el pulso sobre las teclas como en el caso de Thelonious Sphere Monk (1917-1982). Monk sigue siendo uno de esos hombres imprescindibles cuya música nos remite a una tradición inmemorial, anónima, que se pierde en la noche de los tiempos pero es capaz de hablarnos también en perspectiva del hoy, del aquí y ahora. No por azar en los años 40 se lo llegó a considerar, junto con Charlie Parker y Dizzy Gillespie, “el sumo sacerdote del bop”, en tanto líder de una generación que transformó la música negra urbana y propició una de las tradiciones más ricas y desafiantes de Occidente.    

“El jazz es mi aventura. Busco nuevos acordes, nuevas formas de sincopar, nuevas figuraciones, nuevas ejecuciones. Cómo usar las notas de manera diferente. Es eso. Usar las notas de un modo diferente”, dijo en alguna entrevista refiriéndose a su estilo. Quienes lo conocieron, lo vieron tocar, u observaron su desempeño en los legendarios Five Spot o Minton’s, no solo se dejaron llevar por la escucha fácil o la crítica elocuente. Eminencias político-literarias como Amiri Baraka no dejaban de expresar su asombro ante la forma de ser de Monk: su rutina de ir a la cocina, desabrigarse en una habitación al fondo, servirse un trago y acelerar el paso hacia el escenario. Hechos que formaban parte de un todo que en su carnadura llevaba el peso de muchas vidas en una.    

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Tanto es así que durante sus conciertos solía levantarse del piano y ponerse a bailar  arrastrando los pies. Era su modo de conducir a la banda, de ajustar el ritmo o simplemente de ponerle aún más corporalidad al asunto. Si bien nació, al igual que su estimado colega y compañero John Coltrane, Max Roach o el propio Gillespie, en Carolina del Norte, fue en la ciudad de Nueva York donde Thelonious compuso clásicos como “Round Midnight” o “Straight No Chaser”, combinando el silbido de trenes y la cultura del tabaco de su niñez sureña con el entramado extático de Manhattan.

Esa “incomodidad” ilocalizable, asistida por su poco ortodoxa forma de tocar, contribuyó durante mucho tiempo a diseminar la idea de que Monk carecía de técnica… según parámetros eurocéntricos. Pero lo que había en realidad era otra cosa: blues, y sentido.

Fidelidad y anhelo, pasado y futuro.

Un mestizaje permanente, de doble y desvivida procedencia, que en el jazz logra tensionar con un ardor frenético y enamorado la memoria y el porvenir, el recuerdo y la utopía, el que nada se pierda y la apertura a la improvisación, a lo desconocido. Principio de intriga que hace de la música negra que denominamos jazz una fuente inagotable de sabiduría, y que Monk contribuyó como pocos a erigir.      

     

Thelonious Sphere Monk (10 de octubre de 1917- 17 de febrero de 1982).