Hay ficciones destinadas a perdurar en la memoria colectiva por su capacidad de generar sensibilidad y empatías masivas sobre la situación de sectores históricamente marginados y estigmatizados. Así, entre tantos ejemplos, la miniserie Holocausto (1978) tuvo mayor repercusión y supo generar más conciencia sobre las atrocidades cometidas por el nazismo que múltiples actos conmemoratorios y sentencias de “la vida real”.

Este parece ser también el caso de Veneno, la extraordinaria serie que narra la vida de la artista y trabajadora sexual Cristina Ortiz Rodríguez, “La Veneno” (1964-2016), devenida en ícono LGTB al ser pionera en darle visibilidad al colectivo transgénero.

Antes de convertirse en una de las primeras trans que aparecían habitualmente en programas de televisión españoles y elevar a los cielos los ratings nocturnos de los ’90, Cristina nació en Adra, un típico “pueblo chico-infierno grande” de la provincia de Almería en Andalucía.

La serie recorre el periplo vital de La Veneno que parece ser el que en Reflexiones sobre la cuestión gay el historiador francés Didier Eribon asignó a las existencias de gays, lesbianas, travestis y trans durante la segunda mitad del siglo XX: injuria en el pueblo, huida a la ciudad para escapar de la hostilidad y, una vez allí, encuentro con una comunidad de amigas trans donde generar alianzas de protección frente a las violencias sociales cuya expresión más trágica son los recurrentes crímenes de odio.

Así, Cristina nace como José Antonio “Joselito”, pero desde niña se autopercibe diferente y se viste con las ropas de su madre. Ello le vale el insulto humillante y golpizas tanto fuera como dentro de su hogar. Porque tal como explicita Eribon, lo que diferencia a colectivos como el trans de otras “minorías” estigmatizadas como judíos o negros es que también desde el ámbito familiar se ejercen los maltratos y la discriminación.

Las sensibles imágenes propuestas por Javier Calvo y Javier Ambrossi –los Javis– no pueden menos que generar comprensión con la niñez y la adolescencia de un “Joselito” maltratado a golpes por la madre y los “machos” del pueblo. A eso contribuye la deliciosa elección de los actores que irradian simpatía y dulzura cuando niños, y sensualidad y andrógina belleza cuando púberes.

En busca de aires de libertad y ya en Madrid, el bautismo de fuego de La Veneno como prostituta en el Parque del Oeste y su ingreso a la familia trans requerirá dolorosos rituales que le permitirán construir lazos de cuidado y fraternidad, no exentos de competencia y violencia.

La transición corporal es interpretada por la activista LGTB Jedet Sánchez. Porque, entre los numerosos aciertos de esta biopic –que no está disponible en las plataformas más populares en nuestro país, pero el que busca encuentra– es que tanto las actrices que interpretan a La Veneno en sus diversas etapas –Daniela Santiago e Isabel Torres– como los personajes trans están siempre interpretados por referentes del colectivo. De entre ellas destacan Lola Rodríguez como la biógrafa Valeria Vegas y Paca la Piraña, entrañable amiga de La Veneno en la vida real haciendo de sí misma.

“Las mayores fuerzas de la vida íntima –las pasiones del corazón, los construcciones de la mente, las delicias de los sentidos– llevan una cierta y oscura existencia hasta que adquieren visibilidad y se hacen públicas”, escribió una vez la filósofa alemana Hannah Arendt. El problema de la visibilidad trans es que para hacerse políticamente efectiva tuvo que aceptar las lógicas sanguinarias de esa picadora de carne que son los medios masivos de comunicación. En España, Cristina Ortiz Rodríguez (La Veneno) fue una de las máximas expresiones y una de las principales víctimas de esa afirmación.

Para ser aceptada como artista tuvo que recurrir a la estrategia del escándalo, cierta parodia de sí misma o entrar en la lógica del talk show. Así, la serie registra las maneras en que impulsada por los medios que la llevaron a la fama, Cristina se ve obligada a enfrentar a su tiránica madre frente a las cámaras de televisión y el doloroso precio que paga por ello.

Refiriéndose al crimen de Pier Paolo Pasolini, el mítico diseñador de moda Paco Jamandreu afirmó en una ocasión que “un gay es un suicida en potencia: vive acumulando dolores desde que es un niño. Es terrible que a uno le digan mariquita, putita o loca; eso deja una marca. Hay una frustración y un dolor muy viejo en eso”. La frase vale exponencialmente para las trans a quienes al insulto fundacional le siguen una vida de rechazos emocionales, discriminación laboral, la prostitución como casi el único camino para sobrevivir y con ella las exposiciones al abuso, las enfermedades de transmisión sexual y los asesinatos. Todo ello y la aplicación de constantes siliconas de baja calidad que vulneran sus estados de salud dejan como saldo expectativas de vida que no suelen superar los 35 años.

En esa injuria originaria es posible quizás también encontrar algunas de las claves de la autoflagelación inconsciente de Cristina: su elección de parejas autodestructivas que la llevaron a la cárcel, el declive y la muerte violenta. Y hasta un funeral que, como su vida, se escenifica partido al medio: la mitad de sus restos en el panteón familiar como Joselito, cerca de su despótica progenitora, y las otras cenizas esparcidas en el Parque del Oeste, escenario de sus aventuras concupiscentes y violentas.

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Pero la serie no solo explora la tragedia de Cristina sino también su inefable gracia y desenfado, su voluptuosidad, su insuperable sentido del humor, sus escándalos –como aquel affaire tragicómico que terminó con la cara de la artista porno y expolítica italiana La Cicciolina estrellada contra un pastel de cremas–, las frases memorables (“Yo me moriré y me pasará como a Lola Flores, que la gente me seguirá recordando”), la confesión pública de personajes famosos que pasaron por su cama, y los dardos emponzoñados contra tantas figuras que hicieron de ella una marca de estilo. Por ejemplo, contra Susana Giménez, con quien estuvo en 1998 en su paso por la Argentina: “Es una travesti… operada hasta el coño y estirada como un chicle”.

Así, basado en la obra ¡Digo! Ni puta, ni santa. Las memorias de La Veneno (2016), escrita por Valeria Vegas, esta serie logra un retrato profundamente emotivo de la vida real e imaginada por La Veneno. Porque frecuentemente es ese mundo autoficcional de ilusión, fantasía, glamour y purpurina el que permite sobrevivir a las trans. Consultada por Tiempo, Carla Antonelli, una de las primeras diputadas trans europeas y que aparece en un cameo de esta ficción, afirma que “la serie levantará conciencia hacia donde la gente no quiere mirar”. Es sin dudas una joya imperdible.