La Ciudad conmemoró el viernes el 200º aniversario de la independencia argentina con un festival de música en la Plaza Vaticano, la plaza seca del Teatro Colón. Con puntualidad, comenzó el acto que algunos medios y funcionarios calificaron de mega; lo fue en su cantidad de números artísticos, mas no en su convocatoria y despliegue: la muchedumbre sobrepasaba la capacidad de las plateas y gradas que se montaron para la ocasión, pero no excedía en 50 metros a la redonda del escenario principal. La falta de choripanes y de venta de otras delicias de la gastronomía patria impidieron a la gente permanecer en el lugar, ya que a medida que las ganas de comer crecían, se retiraba. La apertura estuvo a cargo de David Lebón, con temas de su época de Serú Girán, luego siguió el show de la compañía de Tangos Marcos Ayala, la orquesta con los sopranos del Colón, un par de temas de La Misa Criolla y una recreación de la llegada de los inmigrantes rusos, polacos, italianos, españoles y hasta un inglés (algunos silbidos recibieron al actor que le tocó en suerte el papel), con una banda de sonido integrada por músicas autóctonas de cada uno de esos pueblos. 

Al promediar el espectáculo llegó un show de tango «for export», una cruza de danza con acrobacias, del que pudo ser parte Maximiliano Guerra, con Piazzolla a través de los parlantes.

Los organizadores al inicio repartieron ponchos celestes y blancos y otros souvenirs. El cierre fue con el himno nacional a medianoche, que despertó el patriotismo dormido del público que azotó casi toda la vigilia, mientras una lluvia de papelitos celestes y blancos generó el cotillón propio de toda fiesta.

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El final con Les Luthiers marcó un evento que poco tuvo del tono celebratorio al que acostumbra la plebe cuando festeja.