Cuando a finales de 2019 los Red Hot Chili Peppers anunciaron el regreso de John Frusciante, su hijo pródigo, los fanáticos alrededor del mundo soñaron con una gira inmediata que les permitiera ver en vivo a esa alquimia perfecta que se hizo desear durante tantos años. Sin embargo, un rápido vistazo a la carrera de los californianos bastaba para saber cuáles serían los pasos a seguir: primero, el disco, luego, todo lo demás. Porque a pesar de haber sido los chicos malos de la escena durante su adolescencia y temprana juventud, y uno de los últimos exponentes en la categoría “grupos de estadios”, siempre cimentaron su construcción identitaria en lo más basal: su obra en el estudio.

Fieles a dicha tradición, los RHCP lanzaron este viernes Unlimited Love, una extensa pieza de casi una hora y cuarto de duración integrada por 17 canciones a la altura de su repertorio histórico. Y, frente al ceño siempre fruncido de los escépticos, volvieron a demostrar lo que a esta altura resulta una verdad de Perogrullo: cuando se juntan Anthony Kiedis, Michael Flea Balzary, Chad Smith y el siempre bienvenido Frusciante algo muy bueno sucede. Aunque esto no significa que el resto de su obra, seis sobre un total de doce discos, no sea buena.

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Al regreso de Frusciante hay que sumarle el retorno como productor de Rick Rubin, quien logra trabajar como nadie con el cuarteto. Unlimited Loveofreceuna curiosa dualidad: por un lado, resulta un aire fresco entre los lanzamientos discográficos mainstream del presente y, por ende, una saludable esperanza de continuidad en el futuro. Y, al mismo tiempo, parece haber sido grabado al día siguiente del momento en que Stadium Arcadium salió a la luz en mayo de 2006, como si los casi 16 años que transcurrieron no hayan sido más que el hiato necesario para que la banda tomase impulso para lanzarse nuevamente a la ruta como en sus mejores épocas.

El repertorio abre con el primer y esperadísimo single de difusión, “Black Summer”, y sigue con “Here Ever After”, donde la relación con el disco antes mencionado es prístina si pensamos en, por caso, “Torture Me”. En “Aquatic Mouth Dance” el fundador del grupo Hillel Slovak estaría orgulloso porque, si bien Flea le hizo caso y se dedicó al bajo con el objetivo de formar una banda de amigos, continuó perfeccionándose en la trompeta, el instrumento que lo acompañó durante toda su vida, y compone una notable estructura de metales. Luego es el turno de la primera balada –“Not The One”– y del segundo corte promocional –“Poster Child”– que dan paso a “The Great Apes”, una oda ambientalista. Luego es el turno de la pegadiza “It’s Only Natural”, la bailable “She’s A Lover”, la punk rock “These Are The Ways” (el tercer simple) y la escrita a los modos del fraseo de Kiedis “Whatchu Thinkin’”.

Esta búsqueda por el amor ilimitado continúa con “Bastards Of Light” que parece lista para el fogón… hasta que los efectos vocales del frontman destruyen ese idílico paisaje –parece que la chispa que los hacía tocar vestidos únicamente con una media sobre sus penes sigue encendida–. “White Braids & Pillow Chair” es otra balada adorable, “One Way Traffic” mixtura el funk a cargo del trio instrumental sobre el que cabalga el rapeo inoxidable de la voz, y “Veronica” está plagada de efectos de guitarra que recuerdan a varias piezas solistas de Frusciante, principalmente a “Unreacheble”. La recta final del álbum incluye con “Let ‘Em Cry”, una bella canción pop y funk; con “The Heavy Wing”, otra muestra de la apertura por parte del grupo a ciertos recursos pergeñados por Frusciante en su carrera en solitario; y con “Tangelo”, un guiño a la mítica surf balad “Road Tripping” que cierra Californication (1999), probablemente el mejor disco del grupo.

Si tomamos a la tercera (¿y última?) reunión de esta formación de los Chili Peppers como puntapié inicial del disco, resulta especialmente interesante analizar el rol de las individualidades en este trabajo colectivo. Como en muchos períodos, se trata de una expresión conducida por el bajo de Flea, entendiéndolo a esta altura no sólo como un instrumento o una forma de ejecutarlo, sino más bien como una propuesta estética integral, una cosmovisión, una decisión política a partir de la creatividad. Los sonidos creados por esta “pulga” que en octubre se convertirá en sexagenaria y sigue ingresando a los conciertos de cabeza caminando sobre las palmas de sus manos, las mismas con las que golpea las cuatro cuerdas desenfrenadamente, además de ser una marca autoral inconfundible actúan a modo de directores de orquesta, una a la que él mismo tiene que sumarse respetuosamente. En ese sentido, su regreso a la trompeta en numerosos tracks representa una vuelta a las bases, orgánica para el grupo y al servicio de las canciones, tras las ejecuciones de teclados que incluyó en placas anteriores, especialmente en I’m With You (2011), que sonaron forzadas y no lograron suplir la ausencia de peso en las seis cuerdas a cargo de Josh Klinghoffer.

El otro pilar histórico del espíritu Pepper es, sin dudas, la nunca bien ponderada voz de Kiedis, otro adolescente de 59 años en estado de gracia: siempre protagonista a caballo de la prepotencia de trabajo y actitud innegociable, cumplirá pronto cuatro décadas de ser el frontman de una banda de la costa oeste. Seductor, sexual, provocador y letrista alejado de los clichés, seguramente seguirá desafinando y olvidándose la letra de los temas durante los shows y, a pesar de eso (o, mejor dicho, por todo eso también), siempre será el mejor cantante para una banda como ésta. Grupo que, vale decirlo, se asienta desde su cuarto disco de forma ininterrumpida en la batería del inoxidable Chad Smith que, en esta ocasión, pega un golpe de puño en la mesa y es, quizás por primera vez, quien demuestra mayor virtuosismo. No es coincidencia que durante el Q&A que los RHCP hicieron con algunos de sus fans en Twitter con motivo del lanzamiento, al ser consultado por cuál será la canción que más desean tocar en vivo, respondió “These Are The Ways”, en cuya ejecución en shows televisivos demostró una catarata de recursos mientras aporreaba el bombo con un parche que homenajea Taylor Hawkins, el recientemente fallecido baterista de Foo Fighters, banda con la que giraron en numerosas ocasiones.

Por último, el elefante en la habitación: el tan entrañable como escurridizo Frusciante. Hay algo en su aporte al disco que excede a lo estrictamente musical, como si hubiera planificado un regreso silencioso, solidario con sus compañeros, dejando de lado sus infinitas posibilidades para enfocarse en lo puntual. Al mejor estilo Ringo Starr de las seis cuerdas, cede el protagonismo cuando tiene a todos los flashes apuntándole directamente al rostro, algo que, sabemos, no sólo aborrece, sino que le trajo serias consecuencias a su salud y estabilidad emocional. Eso sí: cada rasgueo, cada punteo y, muy especialmente, cada arpegio y cada coro, es fiel a lo que resume su trascendencia en la historia de la música del último siglo: enaltecer lo simple hasta para extender los límites de la sensibilidad.

Hay un viejo dicho futbolero que reza que “equipo que gana, no se toca”. Unlimited Love es la confirmación que, mientras los Red Hot Chili Peppers sigan así, no habrá rivales invencibles, ni en la música… ni en todo lo demás.