Hubo un tiempo que fue hermoso, horrible y con todos los estadios intermedios, de verdad. Pero se editaban montones de discos. Los artistas pensaban en mucho más que canciones: buscaban conceptos, estéticas, ideas para desafiar al olvido. El tiempo pasa, nos vamos poniendo algorítmicos y la gramática de los consumos musicales tuvo una regresión al formato simple. Nada del todo sorprendente: lo mismo pasaba con los primeros simples de vinilo y hasta, todavía más atrás, con los discos de pasta. Pero la era del streaming le da a este modo de circulación una velocidad y alcance avasallantes. En ese marco, sin nostalgias ni excentricidades, Vicentico (57) decidió editar su séptimo disco de estudio, acaso, el mejor de su carrera solista. El pozo brillante fue grabado antes de la pandemia, lanzado cuando el Covid-19 parecía aflojar, hoy puede disfrutarse en pleno tornado de Delta y Omicrón, y se propone llegar muchísimo más allá. No es poca cosa.

Gabriel Fernández Capello construyó a Vicentico durante casi 40 años. Los sucesivos hits de Los Fabulosos Cadillacs y los de su carrera solista le dieron a ese personaje entre lúdico, simpático, hosco y extraviado –casi siempre al mismo tiempo– una cotidianeidad que hasta puede hacer perder de vista su carácter singular. Lo fue armando con un registro inconfundible –suerte de salsero zigzagueante de múltiples caras– y su vocación de saltar entre mil y un géneros, casi como un niño jugando en una casa de disfraces. En ese recorrido también se fue consolidando como un compositor camaleónico y eficaz. El pozo brillante despliega todo eso junto y más. En ese marco aparece el Vicentico clown entrañable (“FREAK”), el introspectivo existencialista (“No tengo”, versión en castellano de “Ain’t Got No, I Got Life”, popularizada por Nina Simone), el festivalero (“¿Quién sabe?”), el intimista (“Cuando salga”), el juguetón (“Tengo miedo”) y el irónico circense (“Chau estrella”), entre otros. Pero, ante todo, El pozo brillante es más que una colección de buenas canciones.

En diálogo con Tiempo, Vicentico desplegó su naturaleza inquieta y reflexionó sobre el disco, la vida y el canto.

–¿Qué relación tenés hoy con El pozo brillante? Lo grabaste antes de la pandemia y casi no lo pudiste tocar en vivo.

–La aparición de la pandemia terminó cambiando todos nuestros planes. El disco estaba terminado, pero nos pareció que no era la mejor opción editarlo en 2020 porque no íbamos a poder salir a tocarlo. Entonces decidimos esperar. Pero ya este año no aguantamos más y optamos por lanzarlo. Es un disco que quiero mucho, que creo que en otro momento de mi vida no habría podido hacer. No al menos de esta manera.

¿Por qué?

–Hice el disco más personal, caprichoso y egoísta de mi carrera. Y eso me da mucho orgullo. Es una barbaridad lo que estoy diciendo, sepan disculpar (risas). Pero lo siento así (más risas). Todos mis discos son sinceros, más allá de que algunos me gustan mucho y otros no me gustan. O determinadas partes me gustan y otras no. Pero esta vez sentí algo distinto. Necesitaba que cada canción me representara como nunca. No quería negociar ni un arreglo, por más que siempre me gusta y valoro la opinión y el aporte de los músicos que trabajan conmigo. Quizás tenga que ver con la edad. Tenía muy claro lo que quería y trabajamos mucho para expresarlo de la mejor manera. También es un disco que disfruté grabar porque jugué mucho con los arreglos y el sonido.

–El disco tiene canciones muy diferentes. Desde el clima lúdico/festivo de “FREAK” hasta el desamparo de “No tengo”. Pero no suena como un compilado. Las canciones forman parte de un todo.

–Creo que hay algo que las cohesiona que tiene que ver con el sonido y con cierta búsqueda personal. Más allá de que el arco expresivo es grande. Antes de la pandemia fui a ver al Colón a la West-Eastern Divan Orchestra, la orquesta de Daniel Barenboim. Bueno, obvio que no voy a descubrir yo a Barenboim… Es un genio de la humanidad. Pero lo que me sorprendió particularmente es que la orquesta podía sonar atronadora y poco después hacer unos pianissimos increíbles, con un sonido casi casi imperceptible. Pude saludarlo después del show, le mencioné que me había encantado eso y me respondió: “Ah, claro, lo hacemos porque yo me animo”. Me impresionó mucho eso y de alguna manera me influyó. Obvio que mis canciones no tienen nada que ver con la música que hace Barenboim. Pero me quedó mucho eso de los contrastes y de animarme.

Foto: Nora Lezano

–Editás simples, pero también apostaste a un disco completo. ¿Te sentís cómodo en estos tiempos de canciones más efímeras?

–Todo bien con los simples. Cada cual que haga lo que quiera. Edité anticipos del disco y hago colaboraciones, no tengo problema. Pero me sigue pareciendo más de vanguardia grabar y que la gente se tome el tiempo para escuchar discos. Es una experiencia más rica y hasta diría más rebelde. Me termina aburriendo un poco el tema de las canciones sueltas, por más que muchos lo hacen bien y también hay una búsqueda ahí. Pero depende de cada uno. A mi edad, no me interesan mayormente los likes y los visionados de YouTube. Son una referencia, todo bien. Entiendo que los más jóvenes se enganchen con eso, me pasaban cosas similares de chico. Pero hoy, de verdad, me interesa dejar una obra. Que los discos y las canciones perduren. Que con los años se valoren y le digan algo a quien los escucha.

–¿Cómo te pegó la pandemia?

–Hace poquito volvimos a tocar y obvio que estuvo bueno y lo extrañaba. Pero la verdad, lo digo con un poco de culpa, la pasé bárbaro con el confinamiento y la pandemia en general. Parar con los shows y los viajes me hizo bien. Disfruté como loco de estar en mi casa y no hacer un carajo. Andaba en bicicleta, cocinaba, regaba las platas… Las boludeces para las que vinimos al mundo (risas). Tuve la suerte de que ningún ser querido se enfermó y que me pude dar el lujo de parar por un tiempo pronunciado. Así que lo disfrute mucho. Creo que podría estar bastante más tiempo así, más allá que amo mi profesión.

–¿Compusiste o grabaste algún tema?

–Algo. Muy poco, casi nada, diría. No me lo tomé como una bendición para componer la mejor música o descubrir cosas increíbles. Simplemente me dejé llevar y me encantó no hacer nada.

–¿Pasaste por diferentes etapas emocionales?

–No. No tuve altibajos emocionales. En los primeros días estaba un poco cagado porque justo volvía de México cuando cerraban las fronteras y tenía el miedo de haber traído el bicho y contagiar a mis seres queridos. Todavía había poca información y no sabíamos cómo funcionaba esto. Pero conforme pasaron las primeras semanas y estábamos todos bien, ya entré en modo año y pico sabático y listo. Cuando estaba el confinamiento estricto salía a la noche en bicicleta y la ciudad estaba hermosa, vacía, como en mi infancia. Por un par de días hasta pensé que sí, que quizás salíamos mejores de esta. Pero la realidad expresó muy concretamente lo opuesto, casi inmediatamente.

–Muchos todavía no aprendieron a ponerse bien el barbijo.

–Claro. Los sospechosos de siempre (risas). Veremos en la próxima pandemia. Los seres humanos vivimos en una soledad demencial. Pero no está mal prestarles un poco de atención a los demás y ser más respetuosos del prójimo.  «


El pozo brillante

1. FREAK

2. No tengo

3. ¿Quién sabe?

4. Cuando salga

5. Tengo miedo

6. Rima

7. Ahora 1

8. Ahora 2

9. Solo para mí

10. Chau estrella

11. El plan (La reina del miedo)


Un nuevo sonido

Durante octubre y noviembre pasado, Vicentico realizó cuatro shows: dos en el teatro Gran Rex y dos en el Movistar Arena. Las presentaciones tuvieron múltiples motivos para celebrar. El reencuentro cara a cara con su público después de casi dos años y la oportunidad de escuchar por primera vez varios temas de El pozo brillante resultaron insoslayables. Pero el líder de Los Fabulosos Cadillacs también estrenó una formación inédita en su carrera.

–Fue una experiencia bárbara. Siendo solista y con esto de la pandemia me empezó a parecer medio raro tocar con una banda grande. Por eso se me ocurrió que entre tres hagamos todo. No es un formato acústico ni íntimo. Por momentos sonamos gigantes y en otros todo es más tranquilo. La clave es que todos tocamos diferentes instrumentos y disparamos un montón de efectos. Exigió mucho, mucho ensayo y por momentos quería salir corriendo y volver a mi casa (risas). Pero estoy muy satisfecho. Yo nunca había hecho una cosa así y buscar nuevas formas siempre es positivo. Incluso cambió la dinámica sobre el escenario y eso también suma.


Música, industria, algoritmos y oportunidades

La carrera de Vicentico supera los 40 años y atravesó múltiples etapas de la industria. La era del vinilo, los casetes, el CD, MTV, los mp3 y el streaming. Esa experiencia les da todavía más valor a sus opiniones.

–En los ‘90 se solía ver a las compañías discográficas y a los productores como condicionantes de las libertades artísticas. Hoy la mayoría de las bandas y grupos nuevos pueden difundir su material en forma gratuita, pero tienen que pagarse todos los gastos y difícilmente pueden llegar a buenas condiciones de producción. ¿Vivimos una etapa de mayor libertad o de trabajo pauperizado?

–Es una buena pregunta. La verdad es que no lo sé. Nunca menosprecié el aporte de un productor ni el de otros músicos. Pero si no tenés canciones, no hay forma de salvar nada. Siempre fue un desafío hacer llegar tu música y estos tiempos proponen múltiples dificultades y algunas oportunidades. Pero más allá de modas y algoritmos, está el arte. El otro día escuché medio de casualidad el tango “El último café” en el auto y casi me pongo a llorar. Llegar a esa belleza atemporal es lo mejor que te puede pasar.