Es la madrugada de 30 de diciembre de 2020 y las calles que rodean al Congreso de la Nación se han transformado en campamentos improvisados: hay mujeres y compañeres que duermen en las carpas rojas o blancas cerca de la esquina de Callao y Rivadavia. Se ven exhaustos, cubren sus rostros con tapabocas o máscaras de plástico transparente. A su alrededor, sin embargo, la espera por la votación del Senado al proyecto de ley de Intervención Voluntaria del Embarazo es ruidosa y multitudinaria. Las carpas y banderas de las agrupaciones, organizaciones sociales, sindicatos y partidos políticos ocupan los costados y forman un corredor donde se intercalan 6 o 7 pantallas gigantes de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. 

El sonido es alto y las voces de las senadoras y senadores se mezclan con los redoblantes de las que gritan que el patriarcado se va a caer. Una cumbia de Tambó Tambó invade desde el otro lado del cerco que divide verdes de celestes: “No habrá un babero, no habrá un chupete, yo lo he escuchado, mi madre no quiere tenerme”. El cemento arde aún los 34 grados de calor que acompañaron la jornada aunque no impide que mucha gente se siente allí a esperar los resultados. El humo blanco de los puestos de choripanes o hamburguesas y las bengalas verdes le dan al recorrido un halo de misterio y sopor.

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(Foto: Adrian Sacchero)

De lejos, Avenida de Mayo parece un hormiguero. Muchas personas, sobre todo mujeres, llegaron para vivir la vigilia de esta noche histórica. Entre ellas está Natalia Serrano, de 27 años, secretaria y estudiante de derecho. “A los 16 decidí abortar. Intenté con pastillas y no pude, lo hice quirúrgico y se complicó. Estuve internada en un hospital”. Cuenta que durante mucho tiempo tuvo que mentir sobre lo que le había pasado pero que cuando empezó a participar de las marchas feministas pudo sacar a la luz su historia. “A las que abortaron de forma clandestina como yo las abrazo”.

Melina Silva, de 28 años, profesora de canto, llegó a la vigilia a las 11 de la noche para aguantar hasta el final. Dice que dos amigas le confesaron que tuvieron abortos clandestinos y quirúrgicos. “Aprobar esta ley es lo justo, es lo que corresponde. Después hay que seguir luchando porque tenga presupuesto y se genere un cambio cultural, se aplique también la Educación Sexual Integral”.

Soledad Arriagada tiene 32 años, es docente y dice que llegó tarde al feminismo. “Fui cruel, machista y funcional al patriarcado. Pero me estoy deconstruyendo, ahora practico la ESI con mis estudiantes”, comenta.  Recién en 2018, con la movilización por la ley del aborto legal –que no se aprobó en ese momento- se reconoció feminista. “Tengo una hija de un año y medio, quiero que pueda elegir, que tenga todas las opciones cuando llegue el momento”, dice. 

Eugenia Céspedes, de 27 años, estudiante de Trabajo Social y trabajadora del Ejército, dice que milita en el feminismo desde la escuela secundaria. “Cuando era adolescente acompañé a una amiga que abortó de forma clandestina y le tuvieron que extirpar el útero. Con mi familia fuimos su única contención, es necesario que sea legal”. Cuenta que no tiene hijos pero que además no quiere tenerlos, que no se habla de las mujeres que no quieren ser madres nunca. “Muchas veces nos dicen que después vamos a cambiar de opinión, nos tratan como niñas porque somos jóvenes y sabemos lo que queremos”.

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(Foto: Fernando Gens/Télam)


Cuando termina la última exposición previa al voto del Senado, ya habían pasado más de 12 horas desde el inicio de la sesión. Las cientos de mujeres y militantes que participaron de la vigilia y que ahora descansan en las calles o en la plaza de los Dos Congresos se levantan. Hay saltos y cantos hacia las pantallas gigantes y al edificio del Congreso. Una voz en off resuena, cuenta los votos como afirmativos, negativos, abstenciones o ausentes. Hay pañuelazos espontáneos, risas nerviosas, llantos contenidos. Ya nadie mira las pantallas, las miradas se buscan entre sí. Con cada voto afirmativo que se confirma hay aplausos, la tensión en las pausas se hace tangible. El último voto se pronuncia y el silencio de un minuto – infinito minuto- revienta en el aire cuando el resultado es positivo 38 a 29. 

La oleada verde se levanta y son abrazos entre amigas y desconocides, cantos ininteligibles, saltos en ronda, bengalas, gritos, lágrimas. El aborto voluntario, hasta la semana 14, es ley en la Argentina. Nunca más abortos clandestinos e inseguros. Nunca más niñas, mujeres y gestantes obligadas a parir.