Nunca antes me habían interesado los audiolibros pero apenas supe que existía una versión de la autobiografía de Sinéad O’Connor contada en su propia voz, descargué en mi teléfono las 7 horas y 14 minutos de Rememberings. El libro que publicó en junio –Remembranzas, escenas de una vida complicada, se llama en España- es mucho más que lo que todxs lxs fans de une artista deseamos. 

Escucharla fue una experiencia rara y hermosa, signada en esa intimidad que abre el modo radio o podcast, sin interrupciones ni artificios efectistas. No se necesita nada más que esa voz, hipnótica como cuando canta, para entrar en el relato de una parte de su vida. Brutal, descarnado, fascinante, doloroso y por momentos desopilante, capaz de arrullarte hacia un estado límbico de ensoñación en el que se transita de la tristeza a la sorpresa y a la carcajada, con la voz cadenciosa y grave de Sinéad contando cómo caminó entre leones y cobras.

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Ya lo decía el salmo que inspiró el título de su primer disco (El león y la cobra, 1987), cuando tenía 20 años y se perfilaba como una visionaria: “Caminarás entre leones y cobras”. Y así lo hizo, con la fuerza del canto, que le permitió sobrevivir a una infancia traumática, pero también con una visión única acerca de lo que significa ser una artista mujer, bisexual, sacerdotisa, madre de cuatro hijxs en un mundo que desde muy chica quiso hacerla entrar en los jueguitos del patriarcado. Y ella jamás aceptó.

La tapa de Rememberings es una imagen en blanco y negro de Herb Ritts, fotógrafo estadounidense que retrató a celebridades icónicas de los 90, esa década en que Sinéad se hizo famosa. Una foto tomada en Malibú, donde el cráneo perfecto y rapado de la irlandesa yace en el piso, de perfil, los ojos cerrados y las pestañas tupidas descansando plácidas, la expresión beatífica. Durante años contemplé la potencia de esa foto intentando descifrar ese gesto casi meditativo, tan alejado de los subrayados por los que la mayor parte del mundo conoce a Sinéad.

Por inmortalizar un tema de Prince, “Nothing Compares to you”, en un video donde lagrimea mientras canta en el cementerio de París (llora por su madre muerta y cruel, cuenta en las memorias). Por romper la foto del Papa ante las cámaras de televisión en Saturday Night Live para denunciar los abusos de la Iglesia. Por ser abucheada dos semanas después en un recital homenaje a Bob Dylan en el Madison Square Garden. Por hablar de sus problemas de salud mental el talk show de Ophra, en 2007, cuando casi nadie hablaba de estos temas en el prime time televisivo. Por el pedido desesperado de ayuda que grabó en la soledad de un motel de Nueva Jersey en 2017, subió a Facebook y se viralizó.

Por casualidad, la fotografía de la tapa del libro me acompaña desde hace años, ahora en el escritorio. Mi amiga Osa la trajo de un viaje de Estados Unidos hace más de dos décadas y me la regaló con la delicadeza con que se entregan los tesoros que nos conectan. Nunca la saqué de la fina capa de celofán que la envuelve, ya rasgada en un costado, y la ha protegido del paso del tiempo. Sé que de algún modo conocer a Sinéad, escucharla, ha sido también una especie de escudo protector, pero sobre todo un cáliz de referencia, inspiración y aprendizajes. 

Yo también conocí a Sinéad por Nothing Compares to You. Fue en otro lugar icónico delos ´90 en Buenos Aires: Babilonia, un centro cultural en un callejón del Abasto antes del shopping. Cuando sonó “Nothing Compares”, fui derecho a preguntarle a quien pasaba música -en mi recuerdo era una suerte de radio ahí adentro- cómo se llamaba ese tema y si me dejaba ver el arte de tapa. El tema estalló con el video en la MTV. Internet aún era una quimera, algo que iba a ocurrir y a cambiarlo todo, tal como nos advertía Aníbal Ford en las aulas de Ciencias de la Comunicación. Entonces para ser fan había que trabajar duro y de manera analógica. Cuando empecé a trabajar como periodista tampoco existía internet, pero sí se podía acceder a una suerte de pregoogleado: consultar información de diarios y revistas almacenada en el archivo de las editorales. Cada tanto, cuando tenía que pedir algo por mi trabajo a ese archivo, aprovechaba para husmear el sobre que reunía los recortes de diarios y revistas sobre Sinéad.

Mi útero no es una pelota de fútbol

Con mi amiga Osa nos conocimos también en esos años de trabajo en una revista femenina en una editorial. Compartíamos afinidades musicales, Sinéad, claro, y también dos músicos que aparecen nombrados en sus memorias: Prince y Peter Gabriel (en su biografía cuenta con humor por qué le dedicó “Thank you for hearing me”). En la redacción, cuando a los veintipico con Osa nos aburríamos frente a las máquinas de escribir y tocaba escribir epígrafes de belleza y moda, nos enchufábamos al discman y ya no estábamos ahí. Sinéad hablaba de la lucha contra el patriarcado, de la espiritualidad femenina y de la Diosa. Mi amiga también había empezado a acercarse a esos círculos y a invitarme. En un momento se nos dio por acordar escuchar el mismo tema de Sinéad al unísono, pero cada una con sus auriculares porque no se podía molestar en la redacción. Nos sentábamos una enfrente de la otra, nos mirábamos y cantábamos como locas los coros finales de “Red Football”. Reíamos a carcajadas aullando en trance “lalala”. La letra no decía cosas para reírse. Decía “mi cabeza no es una pelota, mi útero no es una pelota de fútbol”. (Escribo esto con Sinéad sonando y mientras surgen estas líneas aparece random ese tema, bendita la magia del cosmos fan donde todas las señales nos acercan a nuestrxs seres adoradxs).

En Rememberings hay una parte donde Sinéad habla de las historias detrás de cada canción. Y “Red Football” –dice, escribe– se refiere a la certeza de que por primera vez en la vida, con ese disco, Universal Mother, “me convertí en mí misma”. Edge (músico de U2) le había dicho que sólo podía escuchar el álbum una vez porque era “demasiado personal”. Uno de los fundadores del sello Ensign Records, le había dicho algo parecido sobre el disco que contiene “Nothing Compares 2U”, “I do not want what I haven’t got”. Era como leer los diarios de alguien “y eso no le interesaría a nadie. Universal Mother, cuenta en las memorias, tuvo “la mejor crítica que ha recibido uno de mis discos”. La crítica de Bill Graham para el medio irlandés Hot Press decía que por primera vez alguien cantaba sobre su familia, un tema tabú. Pero eso era lo que una artista como ella había estado tratando de conseguir todo el tiempo. “Y era obvio que se trataba de una chica vulnerable y no necesariamente de la dura Bambi con botas de bovino que todo el mundo pensaba”, escribe Sinéad.

Ya había dado señales. Cuando grabó su primer disco, recuerda que los productores le aconsejaron, “que llevara faldas cortas con botas y quizás algunos accesorios femeninos como aros, collares, pulseras y otros artículos ruidosos que nadie podría llevar cerca de un micrófono”. La respuesta fue entrar a una peluquería en Londres y pedir que la raparan. Después, cuando descubrió que estaba embarazada en plena grabación, los directivos llamaron a un médico que insistió para convencerla de abortar. Su primer hijo nació poco antes de la salida de ese álbum. “Tengo cuatro hijos de cuatro padres distintos, de los cuales sólo me casé con uno, y me casé con otros tres hombres, ninguno de los cuales es padre de mis hijos. Sabe el señor que el Día del Padre es una jornada agitada en mi casa”.

El canto como medicina

El libro se divide en tres partes: la primera sobre su infancia y su familia, la segunda con sus aventuras en la música hasta 1992, y un final donde repasa sus álbumes y dedica varias páginas a sus seres queridos.

Su madre y su padre se divorciaron cuando era chica y su infancia fue cruel y traumática. “Soy la niña que llora de miedo el último día antes de las vacaciones. Tengo que fingir que he perdido el palo de hockey porque sé que si lo llevo a casa mi madre me golpeará con él todo el verano. Aunque tal vez prefiera el atizador de alfombras. Me hará desnudarme, me obligará a acostarme en el suelo y abrirme de piernas y brazos, a permitirme golpearme con el mango de la escoba en mis partes íntimas”.

El descubrimiento de la música, de que existían seres como John Lennon y Bob Dylan, fue para Sinéad una tabla de salvación. Su madre, entre otras cosas, la obligaba a robar, y Sinéad cuenta que empezó a cantar himnos bíblicos para no sentirse tan mala. “Soy adicta a robar. Por eso me gusta cantar himnos. No es soportable ser una persona tan mala. Tengo que hacer algo santo para poder vivir conmigo misma”. 

La madre de Sinead murió en un accidente cuando ella tenía 18 años. A su padre le dedica muchas líneas, como esta: “Quiero que sepas que, aunque hubiera tenido por padres a San José y a la Virgen María y se hubiera criado en la Casa de la Pradera, tu hija seguiría estando más loca que una cabra y desquiciada como una regadera”.

El macabro encuentro con Prince

En la segunda parte cuenta es cómo se rebeló contra todo tipo de poder que quisiera “suavizar”, su música, su modo de vestir o de expresarse. El relato en su voz realza con complicidad algunos pasajes, como su encuentro con Prince. El músico la llamó para conocerla y le envió un auto con chofer que la llevó a su mansión en Los Ángeles. Ella y una amiga fantasearon con que el cantante la felicitaría por haber convertido esa canción en un hit. Pero Prince la retó por cómo respondía en las entrevistas y la desafió a jugar a una guerra de almohadas. Cuando Sinéad descubrió que la almohada de él tenía adentro un objeto duro para pegarle, se dijo “ya estuve aquí” y huyó como una niña aterrorizada, con Prince persiguiéndola en su auto. “Tienes que estar loco para ser músico, pero hay una diferencia entre estar loco y ser un abusador violento de mujeres”, dijo sobre él a una periodista del new York Times. La noche macabra no le quitó las ganas de seguir cantando “Nothing…”, como cuenta en el libro, una de las canciones que más disfruta en vivo porque le recuerda a su madre. 

La historia detrás de la foto del Papa

Sinéad cuenta que la foto que rompió ante las cámaras de Saturday Night Live es una imagen que guardaba su madre y que recogió en su dormitorio tras la muerte. En el ensayo que se hizo antes de su aparición en vivo, Sinéad mostró a cámara otra foto, la de un chico asesinado por la policía en Brasil (“un niño muerto lejos no le importa a nadie”) y pidió que la tomaran en primer plano. Ya tenía el plan en mente. “Sé que si hago esto habrá guerra. Pero nadie puede hacerme nada que no se haya hecho ya”. Llevaba un vestido blanco de encaje que había sido de Sade, comprado en una subasta de rock’nroll en Londres. (“Un vestido para que las mujeres se comporten mal. Un día quizás tenga una hija que se case con él”). Después de cantar no mostró a cámara la foto del niño sino la del Papa y la rompió en pedazos al grito de “¡Lucha contra el verdadero enemigo!”, para denunciar los abusos sexuales de los curas en Irlanda y en el mundo. Silencio en el estudio y el representante no le atendió el teléfono por días. “Todo el mundo quiere una estrella del pop, pero soy una cantante de protesta”. Recién en diciembre de 2019, 27 años más tarde de aquel episodio, el Papa Francisco puso fin al silencio de la Iglesia sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes.

Querida Sinéad

Sinéad confiesa que después de escribir sobre la foto del Papa, su vida entró en una etapa infernal, donde sufrió las consecuencias de una histerectomía y deambuló por instituciones mentales. Le llevó cuatro años retomar el libro, que terminó a los 54. “La totalidad de lo que no recuerdo llenaría diez mil bibliotecas” -advierte, y habla también de su consumo de marihuana-. Sobre el episodio de la foto, en cambio, hay muchos detalles y una lectura. “Tener un disco número uno descarriló mi carrera y romper la foto me devolvió al camino correcto. Tenía que volver a ganarme la vida cantando en vivo. Y para eso nací. No nací para ser una estrella del pop. Para eso hay que ser una buena chica”.

Sinead dice que nunca firmó ese contrato pero mantuvo 35 años a 4 hijos cantando en vivo. “Sólo soy un alma atribulada que necesita gritar a los micrófonos de vez en cuando”. Y resalta: “Si espero algo como artista, es que inspire a ciertas personas a ser quienes realmente son. Yo nunca tuve sentido para nadie, ni siquiera para mí misma, a menos que estuviera cantando”. 

Le cuento a mi amiga Osa que estuve leyendo a la irlandesa y le pregunto si se acuerda que una vez le escribimos una carta de apoyo. Teníamos pensado enviarla por correo, pero no sabíamos adónde. Fue en un momento en que se había desatado una campaña para destrozar sus discos. “Tráiganos su álbum de Sinéad O’Connor y lo aplastaremos por usted”. Hoy no podemos recordar más que el inicio de la carta: Dear Sinéad y nuestras voces al repetirlo. “Sinéad fue una balsa de salvación”, me chatea Osa por WhatsApp. Miro la expresión del rostro en esa foto de tapa en blanco y negro. Como escribió John Berger (en el prólogo de un libro que compré la única vez que vi a Sinead en persona, en una presentación en Londres): de eso se trata la música, de lo invisible y de lo indecible.